Miércoles 20 de Junio del 2018

     




A 48 AÑOS DEL CRIMEN DEL ESTUDIANTE JUAN JOSÉ CABRAL, EN CORRIENTES

El ocaso del onganiato y principio del fin para la “Revolución Argentina”

20/05 11:18

El asesinato policial de un estudiante universitario desata una cadena de hechos que se generaliza en el país de fines de los 70. Pronto se suman otras universidades a la protesta y se contabilizan nuevos crímenes. La dictadura comenzada en 1966 comienza su declinación, pero habrá otros dos gobernantes “de facto” antes de volver a un presidente civil.

          

El Correntinazo surge por un hecho menor, el precio del comedor universitario, y abre un proceso de insurrección estudiantil en la Argentina que rápidamente se extiende por otras casas de estudios y alcanza su máxima expresión en el Cordobazo, donde se da la rara conjunción entre obreros y estudiantes manifestándose contra el régimen dictatorial cívico-militar. Aunque aún faltará un año y otras circunstancias contribuyentes al deterioro del gobierno para que el dictador de turno, Juan Carlos Onganía, fuese desplazado por quienes allí lo habían ubicado, las Fuerzas Armadas. 


Ello ocurrió en mayo de 1969, tras casi tres años de dictadura autocrática, en la quinta alternancia entre gobiernos civiles débiles y regímenes militares fuertes desde que el 6 de septiembre de 1930 fuera derrocado el presidente constitucional Hipólito Yrigoyen. Esos golpes militares, impulsados desde el poder económico de turno, se sucederían luego en 1943, con la expulsión de Ramón S. Castillo; 1955, desplazando a Juan Domingo Perón; y 1962, turno de Arturo Frondizi.

La “Revolución Argentina”

En este turno en análisis, todo había comenzado el 28 de junio de 1966 cuando, tras la asonada militar, es desalojado de la Casa Rosada el radical Arturo Umberto Illia. Solo fue necesaria la intervención de unos pocos policías y bomberos que lo acompañaron desde su despacho hasta la calle Balcarce, frente a la Plaza de Mayo. Sin ofrecer resistencia, el desplazado presidente tomó un taxi y partió hacia su domicilio.

La Junta Militar designó como gobernante “de facto” al general Juan Carlos Onganía, quien no la integraba, pero su desplazamiento de la Jefatura del Ejército días antes había sido el desencadenante de la crisis. Las razones de ese nuevo golpe sedicioso no estuvieron allí y sólo fue el pretexto oportuno; las fueron los intereses políticos y económicos que el gobierno expulsado había tocado.
Pomposamente los golpistas denominaron al nuevo régimen como Revolución Argentina y de inmediato comenzaron a arrasar con el andamiaje político que había sostenido al gobierno radical que había llegado legítimamente tres años antes, aunque con sólo el voto de un cuarto de la ciudadanía. Entre esas medidas, la universidad pública gratuita y autogobernada fue una de sus primeras víctimas: el 29 de julio de 1966 expulsa a docentes y allana diversas facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es lo que históricamente se conoce como “La noche de los bastones largos”, en referencia a la cachiporra que utilizó la Policía Federal en esos procedimientos.

La definida política elitista y antipopular, en defensa de los intereses de los sectores económicos hegemónicos –en especial, transnacionales--, disfrazado en principio tras algunas figuras del nacionalismo católico, pronto produjo un impacto social fuertemente negativo que fue sumando malestar a la presión que estallaría tres años después. Es la época en que la Doctrina de Seguridad Nacional (DSN), que Onganía había sostenido años antes en la Academia Militar de West Point y aprendido en la entonces Escuela de las América (de dictadores, de hecho), en Panamá, comienza a adquirir  entidad en el accionar del gobierno y las Fuerzas Armadas.

1969, un año lleno de protestas

En 1969, ya afianzado el régimen cívico-militar, a cuyo cabecilla se resaltaba por sus ciertas poses monárquicas, comienza a plantearse la eliminación de la enseñanza pública y gratuita, al menos en las Universidades donde se plantea el establecimiento de aranceles de estudio y cupos en el acceso a ella a través de exámenes de ingreso en las distintas carreras. Por lógica, despertaba el rechazo y la oposición de muchos docentes y de la mayoría de los estudiantes, así como ese pretendido elitismo había significado la diáspora de miles de docentes e investigadores que abandonaron el país –quizás, fue la fuga de cerebros más importante de la historia argentina).

En ese caldo de cultivo hirviente, bastó un hecho menor, el aumento de la tarifa del comedor universitario en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) para que estallara el conflicto. Éste se dio en las dos sedes de la casa de estudio, en Corrientes y Resistencia, aunque se expresó con mayor virulencia en la primera, donde está la sede de su Rectorado.

Desde principios de mayo hubo manifestaciones con diverso grado de violencia, gradualmente la brutalidad policial fue in-crescendo, hasta llegar al 13 en que una gigantesca marcha se concentró en inmediaciones del Rectorado, frente a la Plaza 25 de Mayo, y que generó numerosas detenciones de estudiantes y un primer herido de gravedad, un estudiante misionero de apellido Uliszlo. Este panorama se mantuvo durante varias semanas en ambas capitales, con grandes concentraciones estudiantiles y la posterior feroz represión policial, dando origen a lo que hoy se conoce como el Correntinazo.

El peor de los hechos ocurrió el 15 de mayo de 1969, cuando una bala policial abatió al estudiante de Medicina, Juan José Cabral, de 22 años, que se hallaba con un pequeño grupo protestando en la plaza Sargento Cabral de la capital correntina. 

“Caminábamos por Junín. Adelante Cabral y su amigo Libré y 50 metros atrás, nosotros, el grupo de Los Pampas”, rememora en Facebook el pasado lunes 15, Carlos Alberto Pérez, en ocasión del 48 aniversario de ese crimen. “Habíamos almorzado juntos en la calle Rioja, pues el comedor universitario estaba cerrado”. 

“Al llegar a Catamarca, nosotros doblamos, mientras ellos fueron hasta San Lorenzo. Al ver el alboroto, corrieron hacia la Catedral cruzando la Plaza. La Iglesia, solía albergar a los estudiantes en problemas y no dejaba entrar a la policía. 

“En el trayecto, les dispararon desde una camioneta de Vialidad, estacionada en la esquina de San Lorenzo e Yrigoyen. Al escuchar los tiros, corrimos hacia la Plaza, donde encontramos a Cabral en el piso, aún con vida. 

“Al poco tiempo llegó una ambulancia y los enfermeros al ver que perdía mucha sangre, nos dijeron: ‘Muchachos, acérquense al Sanatorio (por España) para donar sangre’. Corrimos detrás de la ambulancia, pero a poco de llegar recibimos la triste noticia... 

“Cabral era un muchacho humilde, que vivía en San Lorenzo casi Belgrano, en la pensión ‘La cucaracha’, a media cuadra de nuestra casa, por Belgrano al 1500. Un ingrato recuerdo, hoy convertido en historia”, concluye el entonces estudiante de Veterinaria, hoy radicado en Resistencia (Chaco).

El ocaso del régimen

La muerte de Cabral, conocido por sus familiares y amigos libreños como “Chelo” o por sus compañeros como “Enano”, produce un muy fuerte impacto en ambas capitales y, en tanto la Universidad suspende sus actividades por semanas, en Corrientes la Delegación local de la Confederación General del Trabajo (CGT) adquiere un protagonismo que hasta entonces no tuvo. Allí se velan sus restos, antes de que sus padres dispusieran su traslado e inhumación en Paso de los Libres, su ciudad nata, por donde desfilan miles de personas, estudiantes y no. Allí también en su sede de la calle Yrigoyen se instala una olla popular estudiantil a la que nutren numerosos vecinos y comerciantes.

Estos últimos se pliegan al duelo cerrando sus negocios. Esa adhesión también se siente en las oficinas públicas. Una larguísima marcha con antorchas recorrió esa noche las calles céntricas correntinas manifestando dolor y condena.

En Rosario también eclosiona la protesta estudiantil. Pronto generó dos nuevas víctimas fatales: los estudiantes Adolfo Ramón Bello (universitario), de 22 años, el 17 de mayo; y Luis Norberto Blanco (secundario), de 15 años, el 21. 

Otras universidades se van sumando al reclamo que se generaliza, hasta llegar al 29 de mayo, Día del Ejército, en que en Córdoba, tras el asesinato por la policía del obrero mecánico Máximo Meza, de 27 años, obreros y estudiantes marchan sobre la zona céntrica, expulsando a la Policía y siendo reprimidos por el Ejército que ocupa la capital y se vale de fuerzas aerotransportadas. Ese hecho genera un número indefinido de muertos que se calcula en centenares, aunque de manera oficial se reconoce 34 más 400 heridos.

Onganía sufre el impacto y queda debilitado, por nuevas protestas que se repiten a lo largo de todo 1969, pero recién en junio del año siguiente será despedido y reemplazado por otro militar, Roberto Marcelo Levingston, tras el secuestro y asesinato del exdictador Pedro Eugenio Aramburu. La “Revolución Argentina” ya está herida de muerte.

En marzo de 1971, el general Alejandro Agustín Lanusse desplaza a Levingston y, tras varios acercamientos políticos, fracasados los intentos de permanencia, llama a elecciones para el 11 de marzo de 1973, abriendo las puertas a un nuevo intermedio civil. Éste concluirá el 24 de marzo de 1976, cuando se iniciará la etapa más aciaga, brutal y oscura de la historia argentina.

Por:
Alcides Martín Pelozo
De nuestra Redacción

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