Miércoles 20 de Junio del 2018

     




¿El fin de una era política?

04/06 12:00

La declaración de la canciller alemana Angela Merkel acerca de que los tiempos en que podían confiar en los demás “se han terminado”, fue suficiente para que en ambos lados del Atlántico muchos se interroguen acerca del posible inicio de un nuevo orden mundial.

          

La gira de Donald Trump por Europa ha dado mucho juego mediático. Quizás demasiado. Y no precisamente porque haya concluido con la firma de acuerdos relevantes del G7 o de la Alianza Atlántica sino porque ha puesto a cada uno en su lugar. Especialmente a la Alemania de Angela Merkel.


“Los tiempos en los que podíamos confiar en los demás se han terminado. Eso lo he vivido los últimos días. Por eso digo: nosotros los europeos tenemos que tomar nuestro futuro en nuestras propias manos. Naturalmente que esto se hace manteniendo una relación de amistad con Estados Unidos de América y el Reino Unido y como buenos vecinos, siempre que sea posible, con otros países, incluida Rusia. Pero debemos saber que debemos luchar solos por nuestro futuro, por nuestro destino como europeos”.

La canciller federal pronunció este párrafo poco después de que Trump partiera rumbo hacia Washington. Fue durante un mitin electoral celebrado en Múnich que organizó el partido de Baviera hermano de su organización democristiana, reuniendo a unas 2.500 personas.

Aunque el ambiente era festivo y corría la cerveza en jarras, el tono de Merkel no solo era de firmeza, sino incluso de enfado.

Merkel ya no se fía ni de Washington ni de Londres. El Brexit ha significado un cambio radical de perspectiva, un punto de inflexión que ha terminado por anclarse con la llegada del histriónico multimillonario a la cúpula del poder estadounidense.

Algunos periodistas europeos no dudan en calificar el breve discurso de la canciller como una “bomba de alto tonelaje con la que prácticamente certificaba la muerte en vida de las relaciones transatlánticas”. Ese análisis no es incorrecto ni precipitado.

El caso es inaudito porque su protagonista siempre había hecho gala de una moderación y contención exquisitas. Siempre demostró, a la hora de encajar golpes o críticas, que tiene la piel dura como la de un elefante. Hasta ahora.

¿Qué implicaciones subyacen de todo esto? Merkel ha comprobado “los últimos días” -en Sicilia principalmente durante la cumbre del G7- el giro copernicano y aparentemente irreversible que ha tomado la Casa Blanca. Para Berlín el problema es tan serio y acuciante que ya no tiene sentido ocultarlo e incluso conviene airearlo, máxime cuando en unos meses se celebrarán elecciones legislativas, y Merkel se juega su cuarto mandato como gran favorita frente a los socialdemócratas..

Por otra parte, las pequeñas fisuras que se apreciaban en el vetusto edificio de la Otan se han convertido en grandes grietas que amenazan con socavar la integridad del inmueble. La quiebra parece solo cuestión de tiempo. El factor Trump y la extemporánea salida del Reino Unido de la Unión Europea -dos ingredientes de un cóctel indigesto para los funcionarios comunitarios- van camino de conseguir lo que no logró la Unión Soviética en 40 años de Guerra Fría.

Otra consecuencia directa es la constatación de que Estados Unidos está perdiendo su liderazgo e influencia a marchas forzadas en el Viejo Continente gracias a su afán proteccionista.

Finalmente, la alocución de Merkel implica una ambiciosa oferta de compromiso lanzada al resto de las naciones europeas con el objetivo de sacar entre todas juntas al continente de la irrelevancia, la apatía y la disensión actuales. El primer destinatario del mensaje era, sin duda alguna, el nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron.

La antipatía Merkel-Trump es recíproca. Con su habitual rudeza, arrogancia, vulgaridad e ignorancia, el líder norteamericano se despachó a gusto contra Alemania nada menos que ante el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, entre otros líderes europeos que le recibieron sonrientes en la capital belga. También aquél se puso en su lugar.

“Los alemanes son malos, muy malos. Mira los millones de coches que venden en Estados Unidos. Terrible. Vamos a parar eso”, les dijo a los sorprendidos dirigentes europeos. Ese comentario franco y políticamente incorrecto se hizo público gracias a una filtración periodística que difundió la revista alemana Der Spiegel, y levantó una nueva tormenta política entre las dos orillas del Atlántico. Escándalo que el propio jefe de Estado estadounidense se encargó de remachar en su muy activa cuenta de Twitter.

Los asesores del inquilino de la Casa Blanca tuvieron que suavizar sus declaraciones realizadas sin pelos en la lengua, cuando subrayaron que su jefe se había referido al comercio exterior alemán, y no al pueblo de Alemania.

Lo que no pudieron matizar sus ayudantes fue que Trump había amenazado directamente a la industria automovilística alemana, pilar de la economía de ese país.

Lo cierto es que tres grandes marcas de coches germanos fabrican modelos en factorías asentadas en el territorio de EEUU. El grupo BMW, por ejemplo, construye al año cientos de miles de unidades SUVs o todoterrenos ligeros, la mayoría de ellos destinados al mercado de la exportación. La marca bávara tiene una planta en el condado de Spartanburg, en el estado de Carolina del Sur, donde da empleo directo a miles de personas. Mercedes hace lo mismo que su competidor directo, pues posee una cadena de montaje a las afueras de la localidad de Tuscaloosa, en el estado de Alabama, donde produce SUVs de lujo y semilujo, un segmento de la industria del automóvil muy potente no sólo en EEUU sino en toda América. Finalmente, Volkswagen también mantiene una planta en Tennessee, concretamente en Chattanooga. Si la administración Trump estrangulara a esas empresas, estaría condenando al desempleo a miles de compatriotas.

No existe química alguna entre Merkel y Trump. Ya se vio clara esa tensión en la visita de ella a Washington en marzo pasado, cuando él evitó estrecharle la mano en el Despacho Oval y ella le miraba con incredulidad ante tamaña descortesía. Más que un signo fue una declaración de principios.

Trump ha demostrado que su agenda interna es prioritaria y por eso su primer periplo internacional ha sido un fiasco, aunque él insista en difundir lo contrario. Se resistió a sumarse a los esfuerzos globales para combatir el cambio climático, discrepó con los europeos en cuestiones de asilo y refugio, rehusó respaldar la defensa colectiva en el marco de la tan e insultó a los alemanes a propósito de su superávit comercial. Pocos podrán superar esa marca…

Sin embargo...

Ya a mediados de noviembre del 2016, Alemania, Francia, España e Italia creían que había llegado el momento de dar pasos más firmes para lograr una integración militar mucho más amplia y eficiente. En ese entonces, en Bruselas, los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa de la UE se han reunido para estudiar la creación de un fondo común para la Defensa, unos recursos propios y más grandes que sirvieran para operaciones y para esbozar un mando único capaz de tomar iniciativas. Eso sí,  nadie se atrevía a poner negro sobre blanco ni a decir en voz alta, salvo Jean-Claude Juncker, que fuera necesario un ejército europeo plenamente operativo o que sean necesarias bases militares europeas.

Sin embargo, con mucha discreción, casi en secreto, se dice que los alemanes están levantando las bases de un nuevo Ejército de la Unión Europea con ellos al timón. La estrategia de Berlín consistiría en la integración de unidades tipo brigada de otros países en el seno de la Bundeswehr, sus Fuerzas Armadas.

Y es así como, cada cierto tiempo, vuelve a salir a la palestra la idea de crear un Ejército paneuropeo, independiente del yugo de Estados Unidos, que se convierta en el estandarte de una política de defensa común que rivalizaría con los intereses de la Alianza Atlántica. 

La propuesta siempre es bien acogida por los más europeístas, los federalistas, como punto de partida para recuperar la influencia perdida de la UE en el mundo en los últimos años. También es recogida con temor por los euroescépticos. Pero las contradicciones entre los Estados miembros y, por supuesto, los largos tentáculos del Pentágono siempre terminan por acallar la iniciativa que vuelve cíclicamente a ser guardada en un cajón y dormir hasta que vuelva una nueva ocasión.

Alemania, sin embargo, ha optado por un camino completamente distinto, al evitar el ruido mediático y político que siempre provoca este asunto.

El 15 de febrero último, los ministros de Defensa de Alemania, Rumania y la República Checa, Ursula von der Leyen, Gabriel-Beniamin Les y Martin Stropnicky, respectivamente, firmaron en el cuartel general de la Otan en Bruselas un aparentemente inocuo acuerdo para reforzar sus políticas de defensa dentro del denominado Framework Nations Concept, un proyecto lanzado en 2013 por el Gobierno de Alemania para el desarrollo de unidades multinacionales con el objetivo de aumentar la sostenibilidad y ayudar a preservar las capacidades militares clave. Sin embargo, detrás de esa etiqueta anodina de Framework Nations Concept se esconde algo mucho más ambicioso e incluso revolucionario: la creación de una red de miniejércitos europeos dirigida por los generales alemanes.

Los militares rumanos no van a pasar a engrosar las filas de Bundeswehr, ni las fuerzas armadas checas se van a convertir en una mera subdivisión alemana. Pero en los próximos meses cada uno de esos dos Estados integrará el contingente de una brigada -3.000 hombres- en las fuerzas armadas germanas. 
Así, la 81ª Brigada Mecanizada se unirá a la División de Fuerzas de Respuesta Rápida de la Bundeswehr, mientras que la 4ª Brigada de Despliegue Rápido de la República Checa, que se fogueó en Afganistán y en Kosovo, y está considerada la punta de lanza de la Armada, se unirá a la 10ª División Acorazada alemana. Seguirán los pasos que dieron dos brigadas holandesas ya integradas.

Irrealismo  

El Gobierno germano, que se enfrenta este año al inexorable juicio de las urnas, ha comprobado que la Bundeswehr se ha ido debilitando paulatinamente y ahora necesita tapar las grietas que se aprecian en sus fuerzas terrestres para poder ganar influencia política y militar en la Alianza Atlántica. 

Para Alemania, este plan de integración multinacional es una fórmula perfecta que permitirá su mayor implicación en la seguridad europea sin tener que ensuciarse en el fango de la expansión militar, un aspecto muy impopular dentro de sus fronteras.

Y es que, si en el plano económico la autoridad de Berlín es indiscutible, en el aspecto militar las cosas no van tan bien como ellos quisieran. Su poderío anda a la zaga con respecto al de Reino Unido o Francia. El gasto público alemán en Defensa se ha estancado en el 1,2% del PIB, bastante lejos del objetivo ideal fijado por la Otan en el 2%. Y no va a subir mucho en el futuro. De hecho, el ministro de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, admitió hace poco que era “completamente irreal” pensar que Alemania llegará a ese 2%. Sirva de ejemplo que en 1989, antes de la caída del Muro de Berlín, la cifra del gasto militar en la RFA llegaba al 2,7%.

Reto implícito

¿Qué significa todo esto? Que la canciller Angela Merkel apuesta claramente por la integración militar europea, aunque otros socios comunitarios vean esa opción con mucha suspicacia pues la idea representa un reto implícito a la indiscutible hegemonía estadounidense.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, alienta por sistema el sueño de un Ejército de la UE, aunque a veces ha recibido un incómodo silencio por respuesta. Juncker justifica la iniciativa porque, en su opinión, ello convencería a Rusia de que el Club de Bruselas “habla en serio” a la hora de defender sus valores y principios. También cree que serviría para ayudar a diseñar una política exterior y de seguridad común, una entelequia nacida gracias al pacto que firmaron Tony Blair y Jacques Chirac en diciembre de 1998.

En la práctica, la UE dirige seis misiones militares, más once operaciones civiles, la mayoría de ellas en los Balcanes, Oriente Próximo y África, pero las tropas allí desplegadas no operan bajo la bandera azul comunitaria sino cada una bajo su respectivo pabellón nacional.

Aunque Londres, enemigo perenne de la idea, está ahora fuera de juego negociando su Brexit, sigue habiendo poco consenso entre los 27 Estados miembros a la hora de definir cómo deberían ser las futuras fuerzas armadas europeas, su estructura y composición. Los avances se presentan demasiado lentos. 

En marzo pasado, por ejemplo, la Unión Europea aprobó la creación de un cuartel general conjunto pero solo para las operaciones de entrenamiento que se desarrollan en África, concretamente en Somalia, Malí y la República Centroafricana. Pese a que la decisión se tomó por unanimidad, los ministros de Defensa de algunos países del Este de Europa mostraron su preocupación por lo que entienden es un mensaje de competencia y deslealtad hacia la Otan que podría minar la cooperación.

Fuente: bbc.com y sputniknews.com

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