Sábado 26 de Mayo del 2018

     




#Semiótica

Qué sentido tiene…

12/03 19:56

Estimados lectores (tengo la sensación de que algunos todavía leen), vuelvo al encuentro con ustedes para conversar acerca de un temita que se presenta a cada paso en nuestras actividades, reflexiones y charlas cotidianas. Salta como un resorte, generalmente en forma de una interrogación que parece detener el movimiento, cuando alguien dice o nos preguntamos a nosotros mismos “¿Qué sentido tiene esto?”

          

El breve interrogante a primera vista ingenuo y familiar, introduce sin embargo, un punto de inflexión respecto de cualquier práctica en acción. Quien formule esta pregunta pone el dedo en la llaga y pone en crisis todo proceso en marcha. Cuando arribamos a ese límite tendremos que acudir a dar/nos explicaciones, justificaciones o bien nos vemos obligados a replantear lo que veníamos haciendo; dicho en buen criollo: “barajar y dar de nuevo”. Esto puede ocurrir en todo los aspectos de la vida, en todas las esferas de nuestras actividades, en todas las relaciones, conversaciones y vínculos que establecemos en nuestras interacciones laborales, políticas, afectivas, éticas, artísticas, etc. Siempre nos aguarda lista para interpelar/nos la fatídica interrogación “¿Qué sentido tiene?” Cuando pisamos ese umbral en el que nos vemos impelidos a formular esta incisiva y demoledora preguntita, nos damos cuenta de la tremenda importancia que supone TENER SENTIDO para que algo valga la pena y adquiera efectividad; para el entusiasmo, para poner el cuerpo, para realizar una tarea o sostener un estado de cosas, es más, para que algo se instale entre nosotros con fuerza y vitalidad. Por el contrario, cuando el SENTIDO se debilita, se dispersa o se desvanece nuestras actividades languidecen, se vuelven aburridas, pierden vigencia, a lo sumo se mantienen en una desvaída inercia con indicios decadentes. Si concentramos la atención en el lenguaje, podremos comprobar que ante ciertos discursos o frases, chistes o planteos cuyos significados comprendemos sin embargo aun así, estaremos en condiciones de exclamar: “¿Pero qué sentido tiene que digas eso?” A veces señalamos “entiendo tu explicación pero ¿qué sentido tiene eso aquí y ahora? Quiere decir que los significados pueden resultar clarísimos pero el sentido es cuestionable, difuso, inexistente o ridículo. Ahora se utiliza a mansalva la muletilla “queda claro que”, “está muy claro que…”, “claramente…”, en fin, tras estas afirmaciones viene una interpretación o una

argumentación que a otros no solo le parecen completamente “oscuras y mentirosas” sino que le parecen que no tienen el menor sentido. En fin, el saber popular sonríe desde sus lugares comunes y murmura “no aclare que oscurece…”, justamente indicando las flaquezas del sentido integral del discurso, de la situación o de los interlocutores.

Este primer ENFOQUE, a pesar de sus simples trazos, nos auxilia en la presentación de aspectos contradictorios de este asunto: por un lado, todos comprendemos perfectamente a qué nos referimos cuando enunciamos la pregunta ¿qué sentido tiene?, pero a la vez, nos vemos muy inseguros a la hora de especificar ¿qué es el sentido? Cuando intentamos explicar qué entendemos por sentido, entramos en un embrollo de ejemplos, rodeos y aproximaciones que no hacen más que revelar cuánto nos cuesta determinar, caracterizar o aclarar en qué consiste el sentido, a qué nos referimos con esta noción. Así, entonces, reconocemos que el sentido parece estar en todas partes y en ninguna, se nos vuelve evidente y a la vez esquivo, resulta obvio y sin embargo enigmático, cada cual quiere componer su versión de lo que considera “tener o no tener sentido” para sí mismo, para su grupo, para su edad, para su género, para su barrio, para su partido, para su religión, para sus convicciones y valores. Luego, esto nos alerta acerca de un aspecto no menor: “el sentido” es una abstracción conceptual pues en realidad, pululan en nuestros mundos “infinitos sentidos” en pleno uso y valorables. Los sentidos plurales, intangibles, ubicuos y en constante movimiento imponen a nuestras interacciones sus condiciones omnímodas y potentes, así como sus reticencias, sus retiradas y desvanecimientos. Los sentimos, los sabemos, comprobamos sus injerencias y sus implicaciones en nuestro cotidiano trajinar, en nuestras decisiones y orientaciones, acaso por eso mismo resultan inasibles y resbaladizos para sujetarlos en palabras exactas y contundentes.

Ahora bien, aunque reconozcamos la pluralidad casi abrumadora de sentidos en los diferentes ámbitos en los que vivimos y desempeñamos nuestras diversas prácticas, sin embargo acordamos con sencilla certeza que existe algo que denominamos “sentido común”. Es más, constantemente reclamamos a las autoridades, a los políticos, a la justicia, a los padres, a maestros y profesores que tengan al menos “un poco de sentido común” para tomar decisiones, dictar leyes, sentenciar, corregir y evaluar. También solicitamos que los “medios de comunicación”, cada vez más desaforados, violentos y crueles, cuando opinan de manera desaprensiva, por no decir obscena, acerca de cuanto suceso aparezca, les rogamos no solo que se cuide la información debidamente probada, sino también que “se tenga un poquito de sentido común” en las interpretaciones, en las entrevistas a las víctimas, en el tratamiento de las imágenes en horarios familiares, etc… Este clamor polifónico que experimentamos a cada paso, demuestra que el “sentido común” es una gran bruma imaginaria que nos envuelve, nos involucra y nos marca pautas de acción. Quiérase o no, el “sentido común” atesora memorias ancestrales y colectivas de modelos, normas, reglas, frases hechas, refranes, citas, costumbres y saberes compartidos. Este gran revoltijo heterogéneo, contradictorio y paradójico pone en escena las dinámicas flexibles, cambiantes y a la vez resistentes de los sentidos comunitarios…

Otro giro del caleidoscopio que espiamos con el propósito de alcanzar una idea aproximada sobre los sentidos, podría detenerse en el “sentido del humor”… Como cualquiera sabe, algo muy cómico para algunos deja impávidos a otros; los chistes de este grupo no funcionan o no se entienden en otro; los juegos de palabras de un idioma no toleran traducciones a otras lenguas; es más, cuando afirmamos que tal o cual persona “no tiene sentido del humor”, en general consideramos una calificación que menoscaba la persona dado el máximo valor que atribuimos al humor en nuestra cultura. El “sentido del humor” admite y exhibe con creces las inconmensurables posibilidades del sentido en sus flujos voraginosos con sus astutos desplazamientos y saltos acrobáticos en las correlaciones de significados y sentidos. Los efectos del humor desatan los significados habituales, introducen otras relaciones y provocan estallidos del sentido. Lo que llamamos “doble sentido” en rigor de verdad, debería denominarse “múltiples sentidos” dadas las vibraciones multiformes de los significados eyectados al mismo tiempo. Cual fuegos artificiales, estas proliferaciones de los sentidos abren ventanas a la risa, a la diversión y experimentamos felices hallazgos de la inteligencia vigorosa y astuta. El “sentido del humor” (dificilísimo de definir), nos alegra, nos salva y hasta nos hace creer que casi todo es posible en esta vidita de por aquí nomás.

Ahora bien, a los enrevesados embrollos de significados y sentidos hasta aquí bosquejados, habría que incorporar la particular complejidad actual de las culturas tecnológicas y cibernéticas. Las dinámicas comunicativas han acelerado de tal manera los intercambios de toda índole, que las significaciones y los sentidos se modifican y transforman de un modo insospechado, a un ritmo veloz y más que sorprendente para las diferentes generaciones. El aceleramiento de la historia y el abigarrado cúmulo de información circulando han conmovido y trastocado profundamente los significados, las valoraciones, las creencias, las posiciones y por ende los sentidos. Hallamos pruebas emergentes de estos acontecimientos en todos los ámbitos de nuestra vida práctica, en cada detalle y en interpretaciones globales del entorno.

Como se podrá comprender, habitamos un mundo bastante complicadito para relacionarnos con nuestros familiares, amigos, colegas, vecinos, compañeros de trabajo; con los funcionarios, con la burocracia, con las tecnologías. Dificultades de comunicación y conversación entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos, entre jóvenes y adultos, entre estudiantes y docentes, entre proveedores y usuarios, entre empleados y jefes, dificultades que responden a miles de factores y motivaciones pero sería muy auspicioso que dediquemos especial atención a nuestras palabras y a nuestros modos de relacionarnos. He aquí un laberinto de encrucijadas que las Ciencias Sociales y las Humanidades afrontan tanto en sus investigaciones cuanto en la docencia de sus respectivos campos. Una gran convergencia de disciplinas, conmovidas e interpeladas, acuden con sus diversas teorías, instrumentos y reflexiones con miras a dar cuenta de las características antes mencionadas: la Filosofía, la Antropología, la Sociología, la Historia, las Letras y otras tantas actividades científicas intensifican sus esfuerzos de adecuación e intercambian sus aportes y resultados. Y por este camino arribamos a la presentación de la SEMIÓTICA, una disciplina surgida a comienzos del siglo XX, cuyo cometido principal consiste en estudiar, analizar y proponer hipótesis interpretativas acerca de las significaciones y los sentidos en tal o cual cultura, en tal o cual territorio, en tal o cual circunstancias, en tal o cual régimen, etc.

Así, entonces, tras un siglo de búsquedas, desarrollos y todo un bagaje de propuestas, la SEMIÓTICA se constituye en un área del conocimiento de singular interés, cuyas teorías, metodologías y experiencias se implementan no solo en niveles universitarios y académicos, sino de manera transversal en los sistemas educativos. ¿Para qué sirve la Semiótica? Muy simple: para colaborar con las distintas asignaturas, para facilitar la “comprensión de textos” (principal problema de la educación argentina), aportar estrategias para la argumentación, para enriquecer lecturas interpretantes de diferentes textos gráficos, audiovisuales, gestuales, interactivos, publicitarios, etc. con el fin de recuperar posibilidades de participar, de trabajar, de expresar ideas y posiciones y, sobre todo, de rescatar la CONVERSACIÓN… modalidad humana en franco proceso de extinción. Si bien es cierto que la escuela actualizada marcha hacia la incorporación de la informática y la robótica, no es menos cierto que los sistemas educativos más atentos e informados, acuden al auxilio efectivo de la Semiótica como un soporte integral en el arduo manejo multifacético de los significados y sentidos. Si a los fierros no los investimos de sentido, nuestra educación “se desvanece en el aire”…

Por Ana Camblong

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