Viernes 27 de Abril del 2018

     




SAN?IGNACIO

Ontivero, el médico que eligió Misiones

18/03 12:00

Llegó a la tierra colorada, se instaló en la Ciudad de las Ruinas, un lugar donde las historias más particulares cobran vida, y se ganó un lugar especial en la comunidad.

          

SAN IGNACIO. A este lugar, donde los duendes, personas, personajes y las historias más particulares se hacen presentes en cualquier momento, un caluroso 10 de enero de 1993 llegó un médico desde la provincia de Buenos Aires, más precisamente de La Plata, para continuar escribiendo el libro de su vida y el de esta porción de tierra colorada. Cansado del trajinar agitado de la ciudad que lo vio nacer, Claudio Ontivero tomó una de las decisiones más importantes de su carrera, “la de trabajar en una provincia que necesitara de profesionales como en ese momento era Misiones”.


Su esposa e hijos lo acompañaron hasta “La Tierra Sin Males”, que los recibió con los brazos abiertos. El mismo día de su llegada se dirigió a Loreto, donde se puso a disposición en la pequeña sala de atención de la salud y al siguiente alquiló una casa en San Ignacio.

A partir de entonces un hombre flaco comenzó a recorrer las calles de ambos pueblos haciéndose conocer como el doctor Ontivero. Su tonada porteña llamaba la atención y enseguida encontró la mano tendida de aquellos habitantes que con un poco de recelo lo aceptaron en sus comunidades. Sus hijos rápidamente se hicieron de amigos, su esposa consiguió el tan necesitado trabajo como profesora en una escuela y, con el pasar del tiempo, se fueron adaptando a la idiosincrasia de Loreto y San Ignacio.

Como todo hombre de ciudad recién llegado, poco conocía de las palabras utilizadas en la provincia, pero se amañó para que no se notara su inocente desconocimiento, pero fue así como pasaron algunas situaciones que hoy narra con un poco de humor.

“Una mañana, hace más de veinte años, llegué al consultorio de Loreto, era en otoño, mayo para ser más exacto, me acuerdo porque en esa época antes pasaba por un pinar enorme y juntaba unos hongos de pino para cocinar, que me encantaban, por lo ricos que son, aparte de las propiedades, vitaminas y minerales, caminaba un rato, mientras tomaba unos mates y llenaba una bolsa por la que pagaría fortuna en La Plata. Cuando llego, veo varias personas para atender y entre ellas a una abuelita que venía de muy lejos, salude a Mati, mi enfermera, que me confirmó que habían mandado varias cosas del Ministerio de Salud Pública, entre ellas unos comprimidos que se usaban para potabilizar el agua, que habíamos pedido varias veces y no llegaban, en esos tiempos no había red de agua en la localidad y la gente consumía agua de perforación (en el mejor de los casos), de pozo, de vertientes o de arroyos (en el peor), entonces teníamos que acostumbrar a la población a que consuma agua segura, hirviéndola, con dos gotas de lavandina por litro o con los comprimidos potabilizadores con los que en veinte minutos estaba lista, igual cada tanto caía toda una familia con gastroenterocolis porque no tenía el hábito de estas prácticas”, subrayó.

Y añadió que “me dispongo a comenzar a atender y me acuerdo de la viejita, entonces le digo a la enfermera que la haga pasar primero, cuando entra, la saludo y le pregunto qué le pasaba, ‘no sabe lo mal que estoy, casi no llego’, me dijo y me empezó a contar que venía por problemas con las aguas bajas; ya la empecé a retar, que porque no hacía lo que yo le decía, para qué me pasaba explicando lo que tenían que hacer para no tener esos inconvenientes y no me hacían caso; le di un frasco de comprimidos para el agua y le dije que junte un litro de las aguas esas con las que tenía problemas, le ponga un comprimido, espere veinte minutos y que la empiece a tomar. ‘Yo no pienso tomar eso, no, no, eso yo no voy a tomar’, me dijo y yo que sí y ella que no. Hasta que me dice ‘me parece que no me está entendiendo doctor’. ‘¿Por?’, le pregunte, ‘porque lo que tengo, creo, es una infección urinaria’, me dijo; así aprendí que los problemas de aguas bajas son las infecciones urinarias, nos reímos un rato, me disculpé por querer hacerla tomar su propia orina y seguí atendiendo”.

Anécdotas que el tiempo no borra

Y recordó que una oportunidad, al poco tiempo de haber llegado a Misiones, trabajando “como médico en la intendencia de Loreto, una localidad muy chica y de colonia, sin centro comercial ni siquiera barrios, solo casas aisladas, chacras, como se le dice acá, y la cárcel, después que atendí unos chicos que tenían una infección en la piel, entró una señora al consultorio, un poco pálida y decaída, a la que le pregunté qué le pasaba, me dijo que se sentía mal, un poco descompuesta, entonces le repregunté que había comido la noche anterior, para mi sorpresa me dijo que había comido un carayá. ‘Nooo’, le dije ‘¿cómo va a comer eso?’ y me dijo que siempre comía y que los chicos también. Yo, medio sacado, le dije, ‘eso no se come más acá’, me imaginaba los hijos comiendo un brazo de mono y pensé que un día se iban a comer entre ellos. “Ahora vamos a hablar con la intendente para que no tengan que comer más eso’, le aseguré y dudaba que el mono estuviera protegido por Fauna y que un día saliera por tv en algún noticiero que en Misiones comían mono y encima en peligro de extinción. No se imaginan cómo me miraba esa pobre mujer por como la estaba retando. Menos mal que había llegado, pensaba yo, para que esas cosas no pasaran más en ese lugar; hasta que escucho que me llama la enfermera, Matilde, ‘venga doctor’ me decía, y yo seguía retando la señora; hasta que entra a buscarme y mientras me iba llevando para afuera me explicó que así se le decía a los restos de comida y que siempre comemos, como por ejemplo los del mediodía. Cuando tomé conciencia tuve como un vahído, cómo le pedía disculpas por el error; ella estaría pensando que a partir de ahora tenía que cocinar justo porque si no el docto la denunciaba. Un desastre, hablé con ella pero ni me escuchaba, fue la última vez que la vi. A los cuatro años aproximadamente, entra una mujer para consulta y de la otra punta de la sala, Mati, mi enfermera, mi hermana, me grita ‘guarda doctor que esta es la del carayá’”.
“Misiones, que paraíso, que maravilla”, finalizó el doctor Ontivero.

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