Sábado 21 de Abril del 2018

     




La dimensión desconocida, convergencia de técnicas

18/03 12:00

          

En el comienzo de “La dimensión desconocida” hay un “torturador que confiesa”. No es un escándalo lógico como el del “fusilado que vive” que llevó a Rodolfo Walsh a fundir la crónica con la ficción para reconstruir los hechos en “Operación masacre”, pero hay una paradoja en la inversión, un juego macabro de espejos que seguramente llevó a Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971) a tensar los límites de los géneros, multiplicarlos, hibridarlos, para intentar reconstruir los hechos de la dictadura chilena que confiesa el arrepentido.


Porque aunque “La dimensión desconocida” se presenta como novela, el “hombre que torturó” existe y vive exiliado en Francia. Es Andrés Valenzuela Morales, alias “Papudo”, un exagente de inteligencia que desertó de las Fuerzas Armadas en 1984, confesó sus crímenes a una periodista de la revista Cauce y entregó información a la Vicaría de la Solidaridad a cambio de un salvoconducto para cruzar la frontera argentina y viajar a Francia. La historia persigue a Fernández desde que leyó el reportaje a los trece años; todavía recuerda el título en letras blancas -“Yo torturé”- impreso sobre su foto, la separata con la larga entrevista en páginas celestes y la sensación de leerla y entrar en “una especie de realidad paralela, infinita y oscura” que, cuarenta años más tarde, la novela tantea, ausculta, sondea obsesivamente.

Fernández vuelve una y otra vez a la entrevista, recorre los lugares de los hechos, hurga documentos y archivos de prensa, conversa con vecinos, testigos y familiares tratando de reconstruir los operativos, las sesiones de tortura y los crímenes que se revelan en la confesión del arrepentido. Pero la crónica seca no alcanza para dar cuenta de la crueldad o la banalidad del mal que los inspiran, y la imaginación viene a cubrir lo que falta, lo que no se sabe o se sospecha, y también la rutina doméstica de los vecinos durante los operativos, que en el montaje paralelo del relato lo vuelve todo más abominable. 

“Sé”, dice Fernández a veces, “imagino”, aclara otras cuando la ficción se cuela en la crónica, y otras es incluso más categórica con un “No imagino, sé...”, como si la consistencia densa de lo que está por contar la obligara a ser más precisa. Pero todo vuelve a fundirse muy pronto en otro intento, un poema en letra cursiva, una larga lista de preguntas para las que no tiene respuestas, un recorrido por el Museo de la Memoria, una digresión autobiográfica, una carta al torturador... atajos. Y como si aún así no bastara, hacia el final todo vuelve a contarse en una cronología personal sin fechas, desde el golpe militar al duelo de los familiares que se eterniza en un ritornelo: “Familiares/ de/ detenidos/ desaparecidos/ encienden/ velas/ en / la/ Catedral”.

A veces las preguntas  son más lacerantes que el relato desnudo de los hechos. Las preguntas sobre José Weibel Navarrete, por ejemplo, dirigente del Partido Comunista torturado durante una semana y fusilado en el Cajón del Maipo, un caso que hace llorar a la periodista de Cauce durante el reportaje: “Cualquier intento que haga será pobre al querer dar cuenta de ese íntimo momento final de alguien a punto de desaparecer. ¿Qué vio José? ¿Qué escuchó? ¿Qué pensó?”. O sobre Lucía Vergara, acribillada a balazos junto a otros dos militantes del MIR en un operativo de sesenta agentes armados con una ametralladora con órdenes de que “ningún huevón saliera vivo de la casa”, retratada muerta y casi desnuda en la portada de los diarios: “Aún no logro entender por qué tenían que desvestirla para esa burda exhibición. ¿Cómo le arrancaron el vestido? ¿Quién le sacó el sostén? ¿Quién le robó el reloj? ¿O los aros? ¿O la cadena que quizás le colgaba del cuello? ¿Dónde fue a dar esa ropa? ¿Qué ojos vieron esos senos desnudos? ¿Qué manos tocaron la piel fría de sus muslos? ¿Qué palabras dijeron al desvestirla? El hombre que torturaba nunca se refiere a eso”.

Que el torturador que busca confesiones confiese en el 84 tiene algo de paradoja redentora, pero hay otro escándalo lógico de esos años que se insinúa en el título y quedó grabado en la memoria histórica. La vida sigue andando en Chile en medio del horror, con las cárceles clandestinas en medio de los barrios residenciales, con sus rutinas domésticas, los programas de televisión por la noche y los blockbusters de Hollywood los fines de semana. “La dimensión desconocida” no es “la realidad paralela, infinita y oscura” de la represión, los crímenes y la tortura, sino una serie que hipnotiza al público con sus misterios irresolubles y sus mundos alternativos, mientras los cazafantasmas enfrentan a unos seres fantasmagóricos con sus metralletas ridículas, al ritmo de “Si hay algo extraño/ en tu vecindario/ ¿a quién llamarás? ¡A los cazafantasmas!”.

Fernández recupera capítulos enteros de la serie y algunos hits musicales de la época, como si los restos de la cultura pop que brillaba en su infancia y su adolescencia desentonaran con la negrura del fondo, pero funcionaran todavía como pasaporte para el viaje en el tiempo de una generación que, como dice una canción de Billy Joel que también se recupera, “no empezamos el fuego, no lo encendimos, pero intentamos apagarlo”.

Pero ni la crónica, ni la ficción, ni la autobiografía, ni las metáforas pop, ni el rapto poético alcanzan a figurar la atrocidad de los hechos en los que el torturador dice haber participado y de los cuales se arrepiente. En la secuencia de finales que se suceden como si la novela no acabara nunca de cerrarse -una ceremonia con velas de familiares, una última imagen del torturador como un Frankenstein, una última carta desde las playas de Papudo, el lugar en que nació el monstruo “mitad bestia y mitad humano”, Fernández cifra la desmesura del horror que una vez más se resiste a traducirse en palabras. 

Lleva varios libros de títulos eléctricos intentándolo -”Space Invaders”, “Chilean Electric”-, y también obras de teatro, guiones de cine y filmes documentales. No sabe si esta vez ha estado más cerca, pero porque persevera y la literatura se ensancha en cada intento recibió merecidamente el último premio Sor Juana Inés de la Cruz. “Por la convergencia de recursos, técnicas y géneros”, “por su incapacidad para el olvido”, argumentó el jurado. Cierto que no se puede “escribir literariamente” después de Auschwitz, pero hay quien sigue buscando atajos.

Por Graciela Speranza, Télam


La dimensión desconocida

Nona Fernández
Editorial Literatura Random House
240 páginas

La dimensión desconocida no es “la realidad paralela, infinita y oscura” de la represión, los crímenes y la tortura, sino una serie que hipnotiza al público con sus misterios irresolubles y sus mundos alternativos, mientras los cazafantasmas enfrentan a unos seres fantasmagóricos con sus metralletas ridículas.

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