Viernes 20 de Abril del 2018

     




#Enfoque

Malvinas en los genes

01/04 19:45

En Darwin hay 230 tumbas. Se habían exhumado 121. A través de pruebas de ADN fueron 90 los soldados que pudieron identificarse. Progresivamente serán cambiadas esas 90 placas que llevan la leyenda “soldado argentino solo conocido por Dios”.

          

Recuerdo que tenía ocho años cuando en abril de 1982 los soldados argentinos llegaron a Malvinas. Recuerdo ver en la Tv la Plaza de Mayo llena y los programas que se extendían por horas y horas. En todo el país la gente llevaba ayuda, lo poco o mucho que tenía, a la colecta para colaborar con los combatientes que habían recuperado, hasta ese entonces, esa parte olvidada de la patria. Recuerdo esa tarde fría, frente al televisor, recostado en la cama de mis viejos. Ellos me alentaron a tomar el colectivo con mis primos y llevar dinero a la urna que se había montado en el patio de Canal 12. Hoy sabemos que además de plata la gente llevaba joyas y cosas que nunca llegarían a los pibes que estaban en el sur. Los militares, entre otras aberraciones tremendas, le dieron uso particular a esos bienes. 


Recuerdo que de repente en la escuela nos enseñaron a cantar la Marcha de las Malvinas. Una canción hermosa. A pesar de todo el peso de la historia y de todo lo que se dijo de aquella guerra, a muchos que hoy pasan los 45 años de edad, esa melodía nos transporta irremediablemente a esos días. La memoria quedó atada a ese hito musical, y también al slogan propagandístico “Argentinos a vencer” con el pulgar arriba que se veía en la tele y en el intermedio entre películas en la matinée del Cine Avenida (hoy Metrópolis).

Recuerdo también en ese mismo cine, haber ido con mi viejo a ver “Los chicos de la guerra”. Una película cruda que entre sus personajes contaba la historia de un pibe que trabajaba en un bar. Llegó el llamado a combate y se fue al sur con la arenga patriótica y emocionante de su patrón. Tres meses después, cuando quiso volver a su puesto, el dueño del bar (Ulises Dumont), le dijo que ya no había lugar para él. Esa fue la historia de muchos de los que regresaron. Cargar con la ignominia y la vergüenza de haber perdido una guerra. Mientras, en los puertos ingleses la armada británica era recibida con honores por un pueblo para el que la guerra fue un suspiro. La primera ministra Margaret Thatcher recuperó su capital político. Acá, los milicos sabían que su tiempo se había terminado.

Allá en el mar, había cientos de marinos muertos en el fondo del océano. Perecieron con la marca y el honor de haber formado parte de la tripulación del ARA General Belgrano. La crudeza del mar del sur, a medio camino entre la Isla de los Estados y las Malvinas hizo que aún hoy no se haya podido llegar a sus restos. Pero allí en la tierra, ahí donde pelearon por ella, quedaron cientos de soldados que tampoco llegaron a ver el día de la rendición.

El enemigo victorioso respetó a sus contendientes y los sepultó en el cementerio de Darwin bajo honores militares. El coronel inglés Geoffrey Cardozo, se encargó de organizar el traslado de los cuerpos y los restos que estaban esparcidos en los campos de batalla. Muchos no tenían nombre, exactamente 123, que quedaron bajo la impactante denominación “soldado argentino sólo conocido por Dios”. Salieron de distintos puntos del país y quedaron allí, mezclados con la tierra en la que derramaron su sangre.

Años después, entre regalos de osos de peluche Winnie the Pooh que preparó el entonces canciller Guido Di Tella para los kelpers, y la visita que Carlos Menem y Zulemita hicieron a Inglaterra, empezaron a renovarse los contactos diplomáticos entre Buenos Aires y Londres. Muy a pesar de los isleños, los argentinos comenzaron a viajar a las islas. Vaya paradoja, siempre desde Chile, el que colaboró con los ingleses en la guerra. Fue culpa de Pinochet, seguramente como una vendetta por el conflicto por el Canal de Beagle y ese loco plan que tenían los militares del Proceso de Reorganización Nacional, de invadir Chile por varios sectores de la cordillera. Pero ya habrá tiempo de ahondar en ideas descabelladas.

Lo cierto es que en 2012 prosperó un plan para identificar a los soldados argentinos desconocidos que estaban enterrados en Malvinas. El que dio la última vuelta a la llave para destrabar las puertas que eran difíciles de abrir, fue nada menos que el músico inglés Roger Waters. Había venido a Buenos Aires a realizar una serie de recitales en la cancha de River. La periodista y directora de la revista Gente, Grabriela Cociffi, le contó del proyecto para conocer los nombres de los soldados desconocidos que estaban enterrados en Malvinas. Él, por su pasado familiar de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, no dudó en involucrarse. Cuando fue a visitar a Cristina Kirchner a la Casa Rosada, le entregó el pedido para que desde el Estado se apoyara la iniciativa de un puñado de excombatientes liderados por Juan Aro.

El equipo argentino de Antropología Forense, la Red Solidaria de Juan Carr y los familiares de los caídos empujaron para que se pudiera tomar muestras de ADN de las tumbas, para finalmente así, tener los nombres de los argentinos que dejaron la vida allí. La Cruz Roja Internacional también fue un actor importante en ese proceso.

Paradójicamente, gracias a un inglés
Todo había comenzado cuatro años antes, cuando Juan Aro viajó a España a una reunión entre excombatientes argentinos y británicos. Allí conoció a Geoffrey Cardozo, quien hablaba castellano y ese día oficiaba de traductor. Cardozo le contó que tenía los registros con todos los datos que informaban en qué lugar de las islas fueron recolectados los cuerpos que fueron a parar al cementerio. Les relató que entre sus ropas, algunos de los “colimbas” y otros militares de mayor rango tenían fotos de sus familiares. Otros llevaban alguna identificación que los vinculaba con el batallón al que pertenecían, o tenían sus nombres escritos con tinta, en papeles a merced del clima. Los peores solamente eran un despojo. Las chapas identificatorias que usaban los soldados de otras partes del mundo no existían, nunca las tuvieron, nunca se las dieron. Otro signo más de la precariedad con la que fueron enviados al combate.

Cardozo llegó a las islas justo el día después de finalizado el combate. Tenía la misión de controlar a las tropas que estaban llenas de estrés pos combate. Debía calmar posibles conflictos internos. A medida que pasaron las semanas los británicos peinaron las zonas de combate. Cada vez que hallaban una tumba o fosas comunes con soldados argentinos, Cardozo era informado. Se procedía al traslado de los restos. Con honores militares la ceremonia de inhumación en el cementerio de Darwin se dio el 19 de febrero de 1983, ocho meses después del final de la guerra. El terreno, alejado de la población, fue cedido humanamente por un granjero. El resto de los kelpers querían que estén lejos de sus vistas, estaban muy molestos con todo lo que había pasado.

A los que se pudo identificar se les montó una cruz y una tumba con su nombre. Los otros eran desconocidos. 35 años después, desde junio de 2017, la Cruz Roja Internacional encabezó las tareas de identificación.

Malvinas, la pelea continuó
Este lunes 26 de marzo de 2018 ocurrió otro hito en la Guerra de Malvinas. Siete días antes de que se cumplieran los 36 años del comienzo del conflicto bélico, un bus cargado de familiares de los soldados llegó al camposanto de Darwin. Madres y padres ya ancianos, hermanos, sobrinos y nietos, caminaron decididamente. Muletas, bastones y andadores. El ruido de las piedras debajo de sus zapatos era el lenguaje que anunciaba la visita al lugar. Más adelante, movidos por el viento, el repiqueteo de los rosarios colgados de las cruces daban la bienvenida. Para algunos era la primera vez. Para los otros, era muy especial, finalmente iban a poder elevar una plegaria en el lugar exacto, justo al lado de los restos de esa persona que un día se fue a la guerra y nunca más volvió al continente.

Geofrey Cardozo estuvo allí. Vio cerrado el trabajo que le tocó iniciar. Sin los registros que él guardó tantos años y que puso a disposición de Argentina, pero a los que nadie le dio importancia, tal vez nunca se hubiera disparado esa iniciativa de identificar los cuerpos de los soldados desconocidos.

Al día siguiente viajó a Buenos Aires y en una entrevista contó que después de la respetuosa ceremonia que se desarrolló en el cementerio, él pudo ver otro semblante en las caras de los familiares. Un alivio inexplicable que sobrepasa este mundo.

Julio Aro contó una infidencia de gran significancia simbólica sobre el trabajo que se llevó adelante. Allí, en Malvinas, entre los últimos destellos del sol de la tarde del lunes, una madre anciana se acercó a Geofrey y le dijo: “Estas fueron las últimas manos y los últimos ojos que miraron a mi hijo”.

Cardozo recordó que cuando en 1982 salió hacia Malvinas, su madre le dio un beso y un abrazo muy grande. Cuando él estaba en la tarea de llevar los cuerpos de los soldados argentinos al cementerio, pensaba en ella y también en las madres de los argentinos muertos que estaban allí.
 
Recordar Malvinas
Viene a la memoria un episodio que ocurrió el 29 de mayo de 2002, durante la presidencia de Eduardo Duhalde. En el festejo por el Día del Ejército, en la sede central de esa fuerza, un periodista televisivo divisó a Leopoldo Fortunato Galtieri, ex presidente de facto y responsable de la Guerra de Malvinas entre los invitados. Lo increpó preguntándole que hacía ahí y le exigió que se fuera. “No le parece que pasó mucho wisky por esa cabeza y tomó decisiones equivocadas. Mientras los muertos de Malvinas están enterrados usted está libre. Debería estar en cana Galtieri”. En 1986 había sido condenado a doce años de prision por negligencias respecto a esa guerra. Fue indultado por Carlos Menem en 1990. Murió en libertad en enero de 2003.

Él fue el que anunció en cadena nacional la derrota en Malvinas: “El combate de Puerto Argentino ha finalizado”. Fue el principal responsable del olvido que posteriormente sufrieron los excombatientes. Paradójicamente, fue un militar inglés el eje a través del cual se llevó a cabo el operativo “No me olvides”, que identificó a los soldados desconocidos de Darwin.

A diferencia de los que tienen recuerdos de ella, a las generaciones pos Malvinas es posible que les cueste tener sentimientos por esa guerra. Porque no se habla de ese conflicto con el mismo tenor victorioso como fueron las batallas de San Martín. Pero aunque sumió al país en la tristeza, también dejó héroes. Ellos siguen en territorio argentino, con sus cuerpos clavados en suelo patrio. Hoy son 90 más, los soldados argentinos que tendrán sus nombres mirando al cielo.

Por Lic. Hernán Centurión 

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