Sábado 21 de Abril del 2018

     




#NARRATIVA

“Los lugares”, una impensada vuelta de tuerca a la vida cotidiana

08/04 12:00

En una carta fechada en Rosario el 4 de diciembre de 1974, expuesta actualmente en la exposición “Conexión Saer”, en Buenos Aires, Elvio Gandolfo da cuenta del impacto inmediato que le provocó la lectura de “El limonero real”, y le escribe a su autor: “La tragué como si fuera una epopeya mezclada con un film de imágenes puras”.

          

Visto en perspectiva, no parece posible un epigrama más justo para definir la sensación de lectura de esa novela extraordinaria y conviene repetirlo: una epopeya mezclada con un film de imágenes puras. Saer tenía 37 años cuando publicó “El limonero real”, y desde los 29, desde 1966, a contrapelo de toda moda y pauta establecida, estuvo dándole vueltas a su composición. Pero ya se ha hablado de eso. Tal vez convenga ahora detenerse en que Elvio Gandolfo, cuando redactó esa carta concluyente (que es, a su vez, anticipo coloquial y resumen de una reseña que publicó sobre esa misma novela en la revista “El lagrimal trifurca”) tenía 27 años. Escribe, como dice Furio Jesi de Rainer Maria Rilke, que tenía esa misma edad cuando firmó las “Cartas a un joven poeta”, “consciente de la autoridad proveniente de su juventud”. Como un prototipo del “joven poeta” cuya tradición remite al mismo Rilke, a Rimbaud, a Byron. Eso sí: en Rosario. En papel membretado de la revista y editorial que dirigía con su padre, Francisco Gandolfo. 

Esa carta, ese epigrama, esa reseña, son pruebas tempranísimas del enorme don de Gandolfo como lector. Lo precisó el poeta y editor Damián Ríos, en la presentación de un libro de Gandolfo, “The book of writers”, luego de hacer justa referencia a las miles de páginas rigurosamente leídas y tratadas con inteligencia por Gandolfo: “A veces parece que hubiera escrito sobre todo lo que importa o importó leer, y siempre que alguien se ‘consagra’, ‘llega’, uno se acuerda de una nota de Elvio, de hace mucho”.

Hace unos años, la obra narrativa y poética de Gandolfo -que incluye textos memorables como “La reina de las nieves” y “Vivir en la salina”- dio aquello que Alberto Giordano percibió como un síntoma de la nueva literatura argentina de comienzos del siglo XXI: un giro autobiográfico. “Filial”, el reverencial relato dedicado a su padre, publicado en “Cuando Lidia vivía se quería morir”, “Mi mundo privado” y los poemas de “El año de Stevenson” son manifestaciones acabadas de esta bienvenida noticia en la obra de Gandolfo, quien parece haber dado vuelta la convención de los géneros y subgéneros de la intimidad.

Mientras que para muchos incipientes o futuros escritores, la en general discreta vida propia y el yo son los materiales y el pronombre que tienen más a mano para empezar a ejercitarse en el arte de la composición, Gandolfo mucho más tarde de aquellas eximias experiencias ficcionales desarrolladas en novelas, relatos, cuentos, poemas, encuentra en su vida privada, familiar, un asunto esplendente para poner una vez más en funcionamiento la máquina literaria. Los lugares da una impensada vuelta de tuerca sobre el asunto.

El libro está compuesto por tres relatos reunidos por la figura de su personaje principal y llamados, cada uno de ellos, por la persona gramatical que lo rige: “En primera”; “En segunda”; “En tercera”. Definida la persona, el lugar donde sucede la acción: “Belgrano” (un barrio de la ciudad de Buenos Aires), “Frankfurt” (la ciudad alemana donde se celebra la feria del libro más importante del mundo), “Ciudad Vieja” (otro barrio, esta vez de Montevideo). Cuesta pensar en el volumen como en una “novela”, tal como la presentan sus editores en contratapa. Pero también cuesta descartar de plano la definición. Tres acontecimientos son los que ponen en marcha la trama. En Belgrano: la voluntaria excursión del personaje en busca de un libro de Peter Handke comprado por Mercado Libre. Se lo podrían mandar en un taxi, pero prefiere salir a dar una vuelta, un sábado a la mañana. En Frankfurt: impensadamente, el personaje es invitado a formar parte de la delegación argentina en la Feria del Libro, edición 2010. Tal vez, piensa él, no demasiado consciente de su relevancia, o acostumbrado a que la relevancia no sea un asunto a tener en cuenta cuando se arman las delegaciones oficiales de escritores, porque escribió una reseña sobre Ernesto Sábato extrañamente desprovista de animosidad (¡desmentida hermosamente en tierras de Goethe!). En Montevideo: le avisan al personaje que una exnovia suya va a ir a la ciudad, a un coloquio sobre un famoso antropólogo inglés del siglo XIX. Va entonces a escucharla y más tarde pasean por la Ciudad Vieja.

Que cada uno de los relatos esté, como decíamos, regido por una persona gramatical diferente es un descolocante y bienvenido tour de force para mover el relato, para llevar al lector a hacer unas minuciosas comprobaciones (pero entonces yo es él, él es tú -o vos-, vos es yo, etc) que provocan, como en las buenas novelas, la necesidad de volver atrás, para, por ejemplo, recomponer una escena que parecía ingrávida cuando fue relatada, pero que adquiere relevancia cuando se la menciona más adelante, al pasar, y recién cuando comprobamos que los tres personajes, aún presentados por personas gramaticales diferentes, son el mismo y que remiten todos al nombre del autor (mencionado en el segundo relato cuando un empleado de Cancillería lo llama y le pregunta: “Gandolfo, a usted le interesa realmente ir a Alemania?”.)

Pero entonces, ¿qué es “Los lugares”? ¿Una novela, como dice la contratapa? ¿O tres relatos autobiográficos entrelazados firmemente por la figura del personaje principal y tenuemente por las acciones que se narran? 

En “El gran misterio”, de César Aira, un libro que tal vez deba ser leído en tándem con “Los lugares” (de hecho comparten editorial, fecha de publicación, pie de imprenta) el narrador apunta que la biografía es un género imposible pues su magma -la realidad- “es tan retorcido e imprevisible que derrota a los mejores escritores”. Gandolfo ahora lo sabe y parte entonces de la base de que aquello que va a narrar no es un hecho ni un recuerdo. Es, como anota el narrador en primera de Belgrano, una “construcción” sostenida -esto es lo importante- por el misterio acerca de por qué recuerda un día banal, entrenublado, frente a otros, tal vez iguales, hundidos en el olvido.

Entiendo que la respuesta a ese misterio es la sensación. Lo que perdura no es la serpenteante caminata en busca de la calle 11 de septiembre en Belgrano, ni la graciosa comedia jugada por los escritores argentinos en el lobby del hotel Intercontinental, de Frankfurt, ni la escena -extraída de una película fantástica- en un bar de la Ciudad Vieja donde los mozos que rodean a los protagonistas aparecen y desaparecen como por golpes de luz. Esos son, en todo caso, correlatos objetivos de las sensaciones de extrañamiento y sosiego en Belgrano, de felicidad y reconocimiento en el viaje a Frankfurt, de amor virtuosamente disuelto en amistad en el paseo por Ciudad Vieja. Esas sensaciones, y no solo la impecable materialidad realista de los tres relatos de Gandolfo, son el asunto de “Los lugares” y es, al fin, lo que perdura suavemente en el lector.

Por Martín Prieto

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