Domingo 24 de Junio del 2018

     




#Enfoque

Ficción brasileña

08/04 12:00

Brasil da para todo. La maraña política y judicial de un país sin límites propició la red de corrupción más alevosa de la región y, al mismo tiempo, encaminó a la prisión al candidato con mayor intención de voto para salir de la crisis en la que se encuentra.

          

Springfield no existe en este plano de la realidad. El famoso pueblo en el que viven Los Simpson se deja ver en todo caso en quienes miran la famosa serie de Matthew Groening. Pero justamente el hecho de que no exista permite que en Springfield sucedan cosas cotidianas que nos ocurren a todos, pero que al mismo tiempo rayan lo increíble y que casi siempre se articulan a través de la corrupción. 


Springfield se transforma entonces en el lugar de todas las cosas, las reales y las que no lo son tanto. Y es la corrupción a todas las escalas posibles (desde la hogareña, pasando por la de las calles, hasta la estatal) la que permite que los dramas de la ciudad surjan, se desarrollen y se resuelvan en un mismo capítulo. La historia es que al cabo de un tiempo nos acostumbramos a ello y hasta nos resulta cómico, ese es el riesgo de anclar lo peor de lo ficticio a lo real.

De un tiempo a esta parte Brasil comenzó a desdibujarse. Pasó de ser la potencia de este lado del mundo a una suerte de Springfield del mundo real. La corrupción se instaló en cada porción del Estado de la mano de unos cuantos criminales. Y el resultado al cabo de estos dos lustros es simpsoniano. 

Porque el mismo sujeto que sacó de la pobreza a millones de brasileños, termina ahora involucrado en la mayor trama de corrupción en décadas en la región y ronda por un lugar que ya conoce: la prisión. Hace 38 años lo encerraron por enfrenarse a la dictadura militar y hoy lo que enfrenta es la cárcel porque -asegura la Justicia brasileña-, recibió un apartamento de lujo de una constructora involucrada en una red de sobornos.

Pero el origen mismo es ya una instancia propia de una ficción. El caso que se construyó alrededor de Da Silva comienza con la confesión del expresidente de una empresa que pactó beneficios penitenciarios. 

El empresario Léo Pinheiro habló y logró así rebajar su condena. Después, los jueces que intervinieron en este capítulo de la trama de corrupción consideran que está probado que Lula recibió como soborno de la constructora OAS un apartamento en la playa. Las sentencias admiten que la contrapartida no está clara, pero insisten en que la OAS era una de las empresas que participaban del gran festín corrupto de la Petrobras y pagaban comisiones ilegales a políticos de diversos partidos. 

Lula se defiende alegando que ningún documento prueba que él sea dueño, que nunca vivió en él, que ni siquiera tuvo las llaves y que jamás entró a ese lugar. 

Igualmente el llamado “hijo de Brasil”, por su origen humilde y su desempeño en los dos mandatos presidenciales que encabezó, se transforma ahora en el mayor trofeo de la investigación que se está llevando por delante a toda la clase política brasileña; y también a millones de personas que ven pospuestas sus necesidades mientras el sistema intenta resolver sus propias fallas.

A estas alturas, Lula es el acusado con mayor apoyo popular del mundo. Al mismo tiempo que es empujado hacia la prisión por corrupción, sigue siendo el favorito para las elecciones presidenciales de este año. Y lo más trágico es que quienes impulsaron el proceso que hoy lo tiene en la mira terminaron casi en su totalidad encarcelados por delitos parecidos o están siendo investigados en la misma trama corrupta. 

Si hasta el presidente Michel Temer, que llegó al cargo tras la polémica destitución de Dilma Rousseff (de quien era su vice), está en la mira judicial una y otra vez desde hace un año y solo zafa por las alianzas que se tejen en el Parlamento. ¿Acaso alguien puede pensar que Temer está más limpio que Da Silva?

De paso, Eduardo Cunha, el exdiputado y pastor evangélico que impulsó el proceso contra Rousseff está preso cumpliendo una condena de quince años de prisión por corrupción, lavado de activos y evasión de impuestos. 

Así son las cosas hoy en el Brasil de sálvese quien pueda. Delincuentes valiéndose de las gruesas fallas del sistema para denunciar y hacer caer a líderes legítimos (por delitos que no son tales) antes de, paradójicamente, terminar encarcelados. Es cíclico... es trágico.

Y todo esto ocurre porque desde que se inició la pesquisa, basta con levantar la alfombra de cualquier oficina o comercio para encontrar allí una porción de la basura del “Lava Jato”, como los brasileños denominan al caso que los mantiene tensos desde hace cuatro años.

Y pensar que todo comenzó en una operación rutinaria que investigaba irregularidades en el abastecimiento de lavaderos de coche (de ahí el nombre “Lava Jato”). Era marzo de 2014 cuando la policía detuvo a varias personas, entre ellas a un curioso personaje llamado Alberto Yousseff. 

Este hombre con antecedentes criminales, pero también contactos extrañamente altos entre las élites brasileñas, afirmó entonces: “Chicos, si abro la boca, esta república se desmorona”. La frase en sí misma articularía varios capítulos de la serie de Groening.

A los días estaban deteniendo a Paulo Roberto Costa, director de Abastecimiento de Petrobras. Desde entonces la simple operación policial se convirtió en algo más complicado que destapó una gigantesca red de corrupción oculta en la petrolera Petrobras. 

“Lava Jato” es uno de los nombres más temidos por los dirigentes brasileños que denuncian a sus pares a la vez que son investigados.

En junio de 2015 era detenido el empresario Marcelo Odebrecht, presidente de la todopoderosa constructora que lleva su apellido. Al poco tiempo fue condenado a 19 años de cárcel, pero rápidamente intentó conseguir una sentencia mejor a cambio de contar todos los sobornos que realizó a políticos de todo el continente durante décadas para ganar licitaciones.

En agosto de 2015 las balas del “Lava Jato” zumbaban en los oídos de Lula. Fue cuando detuvieron a José Dirceu, exjefe de Gabinete de Da Silva. 

Finalmente en marzo de 2016 el exmandatario recibiría lo que sería el golpe más duro de su carrera política. La policía se presentó en su casa un viernes a las 6 de la mañana para llevarlo a la comisaría a declarar. Era la foto que sus detractores estaban buscando. Era el principio del fin, ese mismo que está desarrollándose por estas horas.

Da Silva riñe hoy con la Justicia mientras ostenta la valuación de mejor presidente de la historia de su país. Dejó el gobierno en 2010 con el 89% de imagen positiva y casi 130 millones de personas que saltaron de clase social. 

Se fue dejando a Brasil como la octava economía del mundo y con las heridas de la desigualdad y la esclavitud comenzando a sanar. Hoy en cambio es lo más parecido a un paria al que indefectiblemente habrá que ocultar para calmar al bestial sistema que reclama una falsa Justicia para autregularse. Una muestra general de la vergüenza estatal y un caso particular de lo que es hoy el espectro político brasileño. Pero a la vez un nuevo capítulo de la tragedia sudamericana que termina encarcelando a casi todos sus líderes más que en ninguna otra región del mundo.

Brasil es hoy el lugar de todas las cosas. Es el laboratorio global de las condenas mediáticas que definen el modelo judicial. Es el territorio en el que un militar de alto rango puede amenazar con un golpe de Estado si un fallo no sale como quiere y nada pasa, ni lo echan ni lo suspenden. Es el país en el que las balas policiales asesinan sin culpas ni condenas a una concejal líder de los derechos humanos. Es el rincón en el que una y otra vez se intenta resolver la violencia generalizada con más violencia estatal. 

Es la porción del planeta en la que el que fue el presidente más popular de la historia se declara inocente en todos los procesos en su contra, pero es sacrificado por una corte que debió recurrir a un inédito desempate (fue 6 a 5) por la gran cantidad de letra chica en su entramado judicial. Es el Estado en el que gobierna con mano dura un hombre que llegó al poder con polémicas maniobras y se sustenta y toma decisiones con menos del 5% de apoyo.

Sin embargo no conviene observar el estado de las cosas como un actor externo, porque Brasil, al fin y al cabo, es parte del mundo, es parte de Sudamérica, es incluso el mayor socio de Argentina y mucho de lo que se produce en esas latitudes pasó y está pasando aquí.

El actual poder político brasileño actúa firme y sin tropiezos de la mano de sus varios actores (Ejecutivo, legislativo, judicial, económico, mediático, etc). Vende a los suyos la tesis de que encarcelar a Lula Da Silva servirá para curar todos los males del sistema. Promociona que será una conquista definitiva de la verdad sobre la mentira. Advierte a los brasileños que será la forma de sepultar para siempre la corrupción imperante. Porque, dice el sistema, parece que ese flagelo no existía antes de Lula.

Es tragicómico, pero al fin y al cabo es la corrupción la que condena a la corrupción, una suerte de capítulo reflexivo de Los Simpson acerca de los peligros de trasladar la ficción a la realidad. 

Cronología
En cuatro años, los jueces de Lava jato pronunciaron unas 190 condenas contra empresarios y políticos de primer plano y de casi todo el espectro parlamentario.
Pero no pudieron avanzar en los ámbitos de políticos con fueros privilegiados -el Ejecutivo y el Legislativo- debido a que esos casos están a cargo del Supremo Tribunal federal (STF) que no pronunció ninguna condena en ese lapso, pese a tener decenas de investigaciones en curso.

2014, la punta del ovillo
• Marzo: Arranca la operación “Lava Jato”, con la detención de 24 personas en varios estados del país.

2015, el fin de los intocables
• Febrero: El tesorero del partido de la entonces presidenta Dilma Rousseff, Joao Vaccari, es arrestado por aceptar sobornos y lavar dinero de Petrobras, lo que aumenta la presión sobre el gobierno en el marco del mayor escándalo por corrupción en la historia de Brasil. 

• Marzo: La corte brasileña autoriza la investigación de 49 políticos y autoridades. 

• Agosto: Es detenido José Dirceu, en ese entonces hombre fuerte del Gobierno de Lula Da Silva. Posteriormente es condenado a dos penas de prisión, con un total de 34 años y 3 meses. 

• Noviembre: Arrestan al empresario José Carlos Bumlai, quien mantiene una estrecha amistad con Lula Da Silva. El senador del PT Delcídio Amaral es detenido por obstruir investigaciones judiciales sobre la gran red de corrupción en Petrobras y acusa a Lula y Dilma Rousseff de formar parte de la trama de corruptelas. 

2016, estragos políticos
• Enero: la Fiscalía de Sao Paulo cita a declarar en calidad de investigado a Lula por supuesto lavado de dinero, a raíz de la compra de un departamento triplex en el balneario de Guarujá. 

• Febrero: el expresidente presenta por escrito su defensa ante la fiscalía de Sao Paulo. 

• Marzo: Lula es llevado a declarar forzosamente a una comisaría por sospechas de ocultación de patrimonio y lavado de dinero, relativos al caso de Guarujá. La Policía registra su casa para confiscar documentos. La Fiscalía de Sao Paulo lo denuncia por lavado de dinero y ocultación del patrimonio. Un juez de Sao Paulo transfiere el caso de Lula al juez Sergio Moro, responsable de la operación Lava Jato. Rousseff nombra a Lula como ministro, lo cual le otorga fuero privilegiado y lo libra del juez Moro. Lula asume como ministro, pero el juez de la corte Gilmar Mendes suspende su designación. 

• Abril: el fiscal general, Rodrigo Janot, recomienda la anulación del nombramiento de Lula al considerar que fue designado ministro para escapar del juez Moro.

• Mayo: Michel Temer asume la Presidencia del país de forma interina después de que el Congreso avanza en un juicio político contra Dilma Rousseff, quien es separada de su cargo. 

• Julio: primera imputación contra Lula por el supuesto intento de comprar el silencio del exdirector de Petrobras Nestor Cerveró.

• Agosto: el Congreso destituye a Rousseff y Temer asume la Presidencia con plenos poderes. 

• Septiembre: la Fiscalía, a cargo de los procesos de “Lava Jato”, acusa a Lula de ser el “comandante máximo” de una red de corrupción. Moro acepta la denuncia de la Fiscalía y abre un juicio contra Lula por corrupción pasiva y lavado de dinero. Lo acusa de recibir 3,7 millones de reales (1,1 millones de dólares) en sobornos de la constructora OAS que se habrían materializado en la reforma de un departamento. 

• Octubre: la Justicia acepta otra denuncia contra Lula por corrupción pasiva, tráfico de influencia, lavado de dinero y asociación ilícita. Lo acusa de recibir sobornos de Odebrecht a cambio de supuestas presiones para favorecer a la constructora con créditos públicos para operaciones en Angola.

• Diciembre: abren el cuarto proceso contra Lula, esta vez por tráfico de influencias, lavado de dinero y asociación ilícita. Lula también fue acusado en la misma denuncia de interceder para que el Gobierno declarara a la empresa sueca Saab vencedora de la licitación abierta para la compra de 36 aviones caza. La justicia acepta la quinta denuncia contra Lula por corrupción pasiva y lavado de dinero en el marco del “Lava Jato”. Según la acusación, recibió sobornos de Odebrecht a través del exministro Antonio Palocci, hoy preso por el caso Petrobras. 

2017, nadie está a salvo
• Febrero: fallece a los 66 años Marisa Letícia Rocco, esposa de Lula. 

• Marzo: Lula presta declaración en Brasilia por obstrucción a la Justicia y asegura ser víctima de una “masacre” por parte de sus enemigos políticos. 

• Abril: Lula afirma que está “preparado y dispuesto” a ser candidato presidencial en 2018. 

• Mayo: Da Silva declara ante el juez Sergio Moro sobre el caso del apartamento. La Fiscalía lo denuncia por corrupción y lavado de dinero, junto a otras doce personas, por supuestos beneficios ilegales en la reforma pagada por dos constructoras en una casa de campo que aparece como propiedad de un íntimo amigo suyo. 

• Julio: el juez Moro declara a Lula culpable por corrupción pasiva y lavado de dinero en el caso del tríplex de Guarujá, y lo condena a nueve años y medio de cárcel en primera instancia. El fallo permite a Lula apelar en libertad. 

2018, Lula en la mira
• Enero: un tribunal de segunda instancia confirma la sentencia de Moro y aumenta la pena de prisión a doce años y un mes. Lula puede seguir apelando en libertad, pero la Corte abre la puerta a que pueda ser encarcelado tras el fin de la segunda instancia. 

• Marzo: El Superior Tribunal de Justicia (STJ) rechaza un recurso extraordinario de Lula para que se prohíba una posible orden de arresto hasta que el caso sea definitivamente cerrado en todas las instancias posibles (“habeas corpus preventivo”). La defensa de Lula presenta poco después el mismo recurso ante al Supremo Tribunal Federal (STF), la máxima corte del país. El STF fija la sesión plenaria para dar su fallo definitivo el 4 de abril.

• Abril: tras más de diez horas de debate, el Supremo Tribunal rechazó un recurso de Lula para recurrir en libertad ante las máximas instancias judiciales (tercera instancia y STF) su condena a doce años y un mes de cárcel. El juez Moro ordena la detención del expresidente. 

Por Guillermo Báez

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