Martes 19 de Junio del 2018

     




ENSAYOS

Evasión y otros ensayos

29/04 12:00

          

Sabíamos que eran muchas, muchísimas, ¿pero cuántas?¿Sesenta? ¿Noventa? ¿Más? Tres o cuatro por año, también lo sabíamos, pero ¿cuántas en total? A poco de especularla la cifra quedaba vieja porque entretanto, mientras hacíamos el cálculo, seguramente había llegado una más. Acabamos por desistir, perder la cuenta o aceptar que el surtidor era inagotable y que, infalibles como las lluvias de otoño, seguirían llegando más y más. En febrero sin embargo supimos que la cifra era redonda y que con “El gran misterio”, en delicada edición de Blatt & Ríos, César Aira, el más prolífico de nuestros escritores prolíficos, acababa de publicar su libro número... ¡100! Su célebre “continuo” de “novelitas” había alcanzado el centenar, una cifra que sin duda habría multiplicado exponencialmente el número de sus lectores fieles, sus detractores, sus imitadores y sus fans. También el de los críticos dedicados a la tarea siempre pendiente de describir su método, descifrar la fórmula, dar con la clave del “procedimiento” capaz de sostener la marcha de su prodigiosa máquina de escribir “libritos”, prodigar comienzos ingeniosos, laberintos de peripecias y finales inesperados. Pero entre los muchos intentos de resolver el enigma, nadie ha ofrecido más y mejores respuestas que el propio Aira, cifradas en algún pliegue de sus ficciones o en los argumentos caprichosos de sus ensayos.

En una escena de comienzos particularmente gráfica entre las más recientes, por ejemplo, todo deriva de una contradicción insalvable entre las lecturas de un joven Aira precozmente intelectual que a los catorce años leía a Kafka, a Proust y a Borges, y las de su padre, adicto a unas novelitas de vaqueros del español Marcial Lafuente Estefanía, que también el joven Aira leía de vez en cuando, no por gusto sino con cierta nostalgia (“de la liviandad, de la impunidad, de una cierta libertad que faltaba en mis autores de cabecera”) y hasta con envidia (de un escritor “que no tenía nada que temer de los críticos ni de los historiadores de la literatura y podía escribir lo que se le diera la gana, de a una novelita por semana, que era el ritmo en que aparecían, como una artesanía feliz y despreocupada”). Y en el recuerdo es el padre, un completo outsider del mundo de la literatura, quien a propósito del autor de más de 2.000 novelitas de vaqueros, especula que los escritores debían tener algo así como “módulos previos” con los que “armaban” cada novela, ahorrándose el trabajo de escribirlas. Sin saberlo, acababa de sembrar la semilla del procedimiento: “Me hizo soñar con novelas que se escribieran solas, o con una ingeniosa máquina que produjera novelas a entera satisfacción del autor y felicidad del lector. Me anticipaba a los sueños razonados de Raymond Roussel”. La insospechada genealogía (¿versión bufa de los dos linajes de Borges?) habrá desconcertado a los críticos, pero ¿qué mejor descripción de la literatura de Aira que esa mezcla de experimento vanguardista y liviandad, compulsión a la repetición y libertad? Aún así el enigma sigue intacto, porque a fin de cuentas ¿cómo funciona la máquina? ¿Cuáles serían esos “módulos previos”? ¿Cómo se ensamblan?

A falta de soluciones críticas categóricas y quizás para celebrar la cifra redonda, Aira acaba de ofrecer dos repuestas más, una cifrada en el libro 100, “El gran misterio”, una nueva novelita fantástica- y otra deliciosamente razonada en “Evasión y otros ensayos”, una especie de “tabla de elementos” del “continuo” y su procedimiento. En la novela, riéndose de sí mismo y del mote de genio que lo acompaña, Aira se traviste en un científico del siglo XIX, genio en la doble acepción de la palabra (genio occidental, todo razón y método, pero habitado por un geniecillo oriental), que para competir con sus torpes biógrafos decide convertirse en escritor. Riéndose también de los desvelos de sus críticos, revela hacia el final el enigma del procedimiento: el genio interior esperará inmóvil con la boca abierta durante cien años hasta capturar una rara molécula dorada capaz de multiplicarse y completar un libro y después, o al mismo tiempo, completar todos los libros del mundo. He aquí la “solución” del “gran misterio”: Aira es capaz de reírse hasta de los spoilers.

La respuesta del otro libro es menos sarcástica y se compone montando los argumentos de los cinco ensayos. La vindicación de la “literatura de evasión” del primero no solo es un tardío ajuste de cuentas con la “literatura comprometida” y otro más actual con los escritores infatuados con sus propias vidas, sino el secreto programa de una literatura “tridimensional”, que Aira ilustra con una novela de Stevenson: “Literatura de hacer soñar y creer, volumétrica, autosuficiente, iluminada por dentro”; “literatura para la juventud, con la temática y el ritmo del folletín de capa y espada, pero en el formato de la más refinada novela artística”. “Discurso breve”, el segundo ensayo, extrema el argumento vindicando el encanto de los misterios sin solución, pero también la libertad soberana de los libros que no quieren instruir, ni informar, ni refinar el gusto y, por lo tanto, el “nihilismo feliz” del placer de la lectura y la virtual inutilidad de la literatura. Si para algo “sirve” la literatura es solo para ocupar el tiempo del que escribe.

Pero la clave central del enigma está sin duda en el ensayo sobre Raymond Roussel, no ingenuamente subtitulado “La clave unificada”. Aira no resiste la tentación de volver a explicar al gran maestro en una empresa que lo reúne con sus grandes exégetas y lo acerca a sus propios críticos. Mirándose en el espejo de Roussel afina la descripción de su propio procedimiento, su credo antiexpresionista y antipsicologista, su elogio de la improvisación, el azar y la literatura “desnuda”: “Mediante el procedimiento el escritor se libera de sus propias invenciones, que de algún modo siempre serán más o menos previsibles, pues saldrán de sus mecanismos mentales, de su memoria, de su experiencia, de toda la miseria psicológica ante la cual la maquinaria fría y reluciente del procedimiento luce como algo, al fin, nuevo, extraño, sorprendente. Una invención realmente ‘nueva’ nunca va a salir de nuestros viejos procesos mentales, donde todo ya está condicionado y resabido. Solo el azar de una maquinación ajena a nosotros nos dará eso nuevo”.

También en “Dalí” hay un juego de espejos (“¿Cómo es posible decir soy un genio?”, se pregunta Aira, volviendo solapadamente al mote de genio con el que también él carga), y en el último ensayo, el brillantísimo “El ensayo y su tema”, el libro se autorrefiere sutilmente en una reflexión sobre el género que ilumina todo el resto. Publicado originalmente en el Boletín de la Universidad de Rosario en 2001, original, gracioso, suelto, es un ejemplo feliz del género en versión Aira, tocado por las virtudes que él mismo señala en los grandes ensayistas de todos los tiempos: inteligencia y una elegancia espontánea que atenúa el exceso y solapa el esfuerzo: “El ensayista debe ser inteligente, pero no demasiado, debe ser original pero no demasiado, debe decir algo nuevo pero haciéndolo pasar por viejo”. No adelantaremos el argumento central del ensayo para evitar, ahora sí, el “spoiler”, pero baste decir que, como en los grandes textos del género, después de haberlo leído el lector ya no podrá olvidarlo. “El ensayo es el género más feliz”, dice Aira hacia el final y tienta suscribir el juicio. Es quizás el soplo ensayístico que late en todos sus libritos -inteligentes, originales, elegantes, graciosos, sueltos- el surtidor de felicidad de los lectores y el desafío de cada nuevo comienzo.

Por Graciela Speranza
Fuente:?Télam

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