Martes 19 de Junio del 2018

     




Violencia semiótica…

28/04 12:00

          

Aunque no se pueda creer, han llegado lectores con extraordinarios deseos de transitar estos encuentros gráficos y conversadores… Porque digámoslo pronto: no solo hablo de este lado sino también recibo innumerables respuestas y comentarios que me ayudan a reflexionar de manera compartida. En este intercambio me han sugerido tratar un tema muy “caliente” en estos últimos tiempos: la violencia de género. Evidentemente, hemos alcanzado un punto de convergencia en torno de la consigna “Ni una menos” que refiere entre otros múltiples aspectos, a los alarmantes y frecuentes casos de femicidios. Estos crímenes dolientes, irreparables, convocan al debate de todos los estamentos sociales, sin embargo, una vez cometidos estos delitos aberrantes, su tratamiento se inscribe en Instituciones como las fuerzas de Seguridad, la Justicia y los Ministerios de Acción Social. De ahí el reclamo y la protesta: por favor, funcionarios, jueces y policías, cambien sus procedimientos, aceleren sus tiempos, agudicen las investigaciones, cumplan con las leyes y con las normas establecidas. Sabemos también respecto de la “violencia de género” que existe toda una red de contención y apoyo de asociaciones, de religiones, de organizaciones barriales, etc. que han creado miles de estrategias con miras a prevenir, acompañar y evitar estas situaciones lamentables por su dureza. Una vez más, dos palabras concentran el clamor popular: Verdad y Justicia. Adhiero pues, con solidaria y decidida actitud estas posiciones y luchas socioculturales.


Dicho esto, estimo conveniente opinar desde mi campo específico de trabajo con el fin de incursionar en el ENFOQUE de esta cuestión con otros matices y variantes. Así entonces, circunscribo mis comentarios a diversos ámbitos de la “vida práctica” en el curso cotidiano de nuestras tareas, desempeños, gestiones e interacciones con el entorno laboral, familiar, comercial, institucional, etc. Si bien son gravísimas las instancias extremas de golpes, heridas y muerte, considero que no es menos importante que atendamos y nos preocupemos por el maltrato expandido en nuestra interacción del día a día. ¿A qué me refiero? A los gestos, a las palabras, a los silencios, al ninguneo, al desprecio, a la falta de respeto en todas sus formas y manifestaciones. Esa mirada despectiva, esa seña obscena, esa contestación agresiva, ese grito intolerante, ese abuso de poder de padres, hermanos, abuelos, servidores públicos, docentes, autoridades, en fin, cada lector estará pensando en algunos casos de su propia cosecha. Ni qué decir acerca de las andanadas virulentas que recibimos y experimentamos con los medios masivos y audiovisuales de todo tipo. Se trata pues de un ajetreo de significaciones y sentidos que, metafóricamente, “nos tiramos por la cabeza” con frívola contundencia y persistente furia. Una guerra simbólica, una lucha de signos enfervorizada, constante, indiscriminada, que extiende sus contiendas, sus ataques y explosiones a cualquier lugar, a toda hora, con cualquier persona, con tanta reiteración y automática inercia que se vuelve habitual. Si tales modalidades se convierten en HÁBITOS, entonces se comprueba que en los distintos grupos (cada cual tiene los suyos), resulta normal, lógico y natural el maltrato y la agresión A esto denominamos “violencia semiótica”. Cuando las violencias semióticas emergen “a repetición” en la vida cotidiana (en diversos detalles, contestaciones, miradas e interacciones), se vuelven casi imperceptibles y “no nos damos cuenta” (no se da en cuenta mismo, dice nuestro dialecto) de qué modo y hasta qué punto acumulan, refuerzan e incrementan las tensiones. Generalmente los protagonistas de ambientes recargados de violencias semióticas “se van acostumbrando”, van adoptando modales ásperos y ofensivos, creyendo que son inocuos, que se “evaporan” sin consecuencias. Sin embargo, un clima crispado desemboca inexorablemente en episodios violentos que van desde el insulto y la injuria, a los golpes, empujones, heridas, ataques corporales que dejan sus huellas imborrables. Anotemos en nuestra libretita: el cuerpo tiene memoria inapelable.

La dinámica cotidiana saturada de violencias semióticas, suele caracterizarse por una proliferación de pedidos de perdón o disculpas, como si una mera fórmula dicha “a repetición” de modo irreflexivo y mecánica liviandad pudiese revertir los acontecimientos. No estoy alegando contra el perdón o la disculpa, al contrario, estimo que merecen “la mayor consideración” y que se debería acudir a ellos con entero cuidado y prudencia (¿se valora todavía la prudencia? ¿O acaso ha dejado de existir?) En cambio, cuando el perdón y las disculpas se utilizan de manera desaprensiva, reiterada y sin cautela, este invento humano destinado a reparar las frágiles debilidades de nuestras interacciones, se banaliza, se vuelve inocuo y pierde la potencia de sus efectos. Experimentamos a cada paso gente que se la pasa disculpándose sin registrar la violencia de sus actos y los daños que provoca.

Pienso en los que siempre llegan tarde, en los que incumplen sus compromisos, en los que se abusan de la buena fe de los demás, en los abusos de poder, en los que invaden la intimidad de otros, en los que sistemáticamente “hacen la suya”, “se cortan solos”, hacen trampas, mienten, llevan chismes y habladurías miserables, etc. y “tras cartón”, muy sueltos de cuerpo, piden disculpas… punto final, ya pasó, como si un pedido de disculpas pudiese “remediar” semejante violencia semiótica… “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, dice el poeta… Seamos conscientes entonces, de que los excesos de los “disculpadores seriales”, lastiman las relaciones personales y trivializan los perjuicios infligidos a otros. El fastidio, el dolor, la bronca, la impotencia, la indignación del receptor de estas prácticas desconsideradas pueden desatar la ira y el contragolpe hacia el agresor, pero también sabemos que existe la paciencia, la resignación, el “aguante” de mucha gente que prefiere no manifestarse, ni fogonear la violencia de tales modales… Podríamos afirmar que la estrategia del “aguante templado” despliega sus redes de contención para soportar intolerancias, faltas de respeto, ninguneos soberbios y menosprecios varios… No obstante, tengamos “bien clarito” (como dice Maradona): la memoria de la violencia permanece latente, se agazapa, resiste, está espiando, se mantiene alerta y en cualquier momento explota. Vuelve como un boomerang, retorna de mil maneras distintas y realimenta el circuito o cierra con otra violencia terminal, la posibilidad de continuar la conversación, la amistad, la relación o el contrato. El aforismo sentencia: todo maltrato fulmina el trato.

No hace falta referirnos a grandes acontecimientos, tremendas trifulcas o resonantes escándalos, simplemente intentemos escudriñar nuestras experiencias diarias. Pensemos por ejemplo, en el tránsito urbano cuando no se da prioridad al peatón, cuando se transgreden normas básicas establecidas, cuando protestamos con improperios y gestos groseros destinados a otros conductores o ciudadanos de a pie. O bien pensemos en los falaces debates de la “tele panelista”, tanto en programas políticos como de la farándula, ni qué decir de las bochornosas escenas protagonizadas por los “discutidores de fútbol” quienes llegan al paroxismo del furor, como si practicaran un deporte semiótico interesante. Pensemos en los noticieros plagados de violencia en todas sus formas, no solo por los crueles sucesos que cubren, sino por la agresividad de noteros convencidos de que todo vale y que “conseguir la información” justifica absolutamente cualquier procedimiento.

Pensemos por favor, en los políticos/as a quienes observamos estupefactos por la impunidad con que argumentan hoy, en bizarra contradicción respecto de lo que nos dijeron ayer, por el modo descarado con que nos mienten, es como si el resto de la ciudadanía careciera de memoria, de raciocinio, sentido común y reflexión. Estas “violencias semióticas” cotidianas nos asedian, nos hieren y nos atraviesan. Por supuesto que la escueta enumeración anterior no agota la agenda del bombardeo cotidiano, veamos si no, las violencias semióticas en ámbitos familiares, en ámbitos laborales, en ámbitos educativos, en ámbitos deportivos, en ámbitos recreativos, en fin, habitamos esferas enrarecidas por tensi ones que podrían atenuarse y por qué no evitarse. Nuestra respiración semiótica, ansiosa, acelerada y desaprensiva, se dificulta por la polución intensiva de agravios compulsivos, de golpes bajos, de atropellos funcionales, de ofensas gratuitas, de brutales maniobras, de contestaciones impropias, de maltratos a diestra y siniestra y así podríamos continuar mencionando intervenciones que saturan y contaminan nuestro ecosistema semiótico. Cuando bregamos por el cuidado del medio ambiente, al mismo tiempo deberíamos procurar relaciones cotidianas desenvueltas en climas distendidos, un poco más saludables, más conversadores, más respetuosos y amigables. Combatir y reducir las “violencias semióticas” se vuelve pues, un imperativo categórico para salvar la especie.

Por  Ana Camblong

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