Jueves 21 de Junio del 2018

     




Escuela de Títeres de Montecarlo

13/05 01:12

Un rincón donde los títeres y la fantasía conducen por los mágicos caminos del aprendizaje, tras un sueño largamente acariciado y prolijamente custodiado por Verónica Stockmayer, su directora.

          

“Vengan brujitas y hadas, ahuyentemos las pavadas que estos miedos nauseabundos no los quiero yo en mi mundo” seguramente se repite a diario, cuando abre las puertas de la “Escuela de Títeres”, Verónica Stockmayer y no por cobardía, sino por temor a la incomprensión, a la falta de capacidad de quienes tienen el poder de subir o bajar el pulgar de dimensionar el alcance del trabajo que se lleva a cabo en un rinconcito de la región de las flores al que llegan decenas de niños deseosos de aprender y, al mismo tiempo, dejarse llevar por la magia de la imaginación.


Es que el Taller de Títeres de Montecarlo constituye una de las cuatro iniciativas que en el ámbito provincial nacieron con la misión de “ofrecer un espacio de libre expresión a los niños” y optaron por la educación artística desde un recorte muy particular, el Teatro de Títeres, expresión del arte que tiene como subsidiarias tanto a la plástica (bocetos, modelado, pintura) como a la expresión corporal y el teatro en su doble vertiente, el trabajo con el cuerpo y la literatura que nutre de historias a las pequeñas vidas que se desempeñarán en el teatrillo.

Porque, después de todo “ningún niño -por discriminación sutil o brutal, porque la pobreza muerde cada uno de sus días, porque el dolor lacere por la razón que sea el seno de su familia- debería ser exiliado de los territorios protegidos de la Infancia. La forma más blanda, amigable, genuina, noble de retornar a la propiedad de ser niño, es por la lectura y la procura del consuelo que vive en los cuentos, la bella lírica, el festivo juego de la oralidad de cancioncillas, juegos de retruécano, coplas… Y, si no hay padres, ni abuelos, ni nadie más que prodigue migas del pan de ‘había una vez’, debe haber una escuela, un maestro que sí lo haga”, argumentó la directora.

Y este pequeño colectivo encontró la manera tibia de ayudar a la apropiación gozosa de la lectura, para que procurarse la bendición de la fantástica, la épica, la ciencia, el arte, el saber que se precise, se transite desde la posibilidad a la certeza. 

Aquí, contó Verónica, “todo proyecto se inicia a partir del contacto con un texto: de la narrativa, la lírica, la música. Se transita por espacios de lectura y escucha, análisis, procesos de escritura, que ponen a los niños ante el desafío y la oportunidad de trabajar con distintos registros y géneros, preferiblemente de función creativa, sin desdeñar por imprescindibles los instrumentales que usarán a diario para conectarse con el entorno. Se trabaja con la modalidad taller, esto es, un tiempo asignado y una consigna clara de trabajo que abra horizontes, porque de lo que se trata en esta etapa es de recrear, enriquecer, apelar al pensamiento divergente, jugar con las ideas y el lenguaje. El criterio de agrupamiento, el tiempo y los espacios curriculares acordados permiten la socialización, la ‘puesta en ronda’, la lectura de cada trabajo. Culminada esta que es para nosotros puerta de entrada, se vuelve al texto original: se da a conocer el final de una historia o se retorna para empezar a situar personajes o situaciones”.

Entonces llega el momento de la plástica. “Los niños esbozarán, dibujarán los personajes y el mundo en que viven sus destinos, en el plano. Jugarán con colores, texturas, materiales y técnicas diversas, más o menos complejas. Tendrán todo el tiempo que requieran. Hay propuestas que demandan dos o tres etapas de trabajo. No hay premura. Empezar y concluir con disciplina una tarea es un importante objetivo pedagógico. En la vida también habrá proyectos que requieran maduración, manejo de lógicas ansiedades, autocontrol. La plástica es un vehículo fundamental de expresión y de manifestación de emociones y una envidiable oportunidad de desarrollar el gusto estético. La escuela no debería relegarla al rincón de ‘Cenicienta’, ni pensar en ella como una simple aplicación de técnicas. Se potencia y se llena de significaciones si el niño, con pinceles, tijeras, crayones, papeles… tiene algo que decir”, remarcó la directora.

Llega entonces la instancia de elevarse a la tridimensión. “Los niños del primer nivel -6 a 8 años- se ciñen a una técnica elegida por las docentes: deditos, varillas simples, bolsitas, porque hay que lograr el manejo de espacios, tamaños, tijeras. Bocetar, recortar, replicar en otro molde, forrar, matizar, acordar con los compañeros, pues la elaboración de un títere es compromiso individual, pero los muñecos vivirán en el teatrillo una historia del colectivo. Los más grandes se aventuran con títeres con volumen, recortando moldes, marcando en goma espuma, telas, paño lenci, incluso los más atrevidos podrán modelar el bloque de placa de poliéster con tijera. Todos vivirán gozosamente un largo proceso: dos o tres semanas para concluir una manopla, un guante, una varilla articulada, un conito, un marotte”, describió.

“Después, será el tiempo de hermanarse con su creación: darle una personalidad, un carácter, un destino, o a veces escuchar cómo quiere ser el títere, que es algo que también puede pasar: que el muñeco se imponga cuando empieza a vivir en las manos del niño, cuando le pide voz, ademanes, posturas. Ejercicios en el teatrino, caminar, sentarse, saludar, retirarse, bailar, acostarse… Libre expresión y la música adquiriendo especial protagonismo. Hay que escuchar y dejar que el ritmo ‘entre’ al cuerpo del titiritero, se traslade a sus manos, es decir, al corazón del títere”, apuntó y agregó que “entonces volvemos al rescate del relato o el contenido del poema con el que iniciamos la aventura. Habrá que secuenciar momentos, establecer entradas y encuentros, hacer evolucionar la historia, preparar los desenlaces. Trabajo de equipo para el que habrá que poner en juego muchas habilidades, no solo artísticas, sino también actitudinales, mirar y escuchar al otro, acudir en su ayuda, hacer ajustes y críticas respetuosas, alentar, tolerar, reconocer limitaciones personales y del compañero, tal vez intercambiar muñecos en beneficio de la obra si el grupo o las docentes así deciden”.

“El resultado se verá como “primera epifanía”, el largo camino se muestra en toda su dimensión: el desempeño de títeres y titiriteros, la música operando como fondo estimulante y los niños manifestándose en acotada libertad. Nadie aprende un libreto de memoria. A esta altura todos conocen el hilo de la historia y los diálogos pueden cambiar, hacerse ocurrentes, divertidos, nostálgicos, poner la nota especial que el personaje o el clima demanden. Un rico ejercicio de desarrollo lingüístico, un pleno manifestarse de la oralidad con su riqueza de expresiones y gestos. Así cierra cada proyecto, cuando cada grupo presenta ‘la obra’ y se prepara para las devoluciones, que  llegan, con más o menos clemencia, pero siempre como resultado de la puesta de un ojo amoroso sobre los desempeños”, describió.

E hizo hincapié en que “la meta de una iniciativa pedagógica de estas características no es formar niños artistas, aunque se descubren talentos y vocaciones, sino niños plenos, capaces de emplear las competencias adquiridas como puente y herramienta para la construcción de una sociedad más solidaria; niños sensibles a la belleza y la hondura, capaces de reaccionar para defenderlas de la mezquindad y el egoísmo. Aquí adherimos con fervor a las cálidas palabras de Gianni Rodari: ‘El uso de la palabra total, para todos, nos parece un buen lema, de bello sentido democrático, no para que todos seamos artistas, sino para que nadie sea esclavo’”.

Un poco de historia
En 1986, con la inquietud de sentir que a veces el sistema educativo formal aplanaba entusiasmos, ponía demasiadas vallas, desaprovechaba capacidades, solapaba competencias, cuando anidaba la democracia, recién recuperada, y despertaba otra vez la inquietud por participar, Verónica Stockmayer dijo presente a las capacitaciones: “Títeres en el ámbito escolar y comunitario” y “Áreas integradas en el Taller de Títeres”, coordinadas para quince docentes y tres animadores culturales del municipio por el cuerpo docente de la Escuela Taller de Títeres de Puerto Rico, con la ilusión de replicar una experiencia impulsada por  Rosita Escalada Salvo.

“Fui de las pocas que no fue en busca de un certificado, sino de preguntas y herramientas, era probar que una manera amable, blanda, más abierta, que escuchara todas las voces e incorporara la diversidad eran posibles en el territorio a menudo árido, a veces estéril de la Educación, siempre tan cuestionada”, reconoció Valeria.

Los planetas se alinearon, la historia quiso que se inicie un sueño largamente acariciado. “Una escuela que superara la lógica del grado por la muy enriquecedora de grupo, y que partiendo de la natural necesidad del niño por el relato, la poesía rítmica, la música, pudiera, a la vez que enseñar valores atesorables para la vida, la solidaridad, el rico intercambio, el respeto por las ideas, los gustos, las capacidades, la limitaciones del otro, convertir a la lectoescritura, esa tecnología maravillosa, en un campo de aprendizaje fecundo, amigable, asequible, que habilitara para otros saberes, la ciencia, el arte, la técnica… Un espacio para aprender con las manos, el cuerpo, todos los sentidos despiertos”, recordó.

Quimera que se hizo tangible, pero no ajena a las luchas, incluso un torbellino amenazó hace muy poquito con llevarse todo con un recorte de presupuesto. Pero la fuerza inclaudicable de Verónica y quienes la acompañan en esta maratónica tarea prometen ir más allá y todo apunta a encaminarse nuevamente.

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