Jueves 21 de Junio del 2018

     




Nayarith Johanna Plaza: "Me gustaría regresar, pero no estando Maduro allí"

03/06 18:00

La difícil situación por la que atraviesa Venezuela obligó a la comunicadora social de 28 años a buscar nuevos horizontes en Posadas, donde meses antes se había radicado su hermano. “Cuando la situación se empieza a complicar, comienzan a escasear los alimentos básicos como la leche y la harina pan, que es con la que hacemos nuestras tradicionales arepas, y ver a familias enteras alimentarse de basureros, te das cuenta que tu país te duele”, dijo la joven que con una maleta y un bolso cargadas de objetos elementales arriesgó todo para comenzar de nuevo en un país al que está sumamente agradecida.

          

“Te vas... No te olvides de nosotros. Acuérdate de las cosas que te hemos enseñado. Sé siempre humilde”. Con esas las palabras, Zaida y Henri, los padres de Nayarith Johanna Carolina Plaza (28), alentaron a la comunicadora social al decidir abandonar Venezuela por la grave crisis por la que atraviesa el país. Y luego llegó ese abrazo intenso e interminable que después de medio año de vivir en Misiones, la sigue emocionando con sólo recordarlo. Todo el equipaje que llevaba era una maleta y un bolso con documentos, ropas, títulos y dos pares de zapatos. El viaje entre su casa en Barquisimeto o La ciudad crepuscular -admirada por unos inigualables atardeceres-, en el Estado de Lara -a cinco horas de Caracas-, y  Misiones, fue sumamente “accidentado” pero el consuelo era que en la terminal de Posadas la esperaba su hermano Johann, que unos meses atrás se había establecido aquí y logró conseguir empleo.


Plaza había pensado en Argentina como opción en caso que tuviera que salir del país y con el paso del tiempo, las cosas se fueron dando. En 2014 empezó a observar que se complicaba el hecho de poder acceder a algunas cosas. Se acababa de graduar -en la Universidad Fermín Toro- y percibía que la situación se empezaba a poner más difícil por la escasez de los alimentos básicos, la leche y la “harina pan” con la que cocinan las tradicionales arepas (pequeñas tortillas fritas o al horno). Recordó que en estos últimos tres años “el dólar aumentó de manera descomunal, y nuestro Bolívar no vale nada. Le decía a mis padres que me quería ir, que no veía futuro. A mi hermano le prometí que si llegaba a salir iba a reunir los medios para llevarlo, pero que si él salía primero, hiciera lo propio conmigo. En agosto de 2017 me sorprendió al contarme que venía a Argentina”, tras los pasos de una familia vecina que viajó a Buenos Aires. “Bueno, está bien, pero no te olvides de mí”, manifestó Nayarith casi en tono de súplica. A mediados de agosto había elecciones, las calles eran cerradas con escombros y había varios jóvenes muertos, y Johann tenía que ir hasta la capital para tomar el vuelo. “Tuvimos que quitar esos restos en la madrugada con el peligro que eso representaba”, acotó. Un vecino le brindó ayuda y pudo llegar a destino. Aterrizó en Buenos Aires, consiguió empleo y comenzaron a crecer las opciones. Luego lo llamaron de Posadas desde una empresa de venta de repuestos de maquinaria pesada. En poco más de tres meses dijo a su novia, a la hija de su novia, a su suegra y a su hermana, “que nos preparáramos, que iba a hacer lo posible para que viniéramos”, contó la joven que quiere escribir un libro sobre las peripecias vividas, y estudiar psicología.

El traslado fue un verdadero “dolor de cabeza” porque “el Gobierno de (Nicolás) Maduro sabía que numerosos jóvenes, graduados, se estaban yendo, por la falta de opciones, incluso de poder acceder al transporte para ir al trabajo. Si hubiese seguido allá hubiera tomado la decisión de retirarme del trabajo porque lo poco que ganaba lo destinaba al pasaje”. Decididos a seguir el camino de Johann, “teníamos temor de meter en las maletas los documentos legales (titulo de bachiller, de graduado universitario), porque había rumores que los guardias revisaban todo y quitaban los dólares, los títulos, para que no pudieran ejercer. Había que hacer unas costuras adicionales a la ropa íntima, una especie de bolsillos, para esconder, pero tuvimos ángeles que nos custodiaron” hasta la frontera con Brasil, desde donde tomaron el vuelo que los trajo a Foz de Iguazú. Allí les aprobaron el paso, sellaron el pasaporte y llegaron a Puerto Iguazú, después de haber sorteado la mayor parte del camino y del estrés. “Tomamos un micro y Johann nos esperaba en la terminal. Me venía a encontrar con él que ya llevaba un buen tiempo fuera de casa. Verlo me causó una emoción muy grande. Fue una comunicación sin palabras: de expresar estoy aquí, es una nueva etapa en mi vida, ya no voy a tener a mis papás ni la comodidad de mi casa”, confió, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas. El 12 de diciembre Nayarith pisó por primera vez la tierra colorada y el 20, empezó a recorrer las calles capitalinas en busca de trabajo. Su prueba de fuego fue en una mueblería de la avenida Uruguay, “con dueños y compañeros muy amables con esa curiosidad de saber porque uno está acá”. Luego de tres meses, “me arriesgué para buscar algo mejor, intentar algo de mi profesión. Pasé un tiempo sin conseguir nada hasta que llegue a una agencia de ventas de antenas, y transcurrido un tiempo, volví a arriesgarme. Nadie entendía eso de tomar el riesgo cuando no tenes otra opción en mano. Expliqué que era difícil que le dijeran a un venezolano que no se arriesgue cuando lo ha dejado todo para arriesgarse a buscar una mejor vida. Ahora estoy intentando en una zapatería donde el equipo de trabajo es excelente y siempre dispuesto a ayudar”. 

Le gustaría ejercer su profesión pero asegura que “no me voy a detener por eso. Lo que me toque hacer, lo hago, que me permita vivir, acceder a ciertas cosas. Allá jamas podría pagar un alquiler. Sé que la situación acá está difícil y aumentaron los servicios, pero aún así, están bien, si comparamos los dos dólares mensuales de sueldo mínimo que se ganan allá contra los 400 de acá”.

Rememoró que con ese sueldo mínimo -equivalente a unos 50 pesos- y vivía “con mis papás y ellos ganaban su pensión de vejez -papá trabajaba como docente que es el profesional peor pago de Venezuela- y entre los tres veíamos como hacíamos. Llegó un momento en el que yo decía ‘no estoy viviendo’. Es más fácil tener a mis padres en Venezuela y ayudarlos desde acá, que estar allá y ser una carga para ellos”.

Agregó que estaban bien económicamente, “éramos clase media que podía acceder a lo normal, pero podes tener el mejor trabajo, el mejor puesto, pero que te alcance para vivir es muy difícil. Comprábamos jabón y para que dure un poco más lo picábamos en pedacitos, uno para cada uno. Tenía el cabello largo y me corté hasta los hombros para ahorrar shampoo”.

“No había desodorantes y no pensaba pagar millones por ellos. Agarré bicarbonato, soda en polvo, crema de cuerpo, una gota de aceite de almendras, unía todo y me lo ponía. Me arreglé con eso por más de un año. Cuando llegué dije ¡oh, desodorante!. pero seguía usando el ungüento. Mi hermano me dijo ya basta, quítate el chip, cómprate un desodorante, no seas tan tacaña”, comentó, entre risas. “Para mi país quisiera justicia. No hay veracidad en el sistema electoral, dicen que tienen el mejor sistema pero creo que si fuera así lo usaría el resto del mundo. Está plagado de contradicciones. Te das cuenta que tu país duele cuando ves a personas comiendo de la basura en un sitio como el tuyo donde jamás había pasado. Se distingue cuando alguien lleva años viviendo en la calle y cuando son familias enteras sentadas al lado del basurero, sirviéndose de él. Esforzarme para comprar un plato de comida y compartirlo era complicado porque eran siete u ocho en una misma basura. Y ahí dices esa es mi gente que esta comiendo de la basura. Niños, adultos, ancianos, una realidad que el Gobierno quiere ocultar”. Pero todo trae algo bueno porque esta situación “nos enseñó a los venezolanos a querer a nuestro país, aún en las peores situaciones entendimos que tenemos una tierra bonita, con mucha riqueza, cultura, música e historia”, celebró.  Y manifestó que “cuando sales, te ligas bastante al país que te acoge, porque te recibe en las condiciones en las que estás. Bien o mal te brinda la posibilidad de crecer, entre la cantidad de habitantes que tiene, que también necesitan crecer, tener una prioridad. Cómo no nos vamos a sentir agradecidos por el recibimiento si se interesan en preguntar cómo estoy, si conseguí trabajo”.



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