Jueves 21 de Junio del 2018

     




ERIC BARNEY

Experiencia y voluntad

03/06 15:38

En la década del 80, junto a un aplicado grupo de trabajo, desde la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Misiones, acercó la energía eléctrica a más de 200 familias, un proyecto que la falta de apoyo, principalmente económico, dejó trunco, pero que no es tarde para considerar. La experiencia y el conocimiento están.

          

OBERÁ (Parte I). “Tenés que hacer las cosas que te hacen bien, que te dan una alegría y para mí la alegría está en la posibilidad de acercar la luz, el agua, a la vida de la gente, eso me lleva todavía a enseñar algo que si no se pierde”, confió Eric Barney con la voz en el tono justo, ese capaz de atrapar a su interlocutor hasta introducirlo aún en las teorías más complejas, tan característico de quienes llevan la docencia como un don innato, mientras seguramente diagrama planos de una “pequeña gran obra” que podría marcar la diferencia en algún paraje remoto, esos que abundan en esta tierra colorada.


Barney fue uno de los impulsores de la creación de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de Misiones en la Capital del Monte donde, independientemente de los cargos que ocupó, fue docente y decano, marcó una época. Fueron él y su equipo quienes acercaron la casa de estudios a la zona rural y, por ende, a los estudiantes al verdadero trabajo de campo, pues durante varios años culminar la carrera significaba presentar, por ejemplo, un proyecto de microturbina.

“En la facultad tuvimos la libertad muy grande de hacer lo que hicimos, fue muy importante, no sólo por el trabajo de darle luz a la gente, sino por el hecho de poner a los estudiantes en un medio rural, cuando empecé ni se me ocurrió que la parte social era igual o más importante que la microturbina, por suerte mi señora (María Rosa Fogeler), que es antropóloga, y todo el equipo de la Facultad de Humanidades se adhirió e hicimos un trabajo conjunto, con el que casi veinte años le dimos luz a una 200 familias con un proyecto que fue muriendo, un poco por falta de apoyo y porque nadie más asumió la responsabilidad”, reconoció el ingeniero.

“Cuando se dañaba una microturbina salíamos corriendo con los chicos de la facultad a repararla, era la única unidad académica universitaria que estaba a cargo de un servicio público, estábamos como responsables, desgraciadamente hasta el día de hoy las municipalidades no asumieron ese compromiso”, sostuvo, a pesar que “cada tres kilómetros hay una posibilidad para un proyecto hidráulico, por la gran precipitación, por los desniveles, porque existe monte todavía con una gran retención de líquido con rendimientos que rondan los 18 litros por segundo por kilómetro cuadrado, un dato muy importante porque dice realmente qué disponibilidad de agua tenemos en toda la provincia”, admitió Barney.

Y todo esto porque “no hay una política de Estado, porque en la provincia no hay todavía una Dirección de Recursos Hídricos, cuando es la más hídrica del país y a pesar de que hay una experiencia extraordinaria, de treinta años, instalando turbinas y bombas de agua”, dijo el docente y entendió que tampoco la universidad se asió de esa destreza, un poco por falta de fondos y otro tanto porque denotaba una enorme responsabilidad.

“Hasta cierto punto era un compromiso que no le cabía a la universidad, pero como con toda investigación aprendimos muchísimo, los siete proyectos se hicieron a partir del 85 y hasta el 87, dos años de trabajo para hacer siete proyectos, para ello había que tener una organización muy aceitada y gente capaz”, recordó.

Trabajo que implicaba la ubicación del proyecto, hablar con los colonos, armar consorcios, hacer el proyecto, hacer la turbina, instalarla, capacitar a la gente, armar cooperativas para que después se pudiera mantener y, luego, la puesta en marcha, el asesoramiento. “El más grande fue Tarumá, con 63 familias, El Carlitos, El Persiguero, El Doradito, San Antonio, El Pesado, todos involucraban a familias y había que hacer las cosas bien”, admitió y evocó a El Doradito, en Campo Ramón, que ya en 1987 estaba en paralelo con la red, lo que significa que “teníamos un medidor que giraba para un lado o para otro, si había mucha agua la turbina le vendía energía a la red y cuando había seca se rebobinaba el medidor; eran 16 usuarios que mantenían ese proyecto en un hermoso lugar”.

“Todos fueron abandonados, excepto Tigre, el mayor, de 90 kilowatt, que abastece de energía a la Facultad de Ingeniería, es nuestra joyita, ahí pusimos todo automatizado, un detalle importante, porque, por ejemplo, los proyectos Saltito I y II tenían seis u ocho personas trabajando por día, hoy sólo hay tres, y todas esas cosas se fueron aprendiendo gracias a estos proyectos”, mencionó.

Un antes, ¿un después?

“Creo que lo más importantes es que se pudo demostrar la factibilidad de tener energía y, lo mejor, la posibilidad de hoy en día del paralelo, antes no había tantas líneas, estábamos alejados de la red y ese problema era muy difícil de resolver, entrar en paralelo con la red era muy importante porque organizás un consorcio, una cooperativa que, cuando hay mucha agua puede vender energía, cuando hay seca recibe de la red, sino se vuelve imposible”, explicó y puso como referencia: “En la chacra me cobran 3 pesos el kW hora, si tengo una micro de 10 kW, en 24 horas cuánto puedo vender, inclusive el proyecto se puede financiar con la venta de energía”.

“Con la experiencia de ayer tenemos que pensar en el hoy, mañana ya es tarde, primero, porque nosotros no vamos a estar más y la experiencia que tenemos, no está en los libros, nos deberían permitir a los jubilados seguir asesorando, como lo estoy haciendo, estamos trabajando con un grupo de alumnos de la facultad en varios pequeños proyectitos, uno en El Soberbio, en Yerbas del Paraíso, una comuna donde hicimos un proyecto muy sencillo utilizando un diferencial de camioneta y poniendo en lugar de las ruedas dos rodetes que permiten, cuando hay poca agua, trabajar con uno solo, y con un cardán hacia arriba que evita que en las grandes inundaciones el generador se deteriore, toda esta experiencia son ideas que uno va trabajando, con las que se pueden hacer y lograr resultados, pero sin inversión todo está por perderse, se perdió prácticamente todo, Tarumá era un proyecto hermoso, del que podría incluso disfrutar el turismo, pero cortaron el tubo con amoladora para robarse dos metros de caño, en esto hay un poco de inoperancia y de ignorancia de los municipios, de los intendentes, porque teniendo esas maravillas no se aprovechan”, opinó Barney.

“No tenemos la verdad, son ideas, prototipos, como le decía a los alumnos, si al año los usuarios están conformes no se puede decir que ese proyecto no tuvo un buen resultado, todas estas cosas pasan y es una pena que los gobiernos no las hayan visto, por ejemplo, para el bombeo de agua, una rueda hidráulica chiquitita cuesta entre 5 y 10 mil pesos, pero no hay ningún fondo de la provincia o la nación que nos diga instalá diez arietes, que otorgue un crédito de 100 mil pesos para que un colono pueda instalar un ariete y tener agua en su casa, lo más elemental no se dispone, mientras hay para otras cuestiones, muchos colonos están peor que cuando vinieron sus viejos, cuando tenían arietes que traían de Europa o fabricaban, o tenían las famosas ruedas para hacer harina de maíz y un pequeño generador para cargar baterías”, observó.

“Buscamos demostrar que esta tecnología es factible de hacer con la participación de la gente, dar los planos a los talleres locales para que ellos reparen y fabriquen las turbinas, o sea que la oferta de maquinaria debe ser desarrollada por artesanos, torneros, soldadores, chapistas, que te pueden hacer cocinas, molinos, todo, una idea que es de (Ernst Friedrich) Schumacher, ‘lo pequeño es hermoso’, nuestro gurú, en el sentido que apoyamos mucho sus ideas, un economista que veía en África que el dinero que nunca llegaba al destino y que usaba la tecnología apropiada o intermedia, que permite hacer cosas sencillas, duraderas, con los materiales autóctonos, evitando la importación, pero eso requiere toda una política de Gobierno, de la universidad, como se hizo en un momento”, consideró.

“Me preguntan si, con todos los fracasos que tuvimos, hoy haría lo mismo, como si el fracaso es nuestro, y sí, haría exactamente lo mismo, no me arrepiento de nada, creo que fue una experiencia muy positiva por lo que aprendimos, en la que todo el grupo que participó. No soy ningún genio, la facultad me costó muchísimo en Buenos Aires y siempre dije que quería enseñar de forma que mis alumnos aprendan de otra manera, con una participación más rural, con una idea de la tecnología apropiada, saliendo un poco de los tratos muy ingenieriles, donde solo lo perfecto es posible y eso lo hicimos, creo que muchos de los estudiantes de nuestra facultad desde el 73 hasta el 90 e inclusive un poco más adelante pudieron ver esa idea y creo que no hay ni uno al que no le fue muy útil, no sólo por lo que aportamos a la gente sino por su propia educación”, entendió.

“Creo que todas las universidades deberían tener una mayor participación en el medio rural, el medio rural está muy abandonado, tanto en lo económico como en lo técnico, y la participación de la universidad es fundamental”, estimó el ingeniero electromecánico.


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