Domingo 15 de Julio del 2018

     




Sálvese quien pueda

08/07 13:00

La cumbre europea sobre las migraciones concluyó con un acuerdo para salvar las apariencias y dejando en el aire las soluciones concretas. La tendencia general fue un común “sálvese quien pueda”.

          

La Alemania de Angela Merkel no podía volver con las manos vacías si la Canciller pretendía salvar su coalición con los socialcristianos de Baviera. La Francia de Emmanuel Macron no podía perder a su socio alemán en su pretensión de tener peso entre sus socios europeos.


La Italia de Giuseppe Conte debía demostrar que las acciones y amenazas de su nuevo gobierno eran oídas en Bruselas. Los “disidentes” del Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa) no podían admitir un cambio de su postura “cero inmigrante” en su territorio. Austria, que asume la Presidencia de la Unión europea (UE) durante los próximos seis meses, se alineaba con sus vecinos centroeuropeos e italianos.

Así las cosas, el único acuerdo firmado en Bruselas no podía ser sino una serie de ideas vagas, sin obligaciones ni compromisos y más tendiente a salvar la cara que a solucionar el grave problema.

El documento menciona la instalación de centros de internamiento para migrantes en territorio europeo. No indica en qué países se implantarían y, además, se haría sólo de modo voluntario. Antes de la reunión se había hablado de que Albania podría acoger uno de estos campos de espera, pero su Gobierno ha rechazado, de momento, la idea.

En esos centros se haría la selección entre posibles refugiados por razones políticas, de guerra, religión o sexo, y los simples migrantes económicos, que serían devueltos a sus países.

Pero casos como los de Calais en Francia, y tantos otros en Italia, han demostrado ya que muchos de los migrantes viajan sin papeles para evitar ser deportados. Además, si se tiene en cuenta que menos de un diez por ciento de todos los inmigrantes tienen motivos para pedir asilo político, el problema es mucho mayor del que los dirigentes europeos quieren hacer ver a sus conciudadanos.

Las llamadas “plataformas de desembarco” fuera de Europa, que también harán la distinción entre candidatos al estatus de refugiado y rechazados por migración económica, aparecen en los acuerdos. Pero no se menciona tampoco en qué países se podrían abrir tales campamentos.

Túnez, Libia o Marruecos se apresuraron a indicar que no será en su territorio, aunque puede tratarse del comienzo de una negociación para elevar el precio a pagar por su aceptación. El único argumento concreto y con peso de la UE es la recompensa financiera.

Italia, la protagonista de la reunión tras su rechazo a acoger más barcos de refugiados sin la ayuda comunitaria, dice, a través de su jefe de Gobierno que, a partir de ahora, “un pie puesto en Italia es un pie en la UE”. Italia, como otros países mediterráneos, sufren los efectos de los acuerdos de Dublín, por los cuales un migrante debe ser fichado en el primer país al que llega (siempre por el sur) y no puede desplazarse hacia otro destino más al norte, como desea la mayoría.

Conte mostraba orgulloso el documento a los fotógrafos, pero no está nada claro que ese reparto de refugiados que lleguen a partir de ahora a las costas italianas vaya a ser organizado de una manera oficial.

España ya cuenta con los llamados Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), lo cual es un adelanto de cara a sus vecinos, pero la realidad demuestra que no es tampoco una solución ni para los que llegan, ni para los que pretenden ir hacia el norte de Europa. Los gobiernos españoles ya han llegado a acuerdos en el pasado con países como Marruecos o Mauritania para intentar frenar la salida de migrantes. Esa es otra de las soluciones mencionadas en Bruselas; firmar convenios con los países africanos desde donde parten los candidatos a la emigración o países de tránsito. La Canciller alemana se muestra generosa con Madrid y Rabat, y promete ayuda, es decir, euros contantes y sonantes.

Los principales líderes comunitarios necesitaron tirar de su mejor léxico diplomático para poder calificar su débil entente. “Una buena señal”, para Merkel, que no ocultaba las dificultades. “Una solución europea”, clamaba Macron, en una exageración sólo convincente para quienes no conocen sus dificultades para encontrar en Europa formaciones políticas con las que aliarse ante las elecciones europeas del próximo año.

Emmanuel Macron, cuyo Gobierno acaba de aprobar una ley de asilo e inmigración que endurece ostensiblemente los requisitos para poder asentarse en Francia, juega en la Unión Europea un papel de apertura humanitaria que no corresponde ni con su política interna ni con sus relaciones con Italia, a la que ha ofendido con insultos y ha intentado sermonear desde una supuesta superioridad moral. La prensa francesa publicaba el mismo día de la reunión europea que más del 60% de sus ciudadanos consideran que su país es demasiado generoso con la acogida de migrantes.

Una tendencia similar en la mayoría de países europeos, aunque durante años se haya intentado ocultar, propiciando así la aparición de fuerzas políticas que se han hecho fuertes con ese argumento, entre otros.

Los gobernantes de Europa quieren respirar con un vago acuerdo, preparando sus vacaciones de verano. Más vale que se alejen del Mediterráneo si no quieren ver nuevos barcos cargados de migrantes que desconocen los términos de un plan que no les va a frenar en su deseo de entrar en “Eldorado europeo”.

Tampoco los traficantes de refugiados deben inquietarse mucho de momento. Las mafias han demostrado estar siempre millas por delante de las leyes que les atañen.
Si hay algo más concreto en las resoluciones de la UE es la advertencia a los barcos de ONG que recogen a migrantes en alta mar, saltándose, en ocasiones, las normas exigidas por los gobiernos. El propio Macron acusó al buque alemán “Lifeline” de haber desoído a las autoridades italianas. Las más de 200 personas recogidas en el mar pudieron desembarcar en Malta, después de varios días a la deriva.

Europa va a controlar mucho más sus fronteras interiores, a pesar de las voces que hablan de salvar el acuerdo de Schengen. Es la única solución posible, ya puesta en marcha por culpa del terrorismo. La Unión Europea afirma haber salvado la implosión interna, pero lo que se ha certificado en Bruselas es la desunión entre sus miembros. Esta vez, a causa de la inmigración. No será el último desencuentro.

Apenas un ejemplo

Ya en mayo de este año los europeos de las clases más desfavorecidas advirtieron que no querían más inmigrantes en sus países. Los partidos políticos de izquierda que hasta ahora contaban con el voto humilde tuvieron que elegir: apuntarse a la línea dura contra la inmigración o ver partir a sus votantes hacia formaciones nacionalpopulistas.

Suecia es uno de los pocos países europeos y de la Unión Europea donde gobierna todavía un partido socialdemócrata y ha sido hasta ahora el más generoso en política migratoria. En sus tierras encontraron refugio miles de exiliados de la dictadura pinochetista, exyugoslavos de las repúblicas balcánicas, kurdos, afganos o africanos de diversos países. Suecia fue llamada la “superpotencia humanitaria”.

Las autoridades de Estocolmo abrieron también sus puertas a decenas de miles de migrantes que buscaban en 2015 asilo en el norte de Europa. La tradición se mantuvo en ese verano crítico. Pero ahora ha dicho basta.

El primer ministro, Stefan Lofven, certificó lo que muchos responsables políticos y humanitarios de su país ya habían advertido. Suecia no tiene la capacidad para seguir acogiendo a miles de refugiados cada año. La llegada masiva de migrantes desde 2015 provocó también las protestas de organizaciones sociales y políticas que, aprovechando la ruptura del tabú de lo políticamente correcto, denunciaban el deterioro social y de convivencia que muchos de los refugiados estaban creando en ciertos barrios de las principales ciudades del país. Buena leña para el fuego que los partidos más conservadores y las nuevas formaciones nacionalistas necesitaban para calentar sus posibilidades electorales.

Los suecos acudirán a nuevos comicios generales en septiembre y los socialdemócratas han perdido el tren de los favoritos en los sondeos. La primera medida que Lofven y los suyos han tomado para contrarrestar a sus oponentes es el endurecimiento de las condiciones de admisión para emigrantes y refugiados. El jefe de Gobierno se justifica arguyendo que ningún país de Europa ha acogido como Suecia, a 350.000 personas en menos de cuatro años. La población del país es de 10 millones de ciudadanos.

La emigración, como en la mayoría de los países vecinos, está en el centro del debate político y, por lo tanto, electoral. Los “Demócratas de Suecia”, considerados populistas, pueden convertirse en el partido sorpresa, no tanto por sus posibilidades de victoria sino por su capacidad de robar votos a la izquierda.

Stafan Lofven promete ahora que Suecia aplicará una política de acogida “sostenible” y en concordancia con la talla del país. Advierte, además, que los países que reciben la ayuda de Estocolmo deberán aceptar sin condiciones a sus compatriotas que hayan sido rechazados por el servicio de inmigración sueco. Como en otros países de Europa abiertos con la inmigración, Suecia vive también un fenómeno que las formaciones tenidas como antiinmigración explotan muy bien. El aumento del radicalismo entre los musulmanes acogidos en los últimos años, y multiplicado desde hace poco tras la crisis en Oriente Medio, supone un argumento de peso para las formaciones como los “Demócratas de Suecia”.

Bombas contra sinagogas, artefactos incendiarios contra comisarías de policía, barrios controlados por milicias en defensa de la moralidad islámica… Una realidad, quizá a veces exagerada, pero una realidad que el ejercicio de lo políticamente correcto no puede ya ocultar. Países como Canadá o Gran Bretaña advierten a sus ciudadanos de los peligros que pueden esperarles en Suecia, donde un ciudadano uzbeko cometió un atentado en nombre del autodenominado Estado Islámico, en abril del año pasado, provocando cinco muertes.

El aumento de las agresiones sexuales contra mujeres es un dato objetivo y no forma parte de la propaganda xenófoba, que también existe. Las autoridades trabajan en 14 lenguas en cursos de educación sexual y en la enseñanza de los derechos de las mujeres.

Uno de los argumentos de los partidos antiinmigración tiene que ver con el origen religioso y cultural de los recién llegados, a los que se reprocha no querer integrarse en las normas sociales del país de acogida.

En la vecina Dinamarca, la corrección política ya no marca límites ni, incluso, para la ministra responsable de Inmigración e Integración. Inger Stoejber, miembro de la coalición gobernante formada por conservadores y liberales, no tiene reparos en afirmar que “el Ramadán (mes de ayuno musulmán) es incompatible con el mercado de trabajo moderno”. Stoejber asegura que los trabajadores que respetan el Ramadán hacen perder horas de trabajo a sus empleadores.

Las declaraciones de la ministra no representan la opinión oficial del Gobierno de coalición de Lars Lokke Rasmussen, pero son respetadas por sus colegas pues, dicen, ella se ha atrevido a abrir el debate sobre el islam político y el respeto de los valores del país de acogida.

La ministra es también en parte inspiradora del endurecimiento de las normas para que un extranjero pueda obtener la nacionalidad danesa. Aprender la lengua es un requerimiento básico; aprobar una dura prueba de educación para la ciudadanía es otra. Un refugiado sin trabajo durante un largo período de tiempo tendrá difícil acceder al pasaporte danés. Los recién llegados deberán pasar dos años sin recibir ayudas sociales. El respeto de los valores y el juramento sobre la Constitución danesa son indispensables.

Los daneses irán a las urnas también en tan sólo un año. Las exigencias hacia las peticiones de asilo y la inmigración económica continuarán siendo como en la mayoría de Europa, con excepciones como España y Portugal, uno de los argumentos principales de la campaña electoral.

Los países europeos que se han librado de ser gobernados en coalición con partidos nacionalpopulistas o antiinmigración se han visto también obligados, como en el caso de Suecia, a adoptar medidas restrictivas para la acogida de refugiados. 

Los pobres de Europa dijeron basta 

Consideraciones culturales, religiosas o identitarias aparte, los gobiernos europeos de los países más ricos experimentan un rechazo a la solidaridad con el extranjero por parte de sus clases más desfavorecidas y de una clase media temerosa de pauperización y de perder su protección social.

El economista británico de la Universidad de Oxford, Paul Collier, lo describía así en su libro “Exodus”, publicado en 2015: “Si la migración hacia Occidente de personas de países pobres es beneficiosa para los inmigrantes y para el conjunto de las sociedades de acogida, el fenómeno puede afectar negativamente a las clases sociales desfavorecidas de esas mismas sociedades, especialmente a las posibilidades de los hijos de los ciudadanos de esos países para vivir una vida mejor. Las reticencias de la izquierda a admitirlo y a aceptar que las olas migratorias puedan tener un efecto negativo son la causa de la reacción de hostilidad hacia el establishment (y hacia los grandes medios de comunicación) que estremece la vida política de muchas democracias”.

En el caso de los países de Europa Central, al temor de la “desaparición étnica” se añade, según otros especialistas, la inseguridad económica que una masa incontrolada de refugiados produce en sociedades para las cuales la adhesión a la Unión Europea iba, en teoría, a generar riqueza y una mejora de sus condiciones de vida.

Las élites liberales globalizadas y globalizadoras vivieron y vendieron hasta la crisis de 2008 un mundo abierto donde las fronteras eran ya innecesarias y donde el intercambio cultural iba a ser fuente de riqueza. La realidad en 2018 en Europa es algo diferente. Los obreros, las clases más bajas y las clases medias empobrecidas por la crisis no ocultan su rechazo a las subvenciones que con sus impuestos van a parar a la asistencia de refugiados y asilados.

Además, no soportan la penetración en sus barrios de las imposiciones del islam. Los políticos que se atrevían a expresarse en estos términos hace una década eran tachados por la prensa de ultraderechistas o xenófobos. Ahora, también, pero esos partidos ya no representan una minoría. Tienden a ser mayoritarios en la Europa institucional que da lecciones al resto del mundo.

Fuente: sputniknews.com

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