POSADAS. Agustín Ocampo nació el 23 de junio de 2011 en Eldorado. Agustín Cegarra, nació pocos días después -el 11 de julio- en Posadas. A sus dos añitos y algunos meses todavía no se conocieron, pero ellos y sus familias protagonizaron una verdadera historia de casualidades o, más bien, causalidades, en que mucho tiene que ver la participación de Mario Barrera, el único neurocirujano pediátrico de Misiones. En menos de un mes “los dos Agustines” fueron operados de la cabeza para extraer un gran coágulo de sangre producto de una malformación congénita. Los dos estuvieron muy graves, gravísimos, y permanecieron internados entre dos y tres semanas. Sus padres vivieron una especie de paréntesis en sus vidas, porque lo que les tocó vivir fue abrupto, totalmente inesperado.Cuando el Agus posadeño ya había recibido el alta y sus papás, Valeria (35) y Walter (40), lo llevaron a control con Barrera, éste, que no salía de su asombro por las coincidencias en los nombres y cuadros clínicos, les comentó a los Cegarra que “otro Agus” y su familia estaban pasando por algo parecido a lo que ellos acababan de vivir. “Si tienen tiempo, si les parece, ellos están en el sanatorio Caminos”, les dijo Mario invitándolos a pasar a saludar y “dar fuerzas” a Soledad (35) y Sebastián (34), que a pocos días de que su hijo fuera operado vivían la dramática incertidumbre de la espera, del minuto a minuto, hora a hora, día a día, rogando a Dios que viviera.De inmediato, los Cegarra se acercaron y el encuentro se produjo en el hall del nosocomio. De ese encuentro se cumplirán dos años esta semana. Lo más maravilloso es que hoy ambas familias pueden recordar ese momento con alegría, ya que pueden estrechar en sus brazos a su Agustín, que crece, ríe, juega y corre con total vitalidad.Compartimos aquí los pormenores de estas historias con ribetes milagrosos que son un verdadero homenaje a la vida. ¡Urgente!Hacía 27 días que Agustín Cegarra había llorado por primera vez al salir de la panza de su mamá, Valeria. Todo marchaba a las mil maravillas. Pero ese día su mami se preocupó porque el pequeño, sin causas aparentes, vomitó dos veces, rechazó el pecho y tuvo una rara mirada. Valeria se comunicó con su esposo, que trabaja en el laboratorio del sanatorio Nosiglia de Posadas y salió corriendo hacia la guardia de ese nosocomio. En principio los médicos pensaron en que era reflujo estomacal y se organizaron los estudios para el día siguiente, el 9 de agosto de 2011. “Eran varios estudios. Vino el ecógrafo Mestas Nuñez, le hizo la ecografía del píloro y no encontró nada”, recordó Valeria en una emotiva charla con PRIMERA EDICIÓN en que participó junto a su marido mientras su pequeño hijo jugaba con vitalidad en el patio. “El ecógrafo dijo, bueno, ya que estamos miramos la cabeza’”, recordó la mamá. Y ahí fue cuando encontraron una manchita en la cabeza de Agus. De inmediato lo trasladaron para hacer la tomografía y a los padres los ahogaron con preguntas sobre si el bebé se había caído o golpeado, porque la mancha era muy grande -ubicada en el hemisferio derecho, estaba presionando la masa encefálica hacia el lado izquierdo- y no había ningún síntoma más. Empezaron las comunicaciones telefónicas y el llamado a Barrera, quien llegó a las 11. “Nos dijeron que tenía un tumor y que había que operar ya”, agregó. Los padres, que no salían del shock que significar que su bebé deba ser operado ni más ni menos que de la cabeza dijeron enseguida: “Vamos a Buenos Aires, dennos la derivación al (hospital) Garrahan”. Era imposible. Por el grave cuadro, le daban tres o cuatro horas de vida, si antes no se producía un paro cardíaco. “Parte de mi corazón”Desarmados por dentro, llorando, temblando, los Cegarra no vieron otra alternativa que aceptar la situación. “Fue todo tan rápido, tan fuerte que hay muchas cosas que me olvidé, las saqué de mi cabeza. Pero hay algo que me acuerdo bien. Antes que Mario entrara a cirugía, le dije: ‘Te estoy entregando parte de mi corazón, hacete cargo de cuidarlo y hacer que ese corazón siga viviendo’”, recordó muy emocionada Valeria. “A las tres semanas, cuando Agus dejó el respirador y empezó a mamar otra vez, Mario me dijo ‘te devuelvo a tu corazón entero’”, contó, destacando que Barrera siempre fue muy contenedor en esta situación.La cirugía duró cinco horas. “Nosotros mientras tanto intentábamos conseguir información por medio de Samuel Acuña -pediatra del Agustín- sobre cómo iba todo”, recordaron. Cada vez que la puerta de la sala de cirugías se abría, miraban expectantes sin saber qué esperar.Diez minutos“Si me pedís que te diga cómo es Mario, yo te digo es Dios con un ambo, no tengo otra definición. Él nos fue sincero, nosotros le pedimos que nos dijera la verdad en todo momento”, contó Walter. “Algo que nos hizo confiar fue que nos dijo: ‘Yo no soy ningún héroe, conozco mis limitaciones. Si algo me va a sobrepasar, se los voy a decir y ahí veremos qué tienen que hacer’, y eso fue una gran cosa, porque nos dejó en claro que no iban a estar experimentando con nuestro hijo y que si la cosa los superaba, iban a ser honestos”.Walter recordó que luego de la cirugía, hablando con Mario, le dijo: “Mi hijo salió hace diez minutos, yo en mi vida no te voy a poder devolver nunca esos diez minutos más de vida que le diste. Y quedate tranquilo, si algún día te cruzo en la calle, sea el final que sea yo te voy a estar agradecido y no voy a cruzar de vereda”.Buena recuperaciónSegún los médicos, recién al mes de la cirugía le sacarían el respirador. Pasaron sólo dos semanas y el pequeño ya no lo necesitaba, pero Barrera prefirió inducir un coma para evitar que hiciera esfuerzos y la cabeza se recuperara más rápido. Dado que le habían cortado y sacado parte del hueso del cráneo, se pensaba la posibilidad de colocar más adelante una prótesis. Pero no hizo falta. Hoy el orificio está prácticamente cerrado.Valeria, en el fondo de su corazón sabía que su hijo iba a evolucionar favorablemente. Fue por eso que pese al estrés de la situaci&
oacute;n se preocupó por mantenerse en condiciones de amamantar. Varias veces al día se extraía leche materna para que la producción no se detuviera. Cuando su hijo estuvo en condiciones, comenzó a recibir este alimento, primero por sonda, luego de la manera más natural y bella.En esto también las historias coinciden. Soledad también perseveró en ese sentido y luego de una semana de la cirugía, logró darle el pecho a su bebé. Sin dudas, en parte, la recuperación de los Agustines se debe al poder del amor que sus madres le proporcionaron en cada abrazo, en cada gotita de leche. Un tiempo fuera del tiempoCuando estas cosas ocurren, las familias entran en una especie de paréntesis en sus vidas, donde prácticamente el tiempo se mide en horarios de parte médico, en dosis de medicaciones. Y como nadie puede saber qué día llegará el alta -si es que llega- los días son eternos y la mayoría de las otras cosas de la vida pasan a un segundo plano. Con los Cegarra esto no pudo ser tan así, porque entonces Ludmila, su primer hija, tenía ocho años. “Teníamos que seguir con su rutina de la escuela, llevarla a danza y arreglarnos como podíamos”, recordó Valeria. Las hermanas de Valeria y los padres y hermanos de Walter viven en Buenos Aires. Cuando todo comenzó, y sin poder asegurar cuántas horas viviría el pequeño, Walter y Valeria llamaron desesperados a sus familiares, que vinieron todos a Posadas. “Ludmila no entendía bien por qué habían venido todos juntos, entonces se nos ocurrió decirle que habían ganado un viaje en avión y para poder usar el premio tenían que viajar todos juntos”, señaló Valeria. Una bendición“Aprovechando que estaba mi hermana del medio y el hermano de él -de Walter- y como no sabíamos que nos deparaba el destino fuimos a hablar con un cura en la parroquia Santos Mártires. Le pedimos que le diera la bendición a nuestro bebé, que estaba en terapia intensiva”, recordaron los Cegarra. La ceremonia incluyó a padres y padrinos y fue muy similar a un bautismo, a excepción de que no lo inscribieron en el registro. Las enfermeras del sector ayudaron a que se concretara y así la familia rezó en torno a Agus, que dormía en la incubadora decorada con un detalle muy particular: estampitas, rosarios, cartitas y otros regalos que enviaban sus familiares y amigos.“No llega a Posadas”Agustín Ocampo tenía dos meses y algunos días cuando comenzó a llorar casi todo el día sin parar. Su mamá preocupada consultó al pediatra, quien le dijo que podían ser gases, que era normal, que se tranquilizara. “Le hacíamos masajes en la panza, porque en teoría la molestia estaba allí”, recordó Soledad. Pasó casi una semana y una mañana el pequeño, mientras tomaba el pecho, comenzó a mover el brazo hacia arriba y abajo, reiteradamente. Eran convulsiones. Su mamá se alertó y salió corriendo al pediatra. Como no estaba llegó al Samic de Eldorado. “No tenía fiebre, le hicieron unos estudios, le pusieron oxígeno, le hicieron una punción medular. Le mandé mensajes a Seba -su marido- y él vino enseguida”, recordó. Era el 30 de agosto de 2011. Pidieron la derivación al sanatorio Caminos de Posadas.Sebastián recordó que ese día el Samic estaba de paro. De casualidad se cruzó con un conocido que maneja la ambulancia, quien se comprometió a hacer que ese viaje saliera sí o sí. Pasada la medianoche -en las primeras horas del 31 de agosto- partieron hacia Posadas. “Iba Sole en la ambulancia con Agus y yo atrás en el auto con mi mamá rezando. No me olvido más de ese viaje”, resaltó Sebastián. Cómo olvidarlo, si por intermedio de su amigo supo que los rumores del plantel médico del Samic eran que “ese bebé no iba a llegar a Posadas”.Pero sí llegó. Así lo recuerda Soledad: “Llegamos a las 3 Agus y yo, lo llevé entre mis brazos hasta la puerta de terapia, donde ya no podía entrar, y me senté a esperar que llegue Sebastián”. “Salir corriendo” Habían pasado nueve días desde que el niño comenzó con los primeros síntomas y ahora sus padres estaban enfrentando la noticia de que muy probablemente había que operarlo de la cabeza. “Sólo le habíamos hecho la tomografía y el doctor -Barrera- quería esperar un poco a que se estabilizara porque estaba anémico”, recordaron los papás. “Fue muy duro verlo con cables y tubos, con respirador e inducido a coma farmacológico. Yo entraba dos a cuatro veces por día a verlo y Agus empeoraba”, recordó la mamá. Tras las pocas horas de sueño que lograban estos padres, el 2 de septiembre -es decir, hace exactamente dos años y un día- Soledad amaneció con un mal presentimiento. Minutos después, Barrera les explicaba que tenía que operar de urgencia a Agustín. “Recuerdo haberle suplicado a Mario que por favor salve a nuestro hijo. Él nos dijo que haría todo lo que esté a su alcance pero que Agustín estaba en manos de Dios”, contó Soledad. “Salí corriendo sin destino, salí a la calle enojada con Dios. Le grité ‘ya te llevaste a mi abuela -hacía diez días había fallecido- y ahora te querés llevar a mi hijo’ y mirando al cielo dije: ‘Si realmente existe un Dios que haga un milagro con Agus’”, recordó Soledad, quien tiene todos los detalles de estos duros momentos registrados en un diario que armó una vez que su hijo recibió el alta, 17 días después de la cirugía.¡Gracias a Dios!“Antes de entrar a quirófano, Mario nos dijo: ‘Lo único que pueden hacer es orar por mí’”, recordó Soledad. Encerrada en el baño, ella lloraba desconsoladamente.Luego de unas horas les avisan que suban, que la cirugía había terminado. Al salir del ascensor se topan con la cuna de terapia vacía. “Pensamos lo peor”, recordaron ambos padres. “Levantamos la mirada y vemos al doctor con nuestro hijo, rodeado de enfermeras. ‘¡Aguantó el gordo!’, dijimos”. Ahora había que esperar 24 horas, 48, 72 para ver cómo evolucionaba.A los dos días de la operación, Barrera, que visitaba al menos dos veces al día al niño, llegó el domingo bien temprano al sanatorio. &ldquo
;Nos había dicho que tenía un casamiento en Corrientes y que ni bien volviera a Posadas venía para acá”, recordó Sebastián. “Estábamos tomando mate en la vereda y Mario se sentó al lado nuestro, nos dio aliento, nos dijo que saliéramos a despejarnos un poco, fue un gesto único”.A los cinco días de la intervención Soledad pudo alimentar a su hijo a través de sonda con leche materna y dos días después, darle el pecho. El 9 de septiembre lo pasaron a sala común y poco a poco le fueron bajando la medicación.El 15 de ese mes Agus recibió el alta. “Yo no veía la hora de volver a casa con Agustín”, resaltó la mamá. El viaje de regreso a Eldorado fue muy emocionante. “Cargar a Agus en su butaquita con sus juguetes fue algo único. Evidentemente es una prueba que Dios nos puso para superarla y a mí me hizo más fuerte”, resaltó emocionada.Una fiesta cada día“Cuando nos dieron el alta no se podía saber qué secuelas tendría nuestro hijo, si iba a caminar, si iba a hablar, porque no se sabía qué parte del cerebro le había afectado”, coincidieron los papás de los dos Agus. Si bien era de esperar una hemiparescia -una pierna y un brazo son un poco más débiles- ambos niños aprendieron a caminar en el tiempo que se espera para cualquier bebé y Agus Ocampo habla “como un loro”. El pequeño Cegarra está en ese proceso de aprendizaje y los padres de ambos hacen todos los tratamientos que los médicos les señalan y más.Para estas familias, cada día que pasa, cada sonrisa y cada abrazo a “su” Agustín convierte un día cualquiera en una verdadera fiesta. Un “volantazo”Mario Barrera es el único neurocirujano pediátrico de Misiones. Por sus manos pasa el 90% de los casos tanto en el Hospital Pediátrico como en sanatorios privados. “En estos casos así, yo digo que es como dar un ‘volantazo’ para cambiar la vida de alguien”, señala Barrera con toda humildad. Claramente en esta ocasión y en tantas otras en que intervino, cambió la vida de cientos de personas, de familias enteras. “Lo que pasó con estos ‘Agustines’ me sorprendió porque en menos de un mes fueron dos cuadros muy parecidos -una malformación de un vasito de la cabeza que al romperse generó el coágulo-, los dos se llamaban igual, sus padres son jóvenes, los dos tienen una hermana mayor. Era como un espejo”, resaltó a PRIMERA EDICIÓN. En relación al por qué de sugerir un encuentro entre las familias, señaló: “Operar de la cabeza no es operar del apéndice, es complejo, y escuchar eso para los padres siempre es difícil. Y a veces uno puede dar un montón de explicaciones, pero a veces eso no alcanza. Entonces se me ocurrió poner en contacto a estas dos familias y les comenté a los Cegarra, que ya habían pasado la tormenta, si tenían ganas de ir a visitar a la otra familia. Y así fue”, dijo. Un encuentro muy singularLa escena del encuentro de la visita de los Cegarra a los Ocampo en el hall del sanatorio de calle Junín fue reconstruida en base a los relatos de los cuatro padres.“Estábamos sentados mientras nuestro bebé, ya operado, estaba en terapia intensiva y de repente se abre la puerta de calle y escuchamos que preguntan por la familia Ocampo”, recordó Soledad. Los Cegarra se presentaron y les contaron que hacía pocos días su hijo había recibido el alta y que habían pasado por lo mismo que ellos. “‘Nuestro hijo pudo salir así que el de ustedes también va a poder, tengan fe’”, les había dicho Valeria. Le mostraron la cicatriz en la cabeza de Agus y estuvieron conversando. Pasados varios minutos los Ocampo se enteraron de que el pequeño sobreviviente se llamaba igual que su hijo. Lo cual hizo todo más emocionante aún. “Sabíamos que su hijo se llamaba igual que el nuestro, pero lo que no sabíamos era que ellos -los Ocampo- no sabían, así que se sorprendieron un montón por las coincidencia”, recordó Valeria.Les entregaron un rosario y una estampita de San Agustín que hoy Soledad guarda en su casa de Eldorado como testimonio de ese particular y solidario encuentro.“Fue una gran emoción. Creo que es un testimonio de vida y queremos darles fuerza a las familias que hoy estén pasando por lo mismo que nosotros”, dijo Soledad. Dos historias conmovedorasPor Lara [email protected] este relato hemos destacado las sorpresas y casualidades. Ayer, mientras lo escribía, caí en la cuenta de que era 2 de septiembre, es decir que hace exactamente dos años Agus Ocampo entraba al quirófano. Y entonces esta semana también se cumplirán dos años de aquel emotivo encuentro entre ambas familias. En el álbum de fotos de estas historias que se cruzan, creo yo que ahora hay que sumar la instantánea de los dos niños jugando, viéndose por primera vez. Y otra inolvidable: una foto de Mario Barrera con un Agustín en cada brazo. Seguramente el destino conjugará para que así ocurra. Ya hay sobradas pruebas de que los deseos se cumplen.De más está decir que estos relatos me conmovieron profundamente -cuanto más si consideramos que en enero pasado nació mi primer hijo, lo que sin dudas hace que la vida se viva desde otro lugar. Realmente me siento honrada por haber tenido oportunidad de conocer esta historia “por duplicado”, que solo fue posible porque el médico que las conoció vio en ellas mucho más que datos de una historia clínica, sintió que tenían mucho en común. Eso habla de una gran sensibilidad como ser humano, cosa que durante las entrevistas los padres de los ‘Agustines’ se encargaron de remarcar. No caben dudas de que Barrera y su equipo son de lo mejor en recursos humanos médicos en la provincia.
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