GARUPÁ. “Ayer, cuando vi que el cielo comenzaba a nublarse comencé a envolver las cosas que aún no fueron destruidas, por si vuelve a pasar de nuevo, que no nos sorprenda”. En esta frase, la abuela María Susana Bogado trató de resumir el temor que la embargó la madrugada del sábado 27 de diciembre, cuando un temporal desprendió el techo de su casa del barrio 78 Viviendas “Esperanza” y lo zamarreó por el aire. Y a más de una semana, ese temor persiste.Con tristeza, recordó que “nos despertamos enseguida, pero no pudimos hacer nada. Apenas una tele llevamos a la pieza de mi hija pero lo demás no pudimos sacar. Todo quedó ahí, el techo voló y el resto quedó como un colador. Cuando amaneció los vecinos, que son solidarios, vinieron a ayudar a clavar las chapas que pudimos recuperar porque muchas nos robaron”.A once días del fenómeno, aún quedan al descubierto una habitación, un pasillo y varios sectores que están tapados con una carpa azul. Es que desde la Municipalidad sólo “trajeron quince chapas de cartón, dos colchones y unas mantas. Ahora necesitamos comprar tirantes para poder techar una de las habitaciones, que fue la más dañada”.“Me asusté mucho cuando comenzaron a volar las chapas y cayeron los cables, gritaba y llamaba a mi hija que vive en el fondo con los chicos. Como ella no respondía y tranca la puerta de la pieza del lado de adentro, mi marido rompió la puerta de una patada y sacó a los chicos que se metieron debajo de la mesa. Yo intenté pero no pude. Me paré al lado y dije, si tengo que morir, voy a morir nomás”, confió esta devota de San Expedito, que se arrodilló para pedir al santo protección para toda su familia.Confió que de a poco “vamos lavando la ropa que se mojó. Las amigas de mi hija las llevan a sus casas y pasan por el secarropas. Para colmo, no tuvimos luz durante cuatro días. Cuando había luz no había agua, cuando venía el agua cortaba la luz”.A pesar de los destrozos y el mal momento, Luis Silva es optimista. Celebró que no hubiera víctimas porque “lo material se recupera”. Admitió que “nosotros sufrimos algunos daños pero hubo personas que padecieron mucho más y, en general, hubo poca asistencia. Si bien esto es impredecible, veo que el municipio no está preparado para este tipo de fenómenos”. A su entender, la asistencia “fue muy salteada. Es lo que alcancé a ver. En estos casos no podés diferenciar el blanco del negro. En el barrio nos ayudamos entre todos”, dijo, y agregó que en el frente de su casa un muro se desplomó, y que el temporal sirvió de excusa para que Emsa cambiara un poste que estaba obsoleto desde hace años. Con una beba de dos meses en brazos, Enzo Martínez y su esposa, se refugiaron en una habitación que logró retener el techo. Lo demás, desapareció con la fuerza de las ráfagas. “Cuando escuchamos el ventarrón, me apoyé por la pared y sentí que vibró toda la casa. Al salir, en el segundo soco, escuchamos se fue el techo completo. Sólo quedó el cielorraso”. “Nos arreglamos por nuestra cuenta y colocamos las chapas con mi suegro porque la empresa donde trabaja nos facilitó varias. La Municipalidad no nos ayudó. Andaban repartiendo chapas de cartón pero a nosotros no nos dieron. Fue demasiado feo. Una cosa es contar y otra es estar en el momento. En ese instante no sabés qué hacer, si salir a correr”, aseguró, mientras secaba al sol los colchones que “no sabemos si van a servir”. Por estos días “dormimos amontonados porque somos seis en la casa y tenemos un solo colchón”.
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