POSADAS (Por Marcelo Galeano). Jorge Antonio Pereyra asegura que la vida lo golpeó tanto, que se volvió un hombre duro. Pero, a la vez, más sabio, porque como cantaba La Negra Sosa, “nada enseña más que sufrir y llorar”.“Cuando era más joven no me reía ni en las fotos”, afirmó en una entrevista mantenida con este periodista. No es para menos. Sobre su espalda carga una historia atravesada por el dolor; el dolor de las carencias, materiales y afectivas, del desamparo; del desapego y de la añoranza.No hay listas; sólo sentimientos, sensaciones y recuerdos. Por eso, Pereyra sabe el camino que conduce al amanecer, aquel que hay que transitar, en ocasiones, para ver la luz del sol, sorteando los obstáculos y dificultades que depara la vida, el destino o lo que haya más allá.Porque como reza la frase de un autor anónimo: “nunca está más oscuro que antes del amanecer”.Jorge Antonio Pereyra no es Jorge Antonio Pereyra entre sus allegados. Es Tony. Así lo llaman cariñosamente.Nació hace 39 años en Montecarlo, en el seno de una familia de cinco hermanos; una madre con retraso madurativo y un padre biológico que decidió seguir su camino.Nunca lo conoció. “Fue una relación momentánea de mi madre. Más allá de esa circunstancia, valoro que optara por traerme al mundo, porque con cinco hijos y sus limitaciones, tuvo el coraje de seguir adelante”, consignó.Hacia su segundo año de vida, la mamá inició una nueva relación sentimental: con Pacífico Pereyra, un buen hombre, ya jubilado, que le dio su apellido. Fue la primera vez, quizás, que el pequeño Jorge Antonio y sus hermanos se sentían contenidos y protegidos, con la tranquilidad de no tener que salir a mendigar para poder comer.Tal vez, fue la primera vez que tuvieron una idea, la sensación de formar parte de una familia bien constituida.Pero resultó nada más que eso; una sensación. Una discusión sin sentido; una nimiedad desembocó en el homicidio de Pacífico Pereyra, justamente él, que hacía honor a su nombre.Dicen que el autor fue detenido y el machete, bañado en sangre, secuestrado.El crimen marcó un punto de inflexión en la vida de “Tony”, para bien y para mal. Moría una ilusión pero sin que él lo supiera, nacía otra.El oficial de Policía que investigó el crimen, Hugo Aníbal Ferreyra, ya entonces conocido como “Papi”, lo adoptó y llevó a vivir con su familia a Capioví, donde estaba radicado.Con el tiempo conoció a su abuelo “de corazón”, don Gerardo Crispín Ferreira, al que realmente sintió como su abuelo.“Mi infancia en parte fue feliz porque el abuelo me protegía mucho. Faltaban tres días para que cumpliera siete años cuando murió a raíz de un cáncer. Tenía sólo 60 años. Fue un golpe muy duro para mí; sentía que la felicidad venía y se iba en el momento menos pensado”, recordó.Durante mucho tiempo vivió con Celedonia Frutos, la esposa de Don Gerardo Crispín, pero nada sería lo mismo.Tras la muerte de la abuela, motivado por “Papi”, a los 18 años, ingresó a la escuela de oficiales de la Policía de Misiones.Aunque los genes no eran los mismos, terminó por heredar la vocación de Policía de la familia Ferreyra.Su ingreso a la fuerza de seguridad también marcó un hito en su vida. No sólo por la carrera, sino porque como policía conoció a Susana, la madre de sus tres hijos Antonella (13); Lautaro (9) y Román (7).Fue el 8 de mayo de 1997, cuando en la comisaría de Bonpland, donde prestaba servicios, se festejó el Día de la Policía.Allí apareció ella, acompañada por su padre, el también integrante de la fuerza de seguridad provincial Julio Doreto (actual comisario general retirado).Quizás sin darse cuenta, porque la sabiduría de la vida se lleva a cuestas, sobre la espalda y no en la mente, recordó su padecer para reconocer, con certeza, qué quería; qué buscaba en esta vida: una familia.“Obviaba el Día del Padre porque nunca supe quién fue realmente el mío; y a uno de los que más quise, había muerto. Me molestaba incluso cuando escuchaba los saludos por la radio”, repasó Pereyra junto a PRIMERA EDICIÓN.Todo cambió con la llegada de Antonella, su primera hija. Era el amor que echaba a tierra muros, derrumbaba murallas de dolor y tristezas. Era el final de un era y el inicio de otra completamente distinta.“Ella comenzó a cambiarme y hoy, el Día del Padre es el mejor día de mi vida. Que mis hijos me atropellen en la cama, antes de levantarnos, no tiene precio. Tuve muchas necesidades afectivas, por eso disfruto muchísimo las cosas sencillas, en familia”, señaló con una convicción de acero.Antes de despedirse, el subcomisario quiso contar que “tuve la oportunidad de entrar al movimiento llamado ‘Cursillo de Cristiandad, de la iglesia católica, porque mi vida era gris y allí me enseñaron a verla de colores”.Qué poderosa fórmula forman el amor y la fe, en las manifestaciones que fueren, más allá de creencias o banderías. Allá va “Tony” Pereyra, subiéndose a una patrulla del Comando Radioeléctrico, agradecido a Dios de tener un techo donde estar con sus hijos, un plato de comida que compartir, una salud que cuidar y la esperanza de que todo estará bien.
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