Además de sostener el presente con su aporte personal a través del trabajo y el esfuerzo, toda sociedad cumple la función de formar a las futuras generaciones. El porvenir de nuestra sociedad se va estableciendo gracias a lo que aprenden de los propios padres, ámbitos educativos y los distintos actores que cumplen la función formadora de la sociedad como son los ámbitos de la religión, los medios de comunicación, ambientes de liderazgo político, espacios de participación de los niños y jóvenes, etc. Si centramos nuestra mirada hacia tantas situaciones que vivimos en los últimos días y las informaciones que vamos recibiendo, no queda dudas de que estamos superados por noticias que hacen referencia a tantas situaciones de injusticias, inseguridades, corrupciones, atropellos, etc. Todas ellas muchas veces nos dan la sensación de que vivimos en un mundo hostil y pocas veces nos encontramos con mensajes de esperanza y fortaleza. Pareciera que son pocas las situaciones que vale la pena destacar positivamente, obviamente todo lo que vivimos es parte de nuestra realidad y debemos aceptarla y aprender de ella. Por eso quisiera que reflexionemos sobre la importancia de dar y ser testimonio positivo para nuestros niños y jóvenes que son el futuro de nuestra sociedad.El gran desafío está en formar en valores a nuestros niños y jóvenes que crecen inmersos en un ambiente donde cada vez más se habla de los que fueron exitosos sin un esfuerzo verdadero y de otros tantos que quedan a la espera de la bondad de alguien para realizarse en la vida laboral aun después de haber puesto todo su esfuerzo los estudios y formación profesional. Son muchas las cosas que podemos brindar a las futuras generaciones por el trabajo y esfuerzo: las comodidades, bienes materiales, tecnología, etc.; sin embargo, cuando pensamos en el plano de los valores solamente podemos inculcar desde la vivencia plena de cada día que trasciende una simple ganancia o pérdida económica o material. Lo que más necesita aprender nuestros niños y jóvenes es la certeza que brindan los adultos desde la coherencia y la credibilidad que se va construyendo cada día con el testimonio de vida.Porque es preciso recordar que los niños aprenden con el ejemplo. El ejemplo que dan sus padres en su forma de relacionarse con los demás, de pedir las cosas, de compartir mesa, asiento, de cooperar, de ayudar a los demás, de defender, de reclamar, de tolerar y aceptar. La responsabilidad que tienen los padres en la transmisión de los valores a sus hijos es crucial.Porque de la sociedad que vamos formando, surgirán los profesionales del mañana: nuestros futuros maestros, médicos, científicos, empresarios, líderes políticos, líderes religiosos y guías espirituales. Esta misión tan significativa nos invita a entrar en una dinámica de la vivencia profunda de los valores por encima de las cosas circunstanciales de la vida: la persona por encima de la suma de cosas que puede aportar ella, como ser trabajador, estudiante, profesional, desocupado. Pregonar el valor de la verdad, la justicia y la equidad; destacar el valor del servicio generoso que parte del amor, por encima de tantas tendencias que acumulan el poder y lo usan para el provecho propio. Ante esta realidad, creo que hoy, más que nunca necesitamos fortalecer el valor de la fe en Dios. La mística de la experiencia y la presencia de Dios en cada ser humano. De allí la necesidad de vivirla como familia y como sociedad para poder transmitirla a nuestros niños y jóvenes, dándole la esperanza necesaria de enfrentar los momentos desafiantes de la vida. Desde esta fe y esperanza serán capaces de descubrir tantas puertas y oportunidades que Dios les regala en la vida.
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