Este lunes, como cada 8 de enero, se conmemora en toda la región al Gauchito Gil. El fenómeno sociológico que constituyen las devociones populares, es decir la adoración de personajes que nada tienen que ver con las religiones vigentes, ha sido estudiado por numerosos expertos en materias tan diversas que van desde, precisamente, la sociología hasta la ciencia folclórica.
Notorios investigadores del folclore -como Félix Colluccio, por citar un ejemplo- han dedicado gran parte de su obra a estudiar los mitos creados en torno a estas devociones populares, es decir, la aparición de “santos” que obtuvieron su canonización, no por la intervención de las autoridades eclesiásticas, sino por el deseo unánime del pueblo, convertido en decisiva convicción.
La “Difunta Correa” desde Cuyo hacia todas las rutas del país; “San La Muerte” en Corrientes; Lázaro Blanco, un legendario personaje de San José de Feliciano (Entre Ríos) y hasta Isidro Velázquez, en Machagay, provincia del Chaco (denominado “el último bandolero romántico”), abatido por la policía chaqueña en las cercanías de Pampa Bandera, han merecido la condición de “adorados” como una reciprocidad consecuente de la concreción de milagros, que se les atribuye y a los que se les adjudica una redimente importancia.
No es casual que no se haya incluido en la lista precedente -muy incompleta por cierto- la figura que hoy recuerda no solamente el pueblo correntino de Mercedes, sino casi todo el Litoral argentino: el gaucho Antonio Gil.
Sobre quién era “el gaucho Gil”, hay numerosas versiones. Asimismo, existen otras tantas acerca de la veracidad de los milagros que se le atribuyen.
Lo cierto es que todos los 8 de enero, hasta el modesto monumento funerario ubicado a unas dos leguas hacia el norte de Mercedes, en los campos del Pay Ubre y visible desde la ruta que une esa ciudad con la capital correntina, se acercan multitudes de creyentes en las inmensas fuerzas espirituales que emergen de la tumba del hombre “creado a imagen y semejanza de Dios” y por lo tanto, con facultades parecidas.
Quien se acerque descubrirá que las paredes de la humilde construcción están cubiertas de cintas recordatorias, especialmente de color rojo, las que descansan sobre innumerables plaquitas de bronce, testimonios de que el “Santo” Antonio Gil cumplió un pedido y que el promesero ha cubierto la parte del trato de esa manera, dejando la placa o el poncho flameando al viento o el recuerdo que haya prometido oportunamente.
Las tradiciones y su transmisión oral
Según Felipe Avellanal, un anciano de 103 años le habría referido, basándose “en su extraordinaria memoria”, una narración de la que se extraen los fundamentos para señalar quién era Gil y los porqués de la veneración hacia su ánima milagrera.
Avellanal recuerda así la referencia del centenario habitante de Mercedes: “No afirmo ni niego; lo que digo pertenece a la literatura oral de mi pueblo (…) Antonio Gil era uno de los tantos campesinos que poblaban el Pay Ubre, víctima de las luchas fratricidas de nuestro pasado histórico”.
Según refiere Avellanal, el hecho en el que surgiera o se desencadenara el drama que daría nacimiento a la admiración popular por el Gauchito Gil “habría sucedido a fines del siglo pasado, cuando combatían celestes y colorados; uno de los jefes celestes era el coronel Juan de la Cruz Zalazar, de recio prestigio ganado en la guerra del Paraguay”.
“Para ese entonces -continúa el relato-, se libraron las batallas de “Cañada del Tabaco” y de Ifrán. Durante una de esas reyertas, Zalazar citó a los payubreros para que acudieran a su estancia; formó con esta gente un batallón y marchó hacia el Norte. Cruzaron el río Corrientes, tratando el coronel mercedeño de unirse a otros batallones”.
En esas circunstancias, una noche, Antonio Gil, incorporado a las huestes de Zalazar, abandonó el campamento, lo que fue notado cuando el batallón reinició la marcha, tomándose nota de su deserción. Cuando volvieron a Mercedes, “Zalazar se acordó de la ausencia de Gil cuando licenció a la gente”.
“Degüellen al desertor”
En oportunidad de un nuevo reclutamiento, el gaucho volvió a aparecer entre los hombres de Zalazar, quien lo reconvino por su deserción, aduciendo Gil que lo hizo “no por falta de coraje, sino porque creía que no debía derramar sangre de un prójimo contra el que no tenía agravio que vengar” y que además “Ñande Yara, en un sueño, le había revelado que así debía proceder”.
No obstante, el coronel no aceptó las disculpas y lo acusó de cobarde, “de dar mal ejemplo con su accionar” y llamando a varios de sus soldados lo hizo maniatar, llevarlo a Mercedes y desde allí a Goya para juzgarlo.
Como Gil tenía fama de bueno, servicial, sano y leal, su detención causó conmoción en el Pay Ubre, llegando la noticia a oídos de un coronel de raza guaraní y de apellido Velázquez, que tenía gran estima por el preso. Éste intercedió frente a Zalazar procurando la liberación de Gil, logrando que le concediera la posibilidad de que consiguiendo “20 firmas de los principales de la zona”, pondría libre a su amigo.
Logrado el aval, Zalazar cumplió lo prometido y remitió a Mercedes una orden de liberar a Gil, pero ésta nunca fue cumplida porque, en virtud de la “justicia sumaria” de esos tiempos, era común que los presos no llegaran jamás al destino de juzgamiento con la excusa de “que quiso fugarse y tuvo que ser muerto”.
Claro que la versión del viejito de 103 años que informara a Avellanal incluía hasta la relación de la conversación que el reo mantuviera con su verdugo, el sargento a cargo de la partida que lo trasladaría a Goya, destacándose en ella que Gil habría rogado que no lo mate porque “la orden de mi perdón está en marcha”.
Poca sustancia tuvieron las palabras del condenado -entoncesya indultado- para la conciencia del sargento, que mantuvo la orden de muerte aun cuando Gil argumentó “vos me estás por degollar, pero te digo algo: cuando llegués a Mercedes, junto con la orden de mi perdón te van a informar que tu hijo se está muriendo de mala enfermedad y como vos vas a derramar mi sangre inocente, invócame para que interceda ante Ñande Yara por su vida, porque suelen decir que la sangre del inocente sirve para hacer el milagro”.
El verdugo carga su propia cruz
Ni eso ablandó al sargento y Gil sucumbió al filo de la degollina. “Cuando regresó la partida, se recibió la confirmación de lo dicho por Gil y el sargento desesperado lo invocó para que le salvara la vida al hijo moribundo”, narra el testigo de Avellanal.
El chico se salvó, por supuesto, y el matador, arrepentido, “fabricó una cruz de ñandubay y la llevó al hombro, a pie, desde la ciudad hasta el lugar en que había hecho degollar al gente Antonio Gil”.
Hasta ese sitio llegan cada 8 de enero, o los viernes santos, multitudes que desean testimoniar su gratitud al “Gauchito Antonio Gil” o su esperanza en su influencia ante Dios. Unos van a cumplir con su promesa; otros a efectuar alguna. Todos con esa convicción que tiene mucho de la fe, que es base de las religiones.
Un pueblo ha canonizado sin ceremonias pomposas y sin la espera de cientos de años para reunir datos y certificaciones a quien consideran milagroso.
De regreso a sus lugares de origen extenderán la creencia en el legendario personaje “de los campos del Pay Ubre”, ya sea oralmente, o exhibiendo una cinta roja con la estampa donde se reproduce la posible imagen del gauchito o poniendo una frase de gratitud en el vehículo, en el hogar o en el negocio del favorecido con la gracia.
El martirio de un hombre simple y su posterior muerte generaron en sus coterráneos primero y entre la gente de provincias como Misiones, Formosa, Entre Ríos, Santa Fe, Chaco y aún otras que no son de la Mesopotamia o el Litoral, la aceptación del hecho milagroso.
Y como lo señala el referido Felipe Avellanal, “hay algo más:en épocas de dura obediencia y degradante servilismo, que era el común denominador, Gil quiso ser un hombre, pero su propósito sólo se consumó con su muerte”.
(Artículo publicado por PRIMERA EDICIÓN el 8 de enero de 1993)
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