Los tres comenzaron el año pasado en la Escuela Rosa Guarú de Posadas. Liliana no solo motiva a la familia, también a sus compañeros: es la delegada del curso. Para la mayoría es difícil imaginarse hacer la secundaria con sus padres como compañeros de curso. Pero este es el caso de Alan, de 17 años, que cursa el segundo año de la secundaria en la Escuela para Jóvenes y Adultos Rosa Guarú de esta ciudad junto a su mamá Liliana (42) y su papá Andrés (57).
Teníamos esta cuenta pendiente desde hace años y nos pareció una excelente manera de acompañar a nuestro hijo en este proceso y compartir tiempo juntos, contaron a PRIMERA EDICIÓN Andrés y Liliana. Precisamente por eso, decidieron no retomar la secundaria por donde la habían dejado tiempo atrás sino empezar de cero los tres juntos.
Una experiencia inédita
Hace años que mi marido y yo queríamos terminar la secundaria, pero veníamos postergándolo por el trabajo y las responsabilidades diarias, no nos coincidían los horarios. Lo pospusimos hasta que nuestro hijo tuvo la edad para ir a una escuela de jóvenes y adultos, así podemos no solo estudiar sino también estar tiempo juntos, contó Liliana que nació en Santo Pipó.
Ya ni me acuerdo porqué dejé la secundaria pero cuando me di cuenta tuve a mi bebé y nunca me organicé -hasta el año pasado- para retomar. Las horas que le dedicamos ahora a la escuela le restamos al trabajo pero valoramos mucho el vínculo con los docentes y compañeros de curso, la posibilidad de preguntar cuando no entendemos algo porque nos vemos de lunes a viernes cada semana, sin dudas es muy distinto a estudiar a distancia, contó Liliana que, pese a no tener título secundario, hizo una Tecnicatura en Diseño de Indumentaria, actividad que ejerce desde hace años en un taller propio. Para inscribirme, me tomaron una evaluación en la que acredité conocimientos básicos del nivel secundario, recordó.
No tuve mucho apoyo en la adolescencia
En el caso de Andrés, dejó la secundaria cuando terminó tercer año, mi vida era complicada, vivía con unos tíos y era un adolescente que no tenía mucho apoyo. Por ese entonces, quería ser aviador u oficial del Ejército pero no teníamos los medios. Pese a todo, ingresé a Prefectura, viví en Buenos Aires hasta que me mandaron a Misiones, donde conocí a mi esposa. Después me accidenté en mi trabajo y me retiré, razón por la que hoy tengo el tiempo necesario para poder cursar y estudiar la secundaria, contó.
Alan admitió que es un poco mimado y que es imposible que su mamá lo deje remolonear con la escuela porque, como su compañera de clases, conoce mejor que nadie las tareas que debe cumplir. Es mi compañera pero no deja de ser mi mamá por lo que me controla bastante si hice todo, contó con humor.
A mí también me tiene zumbando, aseguró su esposo entre risas y recordó que, el año pasado, los primeros días después del inicio de clases, le costó mucho entender los ejercicios de matemática y su esposa lo ayudó a resolverlos. Al respecto, Liliana recordó que después de tantos años de convivencia uno conoce al otro hasta por su forma de mirar y yo me daba cuenta que no entendía nada lo que explicaba la profesora de matemática, pero a mí me encantan los números así que en casa podíamos repasar los tres juntos. Así que los domingos, el único día con más tiempo libre, ponía el despertador para que hiciéramos los ejercicios. Ahora ya estamos más encaminados, aseguró con una sonrisa.
La dinámica en el aula
Andrés y Liliana son los únicos alumnos adultos que cursan el segundo año de la secundaria de la Escuela Rosa Guarú de Posadas. El resto de los chicos tienen entre 17 y 20 años. Sin embargo, la diferencia de edad se diluye en el trato entre los alumnos.
Según contó una de sus docentes a PRIMERA EDICIÓN, Rosana Yainikoski, Liliana no solo impulsa el aprendizaje de la familia sino que también es líder entre sus compañeros. No es casual que haya sido elegida delegada del curso e incluso el año pasado fue consagrada reina de su división.
Sus compañeros de curso suelen ir a la casa de la familia para hacer trabajos grupales y también para compartir un rato juntos. Liliana recuerda con cariño el día en que fueron todos a su casa y les cocinó pizzas y choripanes querían quedarse a dormir para venir a la escuela todos juntos al día siguiente, pero no tengo espacio suficiente para albergar a todos, aseguró con cariño.
Con sus 57 años, Andrés tiene una vida de experiencias que sus compañeros de curso escuchan con atención y que le facilitan el estudio de algunas materias, como historia, a mí no me contaron sobre la dictadura militar ni la Guerra de las Malvinas porque las viví personalmente, puedo hablar de la represión y de la guerra porque las experimenté, fui soldado y me convocaron para la guerra de las Malvinas y llegué hasta Comodoro Rivadavia. Creo que mi experiencia es también una enseñanza para los chicos y ellos escuchan con mucho interés, creo que porque uno habla con convicción.
El objetivo de esta familia no se acabará con el título del secundario porque los tres anticiparon que quieren seguir estudios superiores, yo quiero seguir filosofía, pero todo el mundo me lo desaconseja porque dicen que no hay campo laboral; también me gusta mucho psicología y probablemente me encamine hacia esa dirección, contó Liliana. Por su parte, Alan aún no se decide entre ser piloto de avión, policía o médico. Y Andrés quiere estudiar periodismo.
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