Antonia Pasztetnik (83) es jubilada, madre, abuela y bisabuela. Como muchas personas de su edad -sobre todo mujeres-, no pudo terminar el séptimo grado en tiempo y forma porque desde niña debía trabajar en la chacra a la par de sus padres. Pero en su mente decretó que a los 83 años también se puede, y no dudó en continuar sus estudios hasta recibir el diploma de finalización de la escolaridad primaria.
Antonia pudo concurrir a la Escuela hasta cuarto grado y está a la vista que ¡aprendió mucho! aunque nunca obtuvo un certificado que avale su paso por las aulas. En 2024, gracias a la insistencia y al apoyo de su nieta Gabriela Mantulak aceptó el desafío de concluir sus estudios. Es que Gabriela es una de las nueve maestras de la Escuela Para Jóvenes y Adultos Itinerantes (EPJAI) Nº 9047 que trabaja en los barrios periféricos de la Capital del Monte junto a cinco profesores que dictan los talleres en la institución. Con algunos temores comunes, propios de la situación, el adulto asiste a clases en iglesias o comedores municipales o, en ocasiones, las tareas son llevadas por los docentes a los domicilios donde muchos aprenden sus primeras letras y otros deciden continuar con la escuela secundaria. Antonia esperaba ansiosa la llegada de maestra a su casa, donde realizó tareas asignadas y corregidas.
Multiplicó, dividió, leyó, sumó, restó, interpretó textos y aprendió a utilizar el teléfono celular. Esas fueron las pequeñas grandes cosas que logró con mucho entusiasmo. Por eso queda en claro que ¡Nunca es tarde para aprender! El 13 de diciembre se realizó el acto de cierre de ciclo y los egresados obtuvieron el tan ansiado certificado tanto de primaria como de los talleres. Antonia fue portadora de la enseña nacional ya que su aprendizaje fue muy significativo. En esa ocasión, y con mucha emoción, los alumnos estuvieron acompañados por sus familiares.
Se casó con Mariano Mantulak con quien tuvo cinco hijos: María del Carmen, Marta, Rubén, Juan Carlos y Mariano. Fue ama de casa durante toda su vida, y enviudó siendo muy joven.
Este año la Dirección de la escuela a cargo de la docente Ida Haydee Lindeborg (nuera de Antonia) trabajó en conjunto con la Municipalidad de Oberá, contando con el apoyo permanente del Director de Enseñanza de Adultos, Luis Capaia; la edil Maria Luisa Glum y el intendente Pablo Hassan. Terminaron su escuela primaria un total de 14 alumnos todos mayores de edad y 24 personas se capacitaron en los distintos talleres, permaneciendo una matrícula de 130 alumnos para el próximo año lectivo. Los docentes tienen sus centros educativos en los barrios periféricos de la ciudad de Oberá. Recientemente se instaló un centro educativo en Pueblo Salto con 14 alumnos adultos mayores, algunos comenzando con su alfabetización.
Un logro para celebrar
Antonia contaba a sus familiares que, junto a sus hermanos -eran 16 en total-, asistía a la ahora centenaria Escuela 119, que había sido construida durante el gobierno de Juan Perón, que quedaba a unas pocas cuadras de su casa, en colonia Caaguazú, municipio de Santa María.
“Uno de los directores era de apellido Ramallo y otro, Cesar Suko, era un cordobés, que fue compadre de papá. Mis últimos maestros, Fátima Murat y ‘Lalo’ Noguera, ya jubilados, fallecieron en un accidente automovilístico cuando regresaban desde San Pedro a Concepción de la Sierra después de visitar a sus hijos”, recordó. Añadió que “hice hasta cuarto grado. Papá (Miguel Pasztetnik) me sacó de la Escuela un 22 de octubre, porque mamá (Sofía Prokopio) estaba muy enferma y no podíamos seguir. Eso nunca lo voy a olvidar. Nunca más seguí porque no tuve posibilidad”.
Ida Lindeborg, directora del EPJAI Nº 9047, manifestó que, al volver a la escuela, Antonia era feliz y que, al ver llegar a su nieta en calidad de docente, esa felicidad se multiplicaba. “Además de aprender algo más, se sumaba la charla, la experiencia de recordar cosas. Era muy emocionante para ella. Las veces que tuvo clases las vivió con mucha ansiedad”, acotó. Dijo que Antonia tiene ganas de continuar sus estudios, pero, en principio, será cursando un taller. “No habló de la posibilidad de estudiar otra cosa. Para ella es un gran logro haber obtenido este certificado”, señaló.
Relató que la infancia de su suegra “fue de mucho trabajo. Es que, como vivían en la chacra, tenían que ayudar a plantar, a cosechar, a limpiar el terreno. Fue una infancia sufrida como la de la mayoría de las personas de su edad, con muchas necesidades de ropas, de alimento, porque lo que los padres obtenían tenían que dar sustento a una familia numerosa”.