Cada experiencia en nuestra vida, especialmente las más desafiantes, llevan consigo una oportunidad de aprendizaje y evolución. Desde una perspectiva espiritual, nuestras almas vienen a esta vida con un propósito claro: entrenarse, crecer y alcanzar un mayor nivel de conciencia. Por eso es que no podemos huir de nosotros mismos ni de nuestros procesos internos. Las circunstancias difíciles no son castigos, sino lecciones que nuestra alma debe enfrentar para desarrollarse.
En un mundo donde muchas veces se promueve la idea de “decretar” y los “vision boards” en la creencia que desear algo con suficiente convicción lo hará realidad, es fundamental recordar que no basta con simplemente desearlo o declararlo para que suceda. Si bien las afirmaciones positivas pueden ser herramientas poderosas, no pueden reemplazar el trabajo interno necesario para el crecimiento espiritual. No se trata de repetir cada año lo que quiere el ego sino de sumar herramientas que nos permitan entender el “para qué”.
Las almas vienen a este plano físico a entrenarse, a enfrentar desafíos que las empujen a evolucionar. Es en este proceso donde descubrimos que el verdadero cambio y la realización vienen del autoconocimiento, la reflexión y el esfuerzo consciente.
Cuando nos encontramos en situaciones que parecen repetirse una y otra vez, es crucial dejar de lado la pregunta: “¿Por qué a mí?” y reemplazarla por “¿Para qué?”. Esta transición de enfoque nos permite ver el propósito detrás de nuestras experiencias. Las repeticiones en nuestra vida son señales de que hay lecciones que aún no hemos aprendido. Son invitaciones a profundizar en nuestro interior, a reflexionar sobre los patrones que estamos repitiendo, y a descubrir el propósito detrás de ellos.
En la vida, cada elección, cada acción y cada transformación tiene un precio. A menudo, lo que nos detiene no es la falta de voluntad, sino nuestra percepción del costo involucrado en el proceso de cambio. Nos preguntamos si el esfuerzo, el tiempo y la incomodidad que implica salir de nuestra zona de confort valdrán la pena. Es precisamente en esa percepción del costo donde reside el verdadero desafío.
No es que carezcamos de voluntad para actuar, sino que a menudo subestimamos los beneficios que obtendremos al pagar el precio del cambio. Las cosas buenas, aquellas que nos ofrecen una transformación profunda y significativa, suelen parecer costosas, ya sea que hablemos de comenzar a correr, a estudiar o cambiar un hábito.
La clave pasa por abrazar el proceso, que suele ser gradual y requerir paciencia, esfuerzo y, sobre todo, una profunda comprensión de su propósito en nuestras vidas.
Cuando logramos comprender el “para qué” de nuestros desafíos, encontramos la motivación para seguir adelante. Por más que huyamos o nos escondamos, lo que necesitamos trabajar para evolucionar nos va a encontrar, no podemos escapar de lo que necesitamos aprender.
En lugar de resistir, debemos aprender a darle la bienvenida y reconocer que cada desafío es una oportunidad para crecer y que, aunque pueda ser incómodo o doloroso, el resultado será una versión más sabia, más fuerte y más auténtica de nosotros mismos.
Pidamos sabiduría y fuerza para ser conscientes de nuestros procesos y encontrar el “para qué” en cada experiencia.
Valeria Fiore
Abogada-Mediadora
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