El 31 de marzo de 2005 se ponía fin a una de las agonías más famosas de la historia moderna, y se abría de par en par un debate mundial sobre el derecho a la vida y la muerte.
Ese día Terri Schiavo, una mujer estadounidense de 41 años que durante los últimos 15 se había mantenido en estado vegetativo, murió luego de 13 días de no recibir alimentos tras ser desconectada de la sonda que la mantenía con vida.
Su muerte generó una inmediata repercusión mundial y reabrió el debate en el mundo por el derecho a
morir y los enfrentamientos entre partidarios y detractores de la eutanasia. El entonces presidente de Estados Unidos, George Bush, declaró que el fallecimiento de Terri “entristece a la Nación”, en tanto que El Vaticano denunció que fue “anticipada arbitrariamente” la muerte de Schiavo.
El caso levantó una polémica en Estados Unidos por su derecho a morir, ejercido en su nombre por su esposo. El hombre permaneció a su lado sus últimas dos semanas de vida, hospedado en una habitación a unas cuantas puertas de distancia en el centro de cuidados Pinellas Park (Oeste de Florida).
Una discusión de último minuto obligó a la Policía a desalojar de la pieza a los familiares de Terri que estaban con ella, su hermana Suzanne y su hermano Bobby, minutos antes de la muerte, porque la mujer “tenía el derecho a morir en paz”.
Sólo el esposo, Michael Schiavo, dos abogados y varios empleados del establecimiento estuvieron presentes en la habitación cuando la mujer murió. Sus padres fueron avisados, pero no llegaron a
tiempo.