POSADAS (Por Marcelo Galeano). Mariano era un bebé de apenas 14 meses cuando su madre se percató que algo no andaba bien. No podía sentarse, babeaba más de la cuenta, solía irritarse y con el tiempo, tendría inconvenientes para caminar.Esther Beatriz Lima, “Cuca” como la llaman sus allegados, la madre, comenzó una serie de consultas con ‘especialistas’. Por lo general, las respuestas eran las mismas: “Son cosas tuyas”, “dale tiempo”, “ya vas a ver como cambia todo a los ocho años”, y “es muy mimado”.Tres años después, cuando Mariano se aproximaba a los cinco, se confirmarían las sospechas de “Cuca”, de que no se trataba de un sencillo capricho. El nene padecía de trastorno del déficit de atención e hiperactividad (TDHA). Con ese diagnóstico, “Cuca” y su esposo, el médico cirujano Luis Armando Semhan, comenzarían una larga batalla para lograr que su hijo tuviera una vida normal, que no lo hicieran de lado por ser “distinto” y sobre todo, que lo quisieran por como era.Todo con la correspondiente carga de angustia, incertidumbre e impotencia que afronta todo padre, sobre todo en estas circunstancias, por el futuro de su hijo.Jamás imaginarían que la discriminación comenzaría por sus propios amigos. Claro, Mariano era inquieto, tocaba todo lo que veía y su inclinación a romper objetos lo llevó a integrar la “negra lista de reincidentes”, aquellos que se atreven a despertar los demonios de la impaciencia.Los Semhan no tardaron mucho en percibir el espeso clima de tensión en cada reunión, que hasta podía cortarse con cuchillo. “Poco a poco fuimos alejándonos. Uno mismo comienza a aislarse”, recordó Luis en la sala de su casa, amplia y acogedora de avenida Francisco de Haro, junto a la madre de sus hijos y a Mariano, que en la actualidad cuenta ya con veinte años.Un rápido repaso por el manual de medicina permite determinar el concepto de TDHA como “un trastorno del comportamiento caracterizado por la distracción moderada a grave, períodos de atención breve, inquietud motora, inestabilidad emocional y conductas impulsivas”.Y agrega que “habitualmente, los síntomas empeoran en las situaciones que exigen una atención o un esfuerzo mental sostenidos o que carecen de atractivo o novedad intrínsecos (por ejemplo, escuchar al maestro en clase, hacer los deberes, escuchar o leer textos largos o trabajar en tareas monótonas o repetitivas).La caracterización describe algunos rasgos de la patología, pero alcanza para comprender las dificultades que Mariano debió superar, un camino minado de complicaciones propias y como si no fueran suficientes, de las que impone una sociedad discriminadora.Como asegura “Cuca”, una lucha cargada de anécdotas que para acaparar a todas se necesitaría un libro más que las páginas de un Diario. Pero aquí se trata de rescatar algunas de las más conmovedoras.Como aquella que recuerda esta mujer, devota de la fe, ocurrida en un pelotero, cuando la madre de otro niño se acercó, sin saber quién era ella, y dijo por lo bajo, con tono de susurro: “Fijate aquel chico, parece loquito”. “¿Cuál?”, contestó ella, presintiendo lo que venía. “Aquel de allá, es loquito”. La respuesta resultó lógica: “Ese loquito es mi hijo”. Aquella desconocida se alejó pero dejó una herida más en el corazón de una madre a la que el tiempo y los golpes enseñarían a ser fuerte.El diagnóstico de TDHA llegó tarde y “fue una pena, porque perdimos valiosísimos años de tratamiento. Tuvimos que recuperar el grueso de la capacidad motriz, porque Mariano tenía casi cinco años y no podía tomar nada con la mano”, consignó Cuca.“La ciencia tiene un límite, pero la fe en Dios no”, afirma. Sabe bien a qué se refiere. Sus ojos, cargados de lágrimas, parecieran reconocer aquellos tiempos de congoja, de sufrimientos pero también de esperanzas.Mariano alcanzó la edad escolar y se abrió un nuevo capítulo en su vida, como hasta entonces, plagado de obstáculos. En ese momento ya lo asistía el neurólogo Gaona Alarcón, un prestigioso profesional en la materia de Asunción, Paraguay.No sería el único profesional al que recurrirían. La lista seguía con psicopedagogas, psicólogas y hasta maestras integradoras, cuyos honorarios eran solventados por la familia Semhan.Mariano pasó por cinco colegios para poder completar el ciclo primario, en busca de la famosa currícula con los objetivos que él pudiera esforzarse y luchar por alcanzar.Él mismo recuerda la situación y deja en claro que su problema no era de comprensión, precisamente: “Menos en el Lisandro (de la Torre), en todos los colegios me aceptaban por obligación y eso también es discriminación”. Y como el ‘ingenio’ del ser humano no tiene límites, no faltó el docente ‘innovador’ que encontró rápida solución al problema, enajenado por completo de vocación o compromiso: lo sentó bien atrás, en un banco donde no pudiera ser escuchado o traducido al lenguaje popular, molestar.Los contrastes de los momentos marcan el ritmo y el color de la entrevista. Una anécdota que en el pasado pudo representar dolor y aflicción, ahora es motivo de risas. Y Mariano no escapa a esa circunstancia.Como aquella que se produjo cuando él tenía apenas tres años. La madre decidió llevarlo a natación, disciplina que ya practicaba Santiago, el hermano siete años mayor.“Mariano no podía bracear en forma coordinada, por un problema de motricidad. Daba dos brazadas con el izquierdo y una con el derecho. No podía avanzar en línea directa. Daba vueltas en círculos como un barco sin timón”, recuerda Luis con una risa en los labios al igual que su esposa e hijo.Fue en el colegio Lisandro de la Torre donde Mariano encontró el acompañamiento y el resguardo que necesitaba. Lo logró cuando “Cuca” comenzaba ya a recostarse más en la fe que en la ciencia para seguir adelante.Y evoca aquel momento al borde de la emoción: “Hablamos con Patricia Acuña y Carmen Pelinski –psicopedagogas- y apostamos por el Lisandro. Con Patricia nos dijimos ‘vamos a ponerle fe Cuca, fe en que va a andar, fe en que va a ser feliz”.La entrevista con la directora Deidamia Martínez fue el primer paso en esa etapa que, parodiando a la película protagonizada por Will Smith y
su hijo Jaden, podría denominarse En busca de la felicidad.Allí Mariano entendió el concepto de amistad y de calidez humana. Y lo expresa con una claridad meridiana: “Un amigo es el que está las 24 horas, en momentos buenos y malos. El mejor amigo es Dios, tu familia y tu mascota”, expresa mientras abraza a “Choco”, ese labrador negro que sus padres trajeron desde Buenos Aires para reafirmar aquello de que “el perro es el mejor amigo del hombre”.Cuca sostiene convencida, y su historia la respalda, que “la clave es no entregarse, luchar con todas las fuerzas y en esa lucha debe estar el amor de la familia, la fe en Dios. Y sin dudas, la escuela. A los padres que pasen por una experiencia similar les digo que luchen porque los colegios lleven a adelante la adaptación curricular. Las madres tenemos un sexto sentido y es fundamental para detectar tempranamente un diagnóstico. Es fundamental para el tratamiento, porque como me dice el neurólogo ‘cuanto más duro es el ladrillo, más difícil es de romper”.Las satisfacciones, desde entonces, superarían a las decepciones. Y como aquella anécdota en el pelotero, Cuca recuerda otra que tampoco olvidará. Sucedió en noviembre de 2011. “Eran alrededor de las 19 y sonó el teléfono. Llamaban del Lisandro. Me dicen ‘señora, nos va a tener que acompañar’…en ese momento me dije ‘Dios ahora qué será’, pero agregaron ‘no, no, nos tendrá que acompañar por Mariano es segundo escolta a la bandera Argentina’”…La mujer hizo un minuto de silencio en un intento casi desesperado por contener el llanto, pero continuó: “En ese momento pasaron un millón de momentos por mi mente, todos los NO que nos dijeron, las veces que nos rechazaron, las veces que nos repetían que Mariano no iba a poder, que no íbamos a ningún lado”.Hubo un minuto de silencio, el ideal para terminar la entrevista. Y efectivamente, Mariano resultó segundo escolta de la Bandera Argentina con 8,62 de promedio. Hoy continúa la carrera terciaria de “Comunicación y Tecnología” en el instituto Lisandro de la Torre.
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