POSADAS Y CAPIOVÍ. Un lugar en donde su nieta pudiera dejar una flor. Nada más. Sólo eso pidió Julio Fernando Ehinger (67) durante los últimos once años. Golpeó puertas, caminó marchas, habló con unos y con otros. Estudió, juntó firmas, habló con los poderosos y con los sufridos. Superó obstáculos. Jamás bajó los brazos.“Quiero que la Justicia me brinde la verdad verdadera, para un día poder depositar una flor con mi nieta y saber que ella descansa en paz. Esa es mi misión”. El papá de Julieta Ehinger hizo de todo, pero no le alcanzó la vida: el último sábado por la mañana, su cuerpo cansado finalmente dejó de pelear, sin conocer qué fue de su hija.La muerte de uno de los principales luchadores contra la impunidad en Misiones golpeó duro, principalmente a todos aquellos a quienes apoyó a lo largo de tantos años en el frente. PRIMERA EDICIÓN habló con familiares, conocidos y compañeros de una batalla que perdió a uno de sus principales gestores de la última década.Un antes y un despuésLa vida de Julio y su familia cambió para siempre el lunes 25 de febrero de 2002. Ese día, Julieta Ehinger (29) desapareció misteriosamente de su casa en Ruiz de Montoya, donde vivía junto a su hijita de dos años y su concubino.El hombre movió tierra y cielo para saber qué había pasado. Meses después logró que los investigadores revisaran a fondo la vivienda, donde encontraron un cuchillo ensangrentado escondido debajo del piso de madera. La Policía detuvo entonces a la pareja de Julieta, aunque, sin pruebas, fue liberado al poco tiempo por falta de mérito.La lucha del hombre había comenzado. Golpeado por el dolor y la angustia, no se dejó vencer y comenzó a pelear por el esclarecimiento del hecho. Desesperado por no obtener respuestas, decidió estudiar y se recibió de Perito en Criminalística en un instituto de Posadas. Fue en 2005 y con un esfuerzo enorme para viajar desde Capioví hasta la capital.Con el título en la mano, se dedicó entonces a recorrer medio país en cursos y convenciones de la especialidad. Grabó cada una de esas conferencias y conformó un archivo con material gráfico que lo obligaron a “habilitar” una habitación exclusiva en su casa para tal fin.Se hizo de conocidos en todos lados. Compartió las luchas de otros y así fue como también conformó la Asociación Madres e Hijos del Amor, una organización que marchó una y otra vez en reclamo de los casos criminales que aún permanecen impunes en Misiones.Ya había hecho mucho, pero no fue suficiente. Entonces, Julio comenzó a juntar firmas y logró que se aprobara la creación del Departamento Homicidios de la Dirección de Investigaciones de la Policía de Misiones. Él nunca estuvo de acuerdo con la investigación que se realizó en el caso de Julieta, pero su lucha iba más que cualquier rencor personal: quería también que nadie volviera a vivir lo que él vivió.Hizo todo eso y mucho más. Pero la edad comenzó a pasarle factura. El pasado 22 de septiembre debió ser internado con un cuadro de neumonía. Se recuperó, pero tuvo una recaída y el último viernes cerca de las 3 sintió que se iba. “Me voy a morir, no puedo respirar”, le dijo a la enfermera que lo cuidaba en su casa de Capioví.Su familia lo llevó de vuelta a una clínica de Puerto Rico, pero ya no había más nada que hacer: alrededor de las 6.45 del último sábado, su corazón dijo basta y cerró con un triste final: Julio Ehinger se fue de este mundo sin saber qué pasó con su hija. Sin tener ese lugar adonde llevar una flor con su nietita.El legado de Don Julio“La única promesa que dejó pendiente fue la que le hizo a su nieta, a la hija de Julieta, la de darle un lugar en el que ir a llorar a su madre”, le contó Alfredo (30), uno de sus hijos, a PRIMERA EDICIÓN en la noche del último sábado. Conmocionado como todos en la familia, Alfredo dijo que su padre “se fue tranquilo, porque ya había hecho demasiado”. La otra protagonista de esa lucha incansable es Rosa Keller (65), esposa de Julio y con quien llevaba 42 años de casados. Sin poder contener las lágrimas, la mujer lo recordó como una persona muy buena y aseguró que “se murió luchando. Su lucha fue inmensa, no se puede creer. Murió luchando. Ahora ya está descansando”.Rosa contó que pese a que en los últimos meses había sufrido los primeros problemas de salud, no dejó de viajar a los distintos congresos de Criminalística que se hacían en la región, siempre juntando moneda a moneda para costear los gastos. “En septiembre se había ido a Formosa y ahora lo había invitado a un congreso en La Plata. Él ya se sentía mal, pero no quería ir al médico. Quería seguir”, explicó su mujer, quien contó que incluso estando internado “se enojaba y le pedía a los médicos que le den el alta, que quería seguir buscándola, con sus contactos y su información”.Ayer por la tarde, la casa en la que vivía Don Julio -pegada al kiosco de diarios y revistas con el que se ganaba la vida- era puro dolor. Junto a los familiares también estaban muchos de sus amigos. Gente que lo quería y la que él, sin saberlo y mediante su lucha, también había transformado.Mariela Vargas (28) es una de esas personas. Licenciada en Criminalística, trabaja actualmente en el departamento homónimo de la Policía de Misiones. Conoció a Julio cuando era una estudiante y, desde entonces, trabó una amistad que, aseguró, “quedará para siempre”.“Lo conocí en julio de 2004, en un congreso, en Chaco. Andaba con su camarita filmando todo. Nos cruzamos muchas veces más. Yo trataba de seguirle el ritmo, pero me ganaba. Congreso que iba, me avisaba. Y si yo no podía, cuando me veía me traía todo el material”, comentó la profesional antes de quebrarse.Julio sostuvo desde siempre que su hija fue asesinada. Y que el caso permanezca impune hasta hoy se debió a que, en su momento, la investigación de Criminalística no se hizo bien. Desde esa experiencia también aconsejaba a los más jóvenes. “‘Portate bien’, me decía. ‘Hace las cosas bien, para que otros no sufran lo que me tocó sufrir a mí&rsqu
o;”, contó Vargas aún emocionada.Por último, la profesional recordó el mensaje que Julio les dejaba a todos en los congresos, luego de contar la historia de lo que le había pasado a Julieta: “Nos decía que él luchaba por tener un lugar en el que su nieta pudiera depositar una flor. Tener ese lugar. Eso es lo que siempre nos dejaba, que no bajemos los brazos aquellos que somos auxiliares de la Justicia, que nunca nos vendamos. Siempre nos marcó el buen camino a seguir con su humildad, su sencillez y su perseverancia en la búsqueda de la verdad y de la justicia”.Cerca de las 16 de ayer, Julio Ehinger fue enterrado en medio del dolor de los que lo querían y de la indiferencia de las autoridades: ningún juez, ningún político, ningún jefe policial se acercó a despedirlo.Su lucha es también su legado, que se mantendrá vigente hasta que algún día se descubra qué pasó con Julieta. Y es también una deuda que la Justicia deberá saldar alguna vez con Julio. Entonces, su nieta tendrá por fin un lugar al que llevar una flor. Y él, finalmente, podrá descansar en paz.
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