POSADAS. “¡Pará! ¡Pará! ¡Vamos a compartir la palabra!…”. Leonardo Matías Cáceres (19) conocía a los muchachos de ojos turbios y voz ronca que se le acercaban como sonámbulos. Los había dejado y trataba de convertirlos. Eso fue lo que le costó la vida: de un puntazo en la garganta y otro en el abdomen, acabaron con su vida.Para Sandra Marcelino (36), su madre, eso fue lo que ocurrió el último sábado a las 8.30 en la esquina de Santa Catalina y Brasil de Posadas. Para ella todo está más que claro: lo mataron porque abandonó el grupo en el que reinaban las drogas y se convirtió al cristianismo.En diálogo exclusivo con PRIMERA EDICIÓN, Sandra contó los pormenores que se enteró acerca del hecho en las últimas horas, exigió justicia por el crimen de su hijo y pidió que los autores del hecho sean detenidos de inmediato.Si bien la Policía apresó a un joven de 22 años minutos después del crimen, en las inmediaciones del lugar del hecho, éste recuperó la libertad en las últimas horas. No obstante, ayer al mediodía personal de la Dirección Investigaciones detuvo a quien está acusado de ser el autor material del homicidio. Es conocido con el alias de “Negrito”, tiene 22 años y se domicilia cerca del lugar donde le quitaron la vida al joven Cáceres, más precisamente en proximidades a las calles Brasil y Derqui. En dicho lugar la policía incautó un arma blanca que sería la utilizada en el crimen y prendas de vestir que coincidirían con las que -según testigos- llevaba puesta el asesino. Dolor de padresSandra y Leonardo están destruidos. Junto con la muerte de su hijo, murió también una parte de sus vidas. “Lo que le hicieron no tiene nombre”, resalta Sandra, tomada de la mano junto a su esposo y en la mismísima esquina de Santa Catalina y Brasil, donde el joven cayó muerto el sábado pasado.Con la mirada fija en los restos de sangre que aún quedan en la vereda, la mujer comienza su relato. “Conocemos a los asesinos, son conocidos de todos acá en el barrio Patotí. Ellos estaban de fiesta y mi hijo volvía de trabajar en la casa de un amigo cuando lo interceptaron en este mismo lugar”, dice, con un hilo de voz, a punto de quebrarse.Luciano vivía junto a sus padres en la zona del Centro Cívico de la capital provincial. El último sábado caminaba hacia la casa de su abuela, sobre calle Brasil, cuando fue interceptado por al menos tres personas.“Por lo que nos contaron, sabemos que eran ellos. Hasta le dijeron ‘Osito’, que era su sobrenombre. Él estaba solo, no se iba a pelear ni nada de eso. Hay un testigo clave que dijo que el primero de ellos directamente ya vino y lo apuñaló. Después vino otro y lo volvió a apuñalar. Después, entre los tres, comenzaron a apedrearlo. No tiene nombre lo que le hicieron a mi hijo”, repite la madre, buscando una explicación a tanta saña.Efectivamente, todo indica que Cáceres conocía a sus asesinos. De adolescente, el muchacho formaba parte de ese grupo, conocido en la zona por su adicción a las drogas y al alcohol. Sin embargo, había logrado escapar de ese oscuro futuro gracias a una comunidad evangélica de Villa Cabello que lo cobijó en su seno. Tan compenetrado estaba con la religión que seis días antes de morir se había bautizado.“Él les quería predicar, quería hablarles de la Biblia. Pero ellos no querían saber nada. ‘Dale, fumate uno’, le decían. Entonces los esquivaba, ya desde hace tiempo, como desde hace tres o cuatro años. Les decía que si querían hablar con él, que vengan a tomar un tereré y que les iba a hablar de la Palabra”, sintetizó sobre el cambio que había vivido Leonardo, su hijo, al convertirse al cristianismo.Sin embargo, pese a su voluntad, al joven lo perseguía su pasado. Los mismos a los que su madre apunta como los asesinos lo habían amenazado previamente “porque les hablaba de la iglesia”.Golpeados por el dolor y la angustia, los padres ahora sólo tienen un pedido. “Queremos que se haga justicia”, resalta su madre, y agrega que “esto se tiene que esclarecer lo más antes posible para que todos quedemos tranquilos, porque hoy mataron a un inocente y mañana van a matar a otro inocente, todo por la droga, que los lleva a matar sin piedad”. Para lograr cerrar la investigación, los Cáceres necesitan de la colaboración de quienes hayan visto el hecho. “La Justicia por el momento está trabajando bien, pero necesitamos que la gente hable; sabemos que hay dos testigos que pueden resultar claves. Tienen que acercarse a las autoridades y contar lo que vieron”, exigió.Por último, Sandra aclaró que no tiene miedo y que va a continuar con la lucha. “No tenemos miedo, tenemos a más de 200 amigos de él que están haciendo fuerza. Este dolor lo vamos a tener toda la vida. Sólo se va a calmar un poco cuando podamos ver a la cara a los que le hicieron esto, sin qué ni por qué”, finalizó.
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