Deseaba que se le recordase como la princesa rebelde y adolescente de "Vacaciones en Roma" o con el rostro sin lavar de la florista del Covent Garden en "My fair lady". No hizo de su deterioro físico un espectáculo: se fue con la forma discreta de caminar que fue parte de su incomparable elegancia. Si algo puede distinguirla como mujer y como actriz es que supo fundir a una y otra hasta hacerlas indistinguibles.La noticia de la muerte de Audrey Hepburn no llegó a través de ningún portavoz de nada que tenga que ver con el cine. Hollywood y ella nada apenas tenían que ver desde hacía muchos años y la actriz consideraba a la profesión que le dio celebridad mundial como un asunto pasado y secundario: en sus últimos años dedicó casi toda su actividad a la Unicef, de la que era embajadora permanente.Europea erranteNo nació ni se formó Audrey Hepburn en Estados Unidos. Era europea por los cuatro costados: nació en 1929 en Bruselas, creció y se educó en Holanda, su padre era un banquero británico y su madre una flamenca de estirpe aristocrática. Tuvo por ello, durante sus años de leyenda en Hollywood, una especie de condición de bellísimo bicho raro: se salía por completo de la norma y rompía con el rasero del lujoso zoológico californiano, incluso por las características de su rara belleza y por sus pronunciadas peculiaridades como actriz, que impusieron -sobre todo en sus trabajos con Wyler, Huston, Donen y Wilder- un nuevo estilo: directo, sencillo, cercano, sin precedentes en el juego de las sofisticaciones de laboratorio del estrellato hollywodiense.Comenzó su carrera mal, sin pena ni gloria, en una película británica olvidada, "Risas del paraíso", dirigida por un tal Alastair Sim. Era el año 1951 y nadie de quienes vieron aquella película arriesgó una moneda por su destino. Hasta que William Wyler, uno de los grandes del cine de la posguerra mundial, que la conoció personalmente por azar, se dio cuenta de lo mucho que de distinto e incatalogable había dentro de aquella muchacha casi anormalmente flaca y con una enorme y contagiosa sonrisa de oreja a oreja.La enroló para que encarnase al personaje de una rebelde princesa adolescente en "Vacaciones en Roma": u000AHabían pasado dos años desde su casi anónimo comienzo y, de la noche a la mañana, tras ganar un Óscar en 1953 por su trabajo en este film, se convirtió en una de las más cotizadas actrices del cine de entonces: una especie de nuevo relevo europeo al vacío dejado por el retiro de Greta Garbo.Tras "Vacaciones en Roma", la, carrera de la actriz contiene obras memorables: "La calumnia", dirigida otra vez por William Wyler; "Sabrina", dirigida por Billy Wilder; "Los que no perdonan", dirigida por John Huston; "Charada", de Stantey Donen; "Desayuno con diamantes", dirigida por Blake Edwards; y "My Fair Lady" (tal vez su cumbre), dirigida por George Cukor. Fuente: diario El País
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