La liturgia de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos presenta la relación íntima que existe entre el Sacerdocio de Cristo y el don supremo de la Eucaristía, sacrificio ofrecido al Padre y banquete servido a los hombres. La primera lectura (Gén. 18, 14-20) nos habla de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Altísimo, que es la más antigua figura de Cristo Sacerdote, quien en acción de gracias a Dios por la victoria de Abrahán, ofrece un sacrificio de “pan y vino”, símbolo de la Eucaristía. No tenemos casi noticias de este personaje, al que la Biblia apenas nombra. San Pablo dice de Melquisedec: “Sin padre ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre” (Heb. 7, 3). A Cristo le aplica la Iglesia el versículo que se repite hoy en el salmo responsorial: “Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. En el Nuevo Testamento, acabado el sacerdocio levítico, queda sólo el sacerdocio eterno de Cristo que se prolonga en el tiempo en el sacerdocio católico, instituido por Cristo en la última cena.San Pablo en la segunda lectura (1 Cor. 11, 23-26) nos dice que, Jesús -al igual que Melquisedec- ofreció “pan y vino”, pero a diferencia del antiguo sacrificio, su bendición realizó el gran milagro de la institución de la Eucaristía: “esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes, esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre” (Ib. 24-25). Ya no son más pan ni vino, sino que ahora son el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, los cuales deja a los suyos como memorial de su Pasión: “haced esto en memoria mía”. No es una memoria que se limita a evocar un suceso, ni una proclamación de solas palabras, porque la Eucaristía hace actualmente presente -aunque en forma sacramental- el sacrificio de la cruz y el hecho de la última cena. Esta realidad nueva se ofrece a todos los hombres de todos los tiempos para que puedan unirse al Sacrificio de Cristo y alimentarse con su Cuerpo y Sangre, hasta que Él venga otra vez.La multiplicación de los panes narrada en el Evangelio de hoy es también figura de la Eucaristía (Lc. 9, 11-17), es preludio evidente de la cena eucarística. Los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos que repetirá en el cenáculo, cuando instituya la Eucaristía. En el milagro de la multiplicación de los panes, éstos se multiplican en las manos de Jesús y son llevados a la multitud por sus Apóstoles. Del mismo modo siempre será Él quien realice el milagro eucarístico, aunque se servirá de sus sacerdotes, quienes serán los ministros y sucesores de este milagro maravilloso del cual los hombres nos servimos y que se repite en la Iglesia cada día, en cada misa, a través del tiempo y de la historia.La Eucaristía es un convite ofrecido a todos los hombres para saciar su hambre de Dios y de vida eterna. Es el mismo Dios que se hace presencia y alimento para todos. La celebración de esta fiesta nos invita -en la fe- a amar la Eucaristía, que es el mismo Dios presente realmente entre nosotros. Nos invita a que cada día nos sintamos más hambrientos de ella y que sepamos conducir hacia Jesús Eucaristía a quienes todavía permanecen indiferentes, para que cambiando su corazón puedan descubrir y vivir Su presencia real en la Eucaristía y encontrándole a Él puedan convertirse en discípulos y misioneros suyos en un mundo que necesita del testimonio de que es posible vivir el amor de Dios y construir una sociedad ordenada según el querer de Dios.Que María, Madre de la Eucaristía, nos haga hombres y mujeres eucarísticos.
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