En un festejo organizado por hijos y nietos, Elvira Benítez y César Franco cumplieron 50 años de casados. Son dos abuelos que se sienten orgullosos de la familia que formaron y consientes que todo fue el resultado “por decidirse a amar”, como ellos mismos describen.Transcurría el año 1962 en Gobernador Lopéz (Leandro N. Alem). Ella, hija del nuevo comisario del pueblo, una chica de ciudad, de costumbres revolucionarias para la zona por sus pantalones estampados y cortos, bailarina solitaria al swing de “La Pachanga” y rutinas de ejercicios que practicaba en la Plaza del Mástil. Él, un chico de la colonia, recién recibido de maestro, un poco tímido, inteligente y observador, tanto así que la miraba a Elvira desde atrás de una cortina por horas, mientras ella hacía gimnasia en la plaza, frente a su casa.Se conocieron cuando tenían entre 16 y 17 años, fue cuando las hermanas de él hicieron de celestinas y un 15 de agosto, junto a un clavel, Elvira y César, sellaron su amor, ese que se convertiría en trampolín para edificar una vida juntos y formar una familia.Con pensamientos de la “vieja escuela”, Elvira y César, pasaron muchos años de novios, con citas pautas y protocolos claros. En una época, ella decidió irse a vivir a Posadas y él no dejó de viajar ni un fin de semana en su moto, pese a la lluvia, el frío y el camino de tierra, para visitarla. “Era la fuerza de la juventud y el poder del amor”, expresó César.Pasaron los años y en 1967 decidieron casarse. “No teníamos nada, pero nada de nada. Solo ganas de casarnos”, expresaron casi a coro, los abuelos de cuatro nietos. Elvira, con la voz casi silenciada por la presión en la garganta que las emociones provocaban al querer salir dijo que “desde el primer día que nos pusimos de novios tuve la seguridad de que con él me iba a casar”, pestañando, porque se le nublaban los ojos con las lágrimas.Cáncer, dudas y fortalezasLa vida de ellos no fue fácil, “tuvimos que lucharla siempre”, remarcó César. Cuando a Elvira le diagnosticaron un cáncer, tuvo que dejar a su marido e hijos, para hacerse atender durante cinco meses en Buenos Aires. “Fue muy duro para nosotros tener que separarnos. Jamás lo habíamos hecho”, recordó la abuela. Aferrada a las promesas que una monja le hizo: “Vas a volver más fuerte”, tomó un colectivo y se marchó de la tierra colorada dispuesta a curarse. Y así fue, lo superó y tiempos de gloria se hicieron sentir.Sin embargo cuando cumplieron 25 años de casados, la vida, Dios y el tiempo, los puso a prueba otra vez. La monotonía y cotidianidad, enemigos íntimos del matrimonio, los saludaban a diario convirtiendo tediosas y dudosas las horas en pareja. “Me acuerdo, que fui a una iglesia y le pedí a Dios de rodillas que me ayudara a cambiar de vida, quería volver a dar amor y recibir amor”, confesó Elvira. “En 50 años pasa de todo, la rutina hace desastres, mata la pasión, las sensaciones. Jamás nos planteamos separarnos, pero… estuvimos en crisis”, reconoció Cesar. Días después de la petición de Elvira a los pies de Dios, una pareja amiga los invitó para participar un fin de semana en un taller matrimonial. “Queremos hacerles un regalo de amor”, esas fueron las palabras exactas que usaron sus amigos. “¿Cómo nos íbamos a negar? No podíamos, así que fuimos”, contó riendo César.Días después, los abuelos -que hoy tienen más para enseñar que aprender-, por primera vez escucharon que amar a la pareja no era solo un sentir ideal. “A partir de ahí cambió nuestra visión, porque nos enseñaron que el amor en el matrimonio es una cuestión de decisión, de lucha por la unión, va más allá de las sensaciones que se sienten cuando uno comienza una relación. En el matrimonio, es una cuestión de decisión, vos tenés que decidirte a amar, a aceptar a la persona tal cual es, respetarla y nunca dejar una cuestión sin resolver antes de acostarse a dormir. Todo lo que se tenga que discutir, se discute, se aclaran las cosas. Nunca se va a dormir sin perdonar ni ser perdonado”, aseguró Cesar, casi como si se trataran de “tips” básicos para mantener la familia unida. “Así lo hicimos nosotros y mirá, acá estamos los dos, más unidos que nunca”, confesó Elvira, mirando a su compañero que agachaba la cabeza sonriendo, tímido, casi igual a cuando se conocieron. “Hay que hablar, decirse las cosas, sin sacar basura y no queriendo lastimar. Pero hay que decirse porque cuando no se habla se acumula y los daños pueden ser irreversibles”.La importancia de la familiaLejos de idealizar la vida familiar, el matrimonio de medio siglo, asegura que en los tiempos que corren hay mucha necesidad de crear conciencia sobre la importancia de la unión familiar. “Es difícil pero es posible, aunque hoy todo quiere disolver la familia”, coincidieron. Luego siguieron relatando que es necesario “hacer entender a los jóvenes que nosotros como personas solo somos valorados en la familia y por Dios. Después, en la sociedad sos un número, te tienen en cuenta si sos útil. En el único lugar donde vos vas a ser siempre el papá o la mamá o el hermano o hermana es en la familia, el único lugar en el que vas a ser valorado como persona. De ahí la importancia de la familia”.Se dice que la vida de un ser humano está compuesta por tres estadios: el amanecer, la plenitud y el ocaso. Y que solo cuando se llega al último de ellos, los secretos y los porqués se revelan gradualmente. Por eso se es tan sabio. La sabiduría de Elvira y César, según ellos, se revelan con los abrazos de los nietos y los besos de los hijos, “son caramelos para el alma” que ellos orgullosos los celebran a diario, como el resultado de su decisión: haber luchado siempre por la unión familiar. Dicen que cuando se llega así a la vejez, se llega a la verdadera plenitud de la vida.
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